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Miércoles de Ceniza es el primer día de la Cuaresma, un período de 40 días de preparación espiritual para celebrar con sentido y autenticidad la Semana Santa. Esta Cuaresma puede ser una verdadera ocasión de transformación personal y colectiva si prestamos atención a la voz de Cristo que se nos dirige desde las lecturas bíblicas empezando este Miércoles de Ceniza. Necesitamos una renovación interior, expresada, por supuesto, en una renovación estructural de las sociedades en que vivimos, y sobre todo una nueva esperanza – que sí podemos cambiar, con la ayuda del Espíritu Santo, a nosotros y a nuestras instituciones.

Esta esperanza se nutre con las celebraciones de nuestra fe y con la escucha de la Palabra de Dios, y se realiza en la medida en que todos nos comprometamos en la transformación personal y social, construyendo el Reino de Dios (de justicia y verdadera paz) en la historia.

El profeta Joel

La primera lectura de este Miércoles de Ceniza viene del profeta Joel, que proclama el mensaje de Yahvé: “Vuelvan a mí con todo corazón, con ayuno, con llantos y con lamentos. Rasguen su corazón y no sus vestidos, y vuelvan a Yahvé su Dios, porque él es bondadoso y compasivo....” (Joel 2:12-13,16).

Lo que Dios quiere es un cambio de corazón – de corazón de piedra (egoísta, insensible al dolor de los demás) a corazón de carne (compasivo, solidario), como dijo el profeta Ezequiel (36:25-27). Este “volver a Dios” tiene que ser – especialmente para los cristianos que creemos que Dios se hizo hombre en Jesús y que Jesús se hace presente en los hambrientos, enfermos y otros necesitados – un “volver al prójimo”, dejando atrás nuestra egolatría (culto a sí mismo) y nuestra idolatría al dinero y la resultante corrupción, para volverse al pueblo y a los grandes ideales y las causas de la justicia social, liberación, fraternidad.

Como Zaqueo, el recaudador de impuestos, un judío colaborador con el imperio romano y por eso no bien visto por su propio pueblo, después de explotar por engaño al pueblo, “se volvió” a ellos al responder al llamado de Jesús, dando la mitad de sus bienes al pueblo y restituyendo a sus víctimas cuatro veces más de lo que les había quitado injustamente.

Ya reconciliado, de una manera muy práctica y costosa para él, con su gente, es reconocido por Jesús como miembro otra vez del pueblo de Israel. Jesús, fuertemente criticado por estar en la casa de un “pecador”, dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también este hombre es un hijo de Abraham. El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lucas 19:9-10).

Zaqueo había rasgado su corazón y no sus vestidos – a menos que rasgara su bolsillo para sacar el dinero superfluo o robado y dárselo a los pobres. Era un oficial corrupto, pero Jesús quería platicar con él y quedarse en su casa, y Zaqueo cambió drásticamente, dejando de ser un saqueador de su pueblo.

Volviendo al profeta Joel, hemos leído que Yahvé recomienda el ayuno como signo auténtico de la conversión. Y vamos a ver cómo Jesús acepta esta práctica cuando sea sincera y no ostentosa. Pero no hay duda que el ayuno no es la característica principal de un miembro del pueblo de Dios.

El profeta Isaías, más de cinco siglos antes de Jesús, había dicho: “En los días de ayuno ustedes se dedican a sus negocios y obligan a trabajar a sus obreros. Ustedes ayunan entre peleas y contiendas, y golpean con maldad. No es con esta clase de ayunos que lograrán que se escuchen sus voces allá arriba. ¿Cómo debe ser el ayuno que me gusta, o el día en que el hombre se humilla? ¿Acaso se trata nada más que de doblar la cabeza como un junco o de acostarse sobre sacos y ceniza? ¿A eso llamas ayuno y día agradable a Yahé?
“¿No saben cuál es el ayuno que me agrada? Romper las cadenas injustas, desatar las amarras del yugo, dejar libres a los oprimidos y romper toda clase de yugo. Compartirás tu pan con el hambriento, los pobres sin techo entrarán a tu casa, vestirás al que veas desnudo y no volverás la espalda a tu hermano” (Isaías 58:3-7). Resulta que el “ayuno” que agrada a Dios no es ningún ayuno sino la lucha liberadora y la compasión activa.

Muchas personas en América Latina y otras partes del mundo no pueden ayunar “voluntariamente”, es decir, como opción, puesto que por su dura realidad económica están ayunando todos los días. Pero sí ellos, y los que tienen más recursos, pueden practicar el ayuno que más gusta al Señor, según él mismo.

El Evangelio según San Mateo

En el pasaje que se lee en la misa de Miércoles de Ceniza, bien titulado en la Biblia latinoamericana “hacer el bien sólo por Dios”, Jesús enseña: “Guárdense de las buenas acciones hechas a la vista de todos, a fin de que todos las aprecien. Pues en ese caso, no les quedaría premio alguno que esperar de su Padre que está en el cielo.

“Cuando ayudes a un necesitado, no lo publiques al son de trompetas; no imites a los que dan espectáculo en las sinagogas y en las calles, para que los hombres los alaben…. Cuando ustedes recen, no imiten a los que dan espectáculo; les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que la gente los vea….” (Mateo 6:1-6).

Jesús se refiere también al ayuno: “Cuando ustedes hagan ayuno, no pongan cara triste, como los que dan espectáculo y aparentan palidez, para que todos noten sus ayunos….” (vv. 16-18). El mensaje de Jesús es que nuestros actos de compasión y solidaridad como nuestra oración y ayuno sean auténticas expresiones de amor al prójimo y a Dios en vez de ser tácticas egoístas para conseguir la alabanza del público.

Hasta aquí el texto del evangelio leído el Miércoles de Ceniza. Pero, para entender un texto, nos ayuda verlo en su “contexto” para conocer la enseñanza más completa de Jesús. Él sigue recomendando: “No junten tesoros y reservas aquí en la tierra, donde la polilla y el óxido hacen estragos, y donde los ladrones rompen el muro y roban. Junten tesoros y reservas en el Cielo…. Pues donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón” (vv. 19-21).

Los tesoros que duran, que nos dan la verdadera felicidad en vida y que la gente recuerda con lágrimas en la vela de uno, no son riquezas materiales, ni fama, ni el poder, sino la amistad, la lealtad al pueblo, la solidaridad, la honestidad, el amor.

Por eso Jesús sigue enseñando en este sentido: “Nadie puede servir a dos patrones: necesariamente odiará a uno y amará al otro, o bien cuidará al primero y despreciará al otro. Ustedes no pueden servir al mismo tiempo a Dios y al Dinero” (v. 24). La idolatría sigue siendo una gran tentación para el pueblo de Dios, como era para el pueblo de Israel, pero la tentación que menciona Jesús y que sigue fuerte hoy día es la tentación a dar culto (darse totalmente, hasta sacrificar los otros valores de la vida humana) al dios dinero, como si fuera el máximo bien.

Pero aquí el pueblo común, campesino y trabajador o desempleado, puede decir con razón: “Mirá, yo no sirvo al dinero como a un dios, pero sí necesito un poco, o un poco más, para que mi gente sobreviva”. ¡Claro que sí! Más adelante en el mismo capítulo el Maestro reconoce esta realidad económica, diciendo que Dios mismo la sabe: “Los que no conocen a Dios se afanan por esas cosas, pero el Padre del Cielo, Padre de ustedes, sabe que necesitan todo eso. Por lo tanto, busquen primero el Reino y la Justicia de Dios, y se les darán también todas esas cosas” (vv. 32-33).

De hecho, la lucha común de un pueblo bien organizado, si logra crear una sociedad solidaria donde los recursos se compartan para que nadie tenga necesidad, es mucho más eficaz que millones de luchas individuales y personales en que cada uno es lobo a sus propios hermanos(as) pobres.

Segunda Carta a los Corintios

En la segunda lectura (2 Cor. 5:20-6:2), San Pablo cita Isaías 49:8 -- “En el momento fijado te escuché, en el día de la salvación te ayudé.” Y añade: “Este es el momento favorable, éste es el día de la salvación”. La salvación no es un peso duro, sino un momento en que Dios nos ayuda a arrepentirnos sinceramente de nuestra conducta destructiva y comprometernos a ser hermanos y hermanas solidarias.

Este momento “favorable” bien puede ser ahora, hoy, ¡este minuto! Es cuando uno se dé cuenta de lo que ha hecho y de en qué rumbo va su vida, reconociendo sus explotaciones de otros y decidiendo pedirles perdón a ellos (si es posible) y a Dios y vivir una vida nueva de compasión y justicia. Hay que esforzarnos para no seguir posponiendo el “momento favorable”.