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Nicaragua es uno de los países más seguros del mundo. Probablemente lo sea de América Latina y, seguro, lo es de Centroamérica.

Los índices de homicidios miden el nivel de crímenes violentos y son un síntoma transparente de los parámetros de seguridad en un país.

El índice de homicidios en América Latina es de 22.9 por cada 100 mil habitantes. En el Salvador es de 55 homicidios por cada 100 mil habitantes, Guatemala de 46, Honduras 58, Puerto Rico 20, y Nicaragua apenas llega a 13. Los índices de homicidios en México y Colombia, para señalar dos casos espeluznantes, son de ascenso cotidiano.

Nicaragua es segura no porque sea un país policíaco. Los índices de encarcelamiento así lo indican. Mientras en Costa Rica hay 5,542 prisioneros por cada cien mil habitantes, en Nicaragua hay 3,981.

La policía nicaragüense es la más pequeña de América y está casi desarmada, siendo de las más efectivas. Los policías nicaragüenses son, en general insobornables. Por todos los ángulos de esta geografía singular la Policía además de imperfecta, con escasos recursos y técnicos, es la mejor de Centroamérica y por los resultados de sus heroicos esfuerzos, de las más óptimas de América Latina. Es valiente, desinhibida, bien mandada y, claro está, tan eficiente — con el respaldo del Ejército — que los narcos tienen que comprar dosis elevadas de aspirina para aliviar el dolor de cabeza que les provoca Aminta y demás mandos de la institución. En el enfrentamiento con el crimen político tiene al Ejército como un aliado invalorable: bien dotado para la persecución de bandidos y maleantes y con una buena salud dental para morder tareas complejas y, a veces, al parecer indescifrables, la Policía nos demuestra que, al fin y al cabo, no es perfecta, pero que es la mejor de casi todas, seria, eficiente a pesar de ser pobre. En sus bodegas hay bombas lacrimógenas en desuso, y a los policías — y a los soldados — se les olvidó el arte de represión política.

Nicaragua, tiene además, la más larga nubliselva al norte del Amazonas, 84 reservas forestales cubriendo más de 21 mil kilómetros cuadrados.

Nicaragua es arquetipo de hospitalidad, calor y con arrebatos de buen humor. País de poetas reinventando en cada salida del sol el castellano. En la tierra de Darío continúan inalterables los sueños. Nadie los va a enterrar, porque están vivos, alertas y desafiantes. Decir lo contrario es provinciano, torpe y antipoético. Nuestra danza es sabrosa. El palo de mayo parece un teatro de panteras en celo. Nicaragua es tierra de volcanes ardientes, lagos enormes, pícaras sonrisas y palabras a veces fuertes y, casi siempre, dulces y confianzudas.

Tiene ciudades donde desapareció el aburrimiento. El sol de Granada es acontecer cotidiano de lo más agraciado y sus amplios caserones resucitan las ganas de vivir en ellos. En las avenidas leonesas hay piedras perfectas para pasear en coches de caballo y en autobuses desnudos para mirar, desde arriba, sonrisas leves de muchachas con cinturas leves. La catedral, con rostro de dama dominguera, vigila el sueño resucitado del poeta antiimperialista Rubén Darío. Al Norte está la ciudad de Estelí, heroica y cordial, y no demasiado lejos, Matagalpa, cuna de Carlos Fonseca y de los indios peleones que esgrimían escudos rojos y negros y donde se gime de tanta dicha. Si le gusta a usted el calor trasládese a Chinandega donde también hay calor en el corazón y en los abrazos y si le apetece el frío camine por las calles de Jinotega donde cabalgó Sandino.

Recomiendo Nicaragua, la seductora, a los nicaragüenses. Los invito a la solidaridad mutua. A reconocer que tenemos una, nuestra, nación y no una cueva donde se refugian los taim ados, a continuar en la militancia de la cordialidad y a esgrimir, como insignia el orgullo de ser compatriotas de seres tan únicos como Rafaela, Sandino, Rubén, Rigoberto, Carlos…