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Desde una época, no tan lejana, cuando las luchas obreras eran impulsadas por un sindicalismo emergente y proscrito, el sindicalismo ha sido visto por patronos y gobiernos como un subversivo impulsor de la lucha de clases. Pero el sindicalismo nació y se desarrolla como una versión laboral de éstas, porque sus reclamos entran en choque con intereses de las clases opuestas, y nunca ha ocupado posición de vanguardia en las luchas por los cambios revolucionarios de la sociedad.

Sin embargo, en la propaganda patrono-estatal nunca le rebajaron al sindicalismo la acusación de “agentes del comunismo internacional”. Hubo en épocas pasadas, “hombres de prensa” para quienes calumniar al sindicalismo era moneda corriente para comprar favores patronales y del Estado dictatorial.

Esa situación, propia dentro de las contradicciones del sistema social atrasado, semi o medianamente capitalista de Nicaragua, obligó vivir a los sindicatos bajo epítetos acusatorios de todo tipo que justificaban la represión patronal y estatal. Pero no pudieron con ellos. Aunque débiles, sobrevivieron. Dentro de este ámbito de lucha y represión, funcionó de forma simultánea la ofensiva ideológica para deformar, domesticar, corromper y manipular al sindicalismo, comprando líderes sin conciencia ni moral de clase.

Esta historia ha sido sumergida, marginada por historiadores oficiales y adversarios oficiosos. La actividad sindical fue prácticamente proscrita de las páginas del periodismo de antaño, y sólo se ocupaba de su actividad, sin falta tergiversada, cuando las injusticias dentro de una empresa causaban explosión en forma de huelgas espontáneas. Los culpables, siempre eran los obreros. No eran huelgas “legales” ni “legalizadas” (hubo una sola huelga legal: la de la Singer, en los primeros años 60´), por lo imposible que ha sido para los sindicatos romper el tupido y fuerte tejido burocrático y de las leyes en manos de ministros del trabajo, guardianes del sistema, y supuestos “mediadores” entre patronos y obreros.

Ese panorama social, varió con la revolución, comenzando con que la libertad de organización se convirtió en una realidad por primera vez en empresas donde nunca permitieron sindicatos o renacieron donde habían sido destruidos. Pero la ineficacia del sindicalismo como herramienta de reivindicaciones laborales inmediatas, a causa de la atención que reclamó de los sindicatos la defensa de la revolución (y porque entre jefes de empresas “revolucionarios” había enemigos del sindicalismo), éstos se debilitaron al final de los años ochenta, y se desbandaron con la restauración de los gobiernos patronales, después de 1990.

Sobrevivieron los sindicatos sandinistas más fuertes, y los que desde su nacimiento se ligaron con intereses patronales, y cuyos líderes pasaron a formar parte de la burocracia en estructuras menores de sus gobiernos. De otra parte, líderes que nacieron con la revolución sacaron sus uñas antiobreras y hasta se convirtieron en propietarios de empresas estatales.

Todo lo que el sindicalismo pudo avanzar en diez años se vino esfumando. Uno de sus mayores esfuerzos por la unidad sindical de clase, lo hizo con la Coordinadora Sindical, y duró poco tiempo. En once años, el sindicalismo tuvo su gloria pasajera, y le renació el infierno.

Los medios de comunicación ya no ocultan sus actividades, pero sólo reflejan los conflictos laborales cuando los sindicatos son objetos de represión o cuando sus líderes protagonizan conflictos éticos en sus actividades dentro del esquema político de los partidos patronales y los del gobierno. Los trabajadores son atendidos por los medios cuando son víctimas de la represión y, en particular, en los reclamos de su derecho al trabajo y al aumento de salarios.

En estos tiempos post revolución y vuelta al poder de una camarilla seudo revolucionaria, los sindicalistas no oficialistas están siendo objeto de discriminación y represión. Es común leer en los diarios noticias como ésta: “Perseguidos y reprimidos, así dicen sentirse los miembros del sindicato independiente del Centro de Salud “Francisco Morazán”, luego de que el director de esa unidad de salud, el doctor Harbin Esquivel no los reconoce, pese a que han cumplido con todos los requerimientos establecidos por el Ministerio del Trabajo.” (End, 17/2/2010).

Es sólo una muestra, pues suceden hechos similares a diario a los maestros y los trabajadores de la salud. Y no es casual. El autor del diseño represivo es Gustavo Porras, quien desde sus posiciones oficiales –diputado, mediatizador del “Conpes”, líder de Fetsalud, neo empresario, agitador oficial y jefe de turbas “dueñas” de las calles—, trazó los lineamientos contra el sindicalismo desde antes de las elecciones de 2006, el 18 de octubre.

En carta a Iris Montenegro, (*) secretaria general de Fetsalud-Managua, Porras le anunció las líneas de acción, después de haberse reunido con el entonces candidato, Daniel Ortega: “… analizamos la situación de los distintos sindicatos, posterior a las elecciones que nos llevarán nuevamente al gobierno, tanto nuestros sindicatos como los que pertenecen a otros grupos políticos que hemos logrado neutralizar. Sabemos que estos sindicatos que no son afines a nosotros, serán activados en contra nuestra cuando estemos en el gobierno y por tanto jugarán un papel beligerante como el que nosotros hemos tenido que jugar durante 16 años. Para disminuir esta posibilidad tenemos que seguir en la tarea de plegar esas fuerzas sindicales alrededor de nuestra estrategia de lucha...”

Porras ordenó reprimir lo que antes él mismo hacía, no concibe al sindicalismo si no está sujeto a su manipulación política, y no le vale nada los derechos de los trabajadores, sean o no afines en política. Y aquí está la prueba aportada por el propio Porras:

"Debemos continuar la tarea de lograr que Fetsalud disminuya su beligerancia para que al estar en el gobierno contemos con una fuerza sindical adormecida y que apoye los planes y estrategias del Minsa que será administrada por nuestro partido en el poder y sirva de barrera a las otras organizaciones sindicales que tratarán de levantar protestas y reclamar sus derechos. Nuestro gobierno debe contar con una Fetsalud cooperadora y para ello hay que estimular a los dirigentes históricos que nos han sido fieles para que sigan conduciendo a los afiliados dándoles nuevas formas de lucha que excluyan huelgas y otras protestas similares que no serían convenientes para nuestro gobierno.”

Lo que ha venido sucediendo en el Minsa en sus relaciones con los sindicalistas, corresponde con exactitud a las orientaciones antiobreras y políticamente manipuladoras de Gustavo Porras. Vale decir, un mayoral del gobierno para domesticar a los trabajadores por medo del “Porrismo”, un estilo antiobrero.

(*) Esta carta fue revelada en un artículo anterior.