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Las primeras elecciones regionales del Caribe autónomo nicaragüense no sirvieron para que se hablara de logros en las comunidades indígenas y étnicas, más bien las directrices estatales han facilitado el deterioro de los recursos naturales, incursión del narcotráfico, aumento de la delincuencia, inseguridad ciudadana, transculturación y vicios políticos.

La voracidad de los gobernantes capitalistas del inicio de los años noventa, al término de la guerra, abrió las puertas para utilizar las riquezas naturales sin ningún manejo de sostenimiento.

Empresas madereras, pesqueras, y mineras, recibieron concesiones sin que el Estado fuera riguroso en los planes de aprovechamiento y sin consultar a las autoridades regionales. Muchos de los “inversionistas” eran altos funcionarios de gobierno, familiares o allegados.

Campesinos desmovilizados, del Ejército y la contra, al reinsertarse a la vida civil se tomaron tierras de las comunidades indígenas con el beneplácito del gobierno central, y junto con otros que no provenían de los campos de batalla iniciaron la deforestación por las dos rutas, hacia el norte y hacia el sur del Caribe, con el propósito de vender madera, cultivar granos básicos, y criar ganado vacuno.

Dominación colonialista y capitalista

En la avalancha sobre la antigua frontera agrícola prevaleció el concepto colonialista de dominio sobre territorio indígena y la ansiedad capitalista de la democracia naciente. Inició el caos irrespetando la Ley de Autonomía que restableció, en 1987, el derecho de los autóctonos a gobernar su territorio de acuerdo con sus costumbres y deseos en beneficio de la comunidad.

El narcotráfico colombiano, en su ruta hacia el norte de América, aprovecha: la disminución de fuerzas regulares en el territorio selvático del Caribe, antiguo escenario de guerra, la pobreza que despunta por el abandono del gobierno, y la desmesurada ansiedad de dinero rápido para consumo y ostentación.

Cuando retorné al Caribe Norte, en 1993, en la ruta Río Blanco-Puerto Cabezas encontré decenas de camiones sacando tucas de madera preciosa, grandes extensiones de selva derruida, a los lados del camino, para criar ganado, y al llegar a Bilwi en el parque y sus calles era visible la venta ambulante de cocaína a bajo precio tal fuera chuchería.

El dinero del narcotráfico era visible en casas lujosas, en relación con el entorno, en ciudad y comunidades; en autos carísimos importados directamente desde Estados Unidos y desembarcados en el puerto de Bilwi, vi más de un Corvet y Buick desplazarse por las calles sin asfalto y ahuecadas; en el surgimiento de negocios que evidentemente no eran rentables, sino para lavado de capital.

Corrupción política-mafiosa

Dejada la violencia política militar surge la batalla por el poder y el dinero, con base en las ricas tierras y aguas de los indígenas. Se impone la ley del ser más fuerte de carácter, capital, e influencias en las esferas de gobierno, con los mecanismos y procedimientos propios de las mafias: soborno, fidelidad, sumisión, o muerte.

Los políticos del Pacífico, específicamente quienes tienen el control en Managua, también enfrascados en la lucha por la supremacía política y riqueza, conducen sus hilos en el territorio caribeño promoviendo conceptos y prácticas que corrompen las tradicionales relaciones de poder en las comunidades, que sin ser cristalinas son más aceptadas por los habitantes para mantener el orden y sus principios.

Se corrompen los funcionarios autóctonos, administran el erario tal como se estila en las oficinas gubernamentales del resto del país, se comportan como sus líderes del Pacífico, pues éstos son quienes los eligen para garantizar las cuotas de mando y obtener ventajas en el saqueo de los recursos naturales caribeños.

Las organizaciones políticas autóctonas son presionadas para que se alíen con las del Pacífico, o las desnaturalizan, la ley electoral las ubica en desventaja y les cancelan su potestad de organizarse como representantes genuinos de los intereses caribeños.

Aquello es un caos

Ancianos, religiosos probos, personas honorables y comprometidas con los intereses costeños son amenazadas, tanto por madereros como por políticos y narcotraficantes. Aquello es un caos. La sociedad costeña vive angustiada. No exagero, ese panorama descrito no puede generar otro sentimiento.

Sin embargo, la angustia no lleva a la resignación. Poco a poco se revitaliza el movimiento costeño, sobre todo indígena, aun cansado de las batallas que inició en los años ochenta para lograr autonomía.

La abstención electoral no es normal, no es apatía de pueblos luchadores que se levantaron empuñando armas; es rebeldía contra la opresión, la humillación, y la destrucción de su hogar.

Por eso, creo que las próximas elecciones de los Consejos Regionales Autónomos son una burla más a los pueblos caribeños.


*Director
Centro de Comunicación y
Estudios Sociales (Cesos)
http://sergiosimpson.ysublog.com