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Han pasado semanas desde el trágico terremoto en Haití, que cobró al menos 120 mil vidas y que crea un panorama aún más desalentador para el país más pobre de América Latina y el Caribe. Ante la campaña mediática de sensibilización y la considerable movilización de recursos financieros, alimentos y personal de apoyo, es inevitable recordar nuestra propia tragedia hace 37 años: el 23 de diciembre de 1972, la noche en que Managua murió.

A las 12:35 de la madrugada, un terremoto de 6.2° grados en la escala de Richter causó la muerte de más de 10 mil personas y dejó 720 mil damnificados. En sólo 30 segundos se vieron afectados casi el 90% de los edificios de una de las principales capitales de Centroamérica, los colores verde y rojo de la pascua se sustituyeron por el naranja del fuego y el café del polvo que cubrió la ciudad. Las numerosas construcciones de taquezal, los cimientos poco profundos y los daños remanentes del terremoto de 1931 evidenciaron la vulnerabilidad de la ciudad. El corazón de Managua --donde se ubicaban la mayoría de los edificios públicos, oficinas y comercios-- fue la más afectada, alcanzando el grado 9 en la Escala de Mercarelli. La catástrofe provocó un desequilibrio en los servicios básicos y en los bienes colectivos como el agua y el transporte, todo lo cual potenció los asentamientos espontáneos que subsisten hasta el día de hoy en condiciones deplorables.

Las comisiones de expertos nacionales e internacionales que visitaron el país después del terremoto hicieron recomendaciones en materia de estímulo al empleo, vivienda y urbanismo, salud y nutrición. La labor no sólo implicaba dar respuesta durante la emergencia, sino la integración del desarrollo sostenible en la etapa de recuperación posterior. En cuanto a reconstrucción de infraestructura y planificación urbana, se recomendó una estricta vigilancia de los métodos y la calidad de los materiales de construcción, y la necesidad de diseñar e implementar un plan de ordenamiento territorial urbano, que considerara las amenazas y los factores de vulnerabilidad de la ciudad.

Uno de los expertos en desarrollo urbano que llegó a la ciudad --con una admirable visión optimista-- dijo: “En esta tragedia, Nicaragua tiene la oportunidad de construir una ciudad modelo”. Lamentablemente no se aprovechó la oportunidad; una débil institucionalidad política y administrativa, procesos de asignación de recursos poco transparentes y la ausencia de liderazgo político, entre otros factores, dio como resultado que hoy, casi 4 décadas después de la tragedia, nuestra capital carezca de planificación u orden urbano. Es más, hasta el día de hoy existe una zona de la ciudad a la que nos referimos como “los escombros” prueba de que --lejos de ser una ciudad modelo-- Managua es una ciudad a medio destruir. Nuestro sistema de aguas negras y pluviales carece de efectividad, tenemos el basurero más habitado de Latinoamérica (con 42 hectáreas y 3 millones de m3 de desechos) y persiste una escasa o nula diferenciación entre las zonas comerciales, industriales y residenciales.

Nuestros errores del pasado pueden servir como lección para Haití. De forma paralela al desafío de emergencia humanitaria que enfrenta la ex colonia francesa, se deben también enfocar recursos para la etapa de reconstrucción post-desastre, en la cual el país y la comunidad internacional tendrán la oportunidad no sólo de reconstruir la ciudad, sino de integrar criterios de reducción de riesgo de desastres al trazado urbano, considerando las múltiples amenazas naturales que enfrenta el país caribeño y su avanzado estado de degradación ambiental.

Una capital que tomó un desastre natural similar y lo tornó en una oportunidad fue Ciudad de Guatemala, la cual sufrió un terremoto de 7.6° de intensidad en 1976, que dejó un saldo de 23 mil víctimas y casi 5 millones de damnificados. En los años posteriores, Guatemala mejoró las regulaciones e incentivos en el uso de materiales de construcción, se implementó una planificación urbana integral y se involucró activamente a la población mediante la entrega de bonos y generación de empleos. Con lo anterior, aún cuando existen serios problemas de delincuencia, la ciudad de Guatemala se posiciona hoy como la capital más moderna en Centro América.

Las iniciativas recientes del Gobierno nicaragüense para mejorar las condiciones de la ciudad constituyen algunos avances, sin embargo, aún falta enfrentar desafíos monumentales.

Para Managua no es tarde, necesitamos planes reguladores de estricto cumplimiento que permitan un verdadero ordenamiento territorial, la aprobación e implementación efectiva de la Ley General de Urbanismo, y un compromiso ciudadano por ver nuestra ciudad como una extensión de nuestros hogares. Si bien es cierto que la noche en que Managua murió no marcó el inicio de una nueva era para nuestra capital, la tragedia haitiana viene a recordarnos que detrás de toda amenaza hay una oportunidad, ojalá los líderes y la Comunidad Internacional sepan aprovechar esta coyuntura para revitalizar Puerto Príncipe y a ese desolado país.