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El gran diálogo y debate cristianismo-marxismo de los años 50 en Europa con frutos de “Agiornamiento” evidentes en ambos componentes humanísticos, se trasladó a la América Latina en la década de la radicalidad continental de los años 60, culminando en la Alianza Estratégica cristiano–marxista formulado en O.L.A.S en La Habana, la que se expresó en las décadas siguientes en múltiples formas teóricas –prácticas de luchas y esfuerzos de transformación integral resumidas en la propuesta de Cristianos por el Socialismo que indujo la Teología de la Liberación, siendo Nicaragua, contra todo pronóstico de las Ciencias Sociales, el lugar, escenario y laboratorio de esta confluencia ética, cultural, ideológica, política, social, económica y religiosa que fue la revolución popular sandinista, la cual demostraba al mundo del futuro que entre cristianismo y revolución no tenía que haber contradicción.

Para el reflector teológico –cristiano, este gran proceso mundial de Liberación de los pueblos del Tercer Mundo, se discierne como una acción salvífica de Dios en la historia.

Hay, en torno a estos hechos muchos “signos de los tiempos” que confirman este nuestro destino, vocación e identidad, basta pensar en dos de nuestros símbolos y raíces de la Nicaraguanidad, Darío y la universalidad de su pensamiento en occidente y Sandino el héroe entrañable General del hombres libres del mundo, título que le dieron los pueblos del Asia que luchaban en esas épocas contra el coloniaje inglés y francés. En continuidad no era casual la solidaridad que despertó entre hombres, mujeres y jóvenes de todo el mundo que hicieron suyo el sueño de la revolución sandinista, como convergencia de los movimientos humanizantes más significantes, influyentes e incidentes de los grandes sistemas y en los campos de influencia socialista, social demócrata y capitalista lo cual la caracterizaba como de economía mixta, pluralismo político y no alineada.

Lo seguro en la historia es la fidelidad de las promesas de Dios
Por todo lo anterior, creemos que el Dios actuante en la historia y en la naturaleza humana, siempre conduce la vida hacia sus propósito y aunque a veces hay velos del misterio escondido, en la noche oscura de los tiempos, siempre es un tiempo de gestación y de creación, y esto significa que ninguna verdadera revolución es inconclusa si deseamos bendecir más que ser bendecidos. Significa que en este proyecto nuestro, como en toda aventura de la fe, hay fuerzas hostiles demoníacas entronizadas en imperios del mal, decididas a aniquilar la vida, la luz y el amor para producir el agotamiento de las fuerzas de renovación, transformación y cambios, pero la cruz de Jesucristo enseñó que los antagonismo se juntaron en Jesús (Efesios 2:12 -16) y allí nació el nuevo hombre y la nueva humanidad por el amor redentor invencible de Dios. Por ello tenemos que recobrar esa vocación como nación especial llamada a contribuir a crear una nueva humanidad en medio de las dudas y la confusión. Igualmente reconocemos la conciencia profunda de la realidad de Dios en nuestra historia ya apuntalada por Darío en sus Cantos de Vida y Esperanzas. Nuestra conciencia de un destino especial bajo la guía de Dios para ser bendición en la tierra.

Lo Socialista

El Marxismo como teoría social e instrumento de lucha por transformar la realidad como método de análisis de las formaciones sociales y sus modos de producción, propugna por un socialismo caracterizado por la transformación de las relaciones sociales de producción y el desarrollo de las fueras productivas para la sostenibilidad de la revolución.

Estas ideas, aspiraciones, análisis, modelos políticos, proyectos, imaginarios y utopías, tienen su caja de resonancia en la visión y reflexión teológica del cristianismo a raíz de las dimensiones de lo comunitario, lo colectivo, lo corporativo, que proceden del concepto de la Comunión del Dios Trino o la Trinidad que es la base y fundamento de toda verdadera comunidad. El hombre como criatura de esta comunión lleva en su ser y reproduce esta semejanza. Por ello a lo largo de toda la Biblia descubrimos esas dimensiones del pueblo de Dios, Iglesia, Cuerpo de Cristo, comunidad primitiva, Reino de Dios donde se condonan todas las deudas en el espíritu del Jubileo como expresión de perdón estructural que brota del Amor de Dios. O el Pentecostés del Espíritu donde se generan cambios de mentes nuevas y actitudes de compasión que redundan en cooperación mutua en la Comunidad, compartir de soluciones a las necesidades más apremiantes de cada quien, donde se le da función social a las riquezas y propiedades. A la par del respeto de la dignidad de cada uno con los demás. Una nueva valorización del ser, responsabilidad de todos como hermanos y actores de la transformación, la construcción de una ética colectiva de amor a los más invisibilizados, excluidos, víctimas y agraviados de siempre y finalmente la visión colectiva de la Nueva Jerusalén que es la Ciudad Celestial donde culminará todo al afán de la humanidad, la recapitulación de todas las cosas en Cristo, donde el Reino es estregado al Padre, “y ellos serán su pueblo y Dios será su Dios”. Aquí la vida será otra vez incorruptible porque ya no habrá más quebrando, ni dolor, ni más muerte, es la redención de la creación toda, es la revelación del misterio de la encarnación que comenzó en la aventura de la navidad. Es la plena realización de la humanidad recreada por la ilimitada gracia y el amor de Dios.

Lo solidario

La solidaridad es colocarse en la situación del otro que está en peligro de muerte. El Dr. Sergio Ramírez en su escrito “imaginar al otro”, en el Libro: Historia y Reconciliación, hace referencia a caso de Amos Oz y explica que imaginar al otro es meterse dentro de su cabeza, sus pensamientos, ansiedades, sueños y odios por irracionales que sean para tratar de entenderlos –dice Ramírez “hay que hacer el viaje de nuestra mente hacia la mente ajena y vivir dentro de ella lo suficiente para que la salir, ya no seamos los mismos…”

La solidaridad nació en la acción de Jesucristo que asumió nuestra culpa y pecado y ocupó nuestro lugar en la Cruz, el Padre Fernando Cardenal enseña que al hacer oración siempre “demos gracia por Jesucristo que nos fue dado para nuestra salvación”. Ésa es la solidaridad ilimitada de la Gracia de Dios.

El Dr. Francisco Lacayo P. en su teoría sobre las raíces de nuestra identidad, nos recuerda la herencia de “un pueblo siempre en lucha contra la opresión, trabajador, laborioso para sobrevivir biológicamente y ser creadoramente pueblo comerciante pero no acaparador y hacedor de patria, inventivo, cálido, cariñoso, fraterno, capaz de entregar su vida por los valores del Reino de Dios, como la dignidad, justicia social, la libertad y la reconciliación”.

Lo cristiano

No hay cristiano sin Cristo, en el decir de San Pablo “ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí, y mi vivir humano lo vivo en la fe del Hijo de Dios el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”.

Ser cristiano más que una caracterización cultural, sociológica es el haber vivido un cambio radical en toda nuestra naturaleza y vida como producto de la acción de Dios a través de su Espíritu, que nos convierte en una nueva creación donde lo viejo desaparece y llega lo nuevo, entonces el pecador es cambiado en algo diferente porque el amor de Dios se ha derramado en los corazones y es ahora el rector de nuestras vidas. La fuerza que transforma, salva, sana, convierte es el amor de Jesucristo evidentemente en su muerte como demostración de la Misericordia de Dios. Es un amor que nos constriñe, no deja escapatoria, no defrauda jamás sino inunda los corazones por el Espíritu Santo. Por ello el hombre es reconciliado con Dios y al ser cristiano ya no vive para sí mismo (2da Corintios 5:15), sino para Jesucristo. El yo deja de ser el foco de interés, lo cual significa que la raíz del pecado queda extirpada de su vida y es una nueva creatura que da los frutos al estar injertos en Cristo como los pámpanos en la Vid (Juan 15: 4-5).

No estamos solos ni condenados (a pesar de Sartre). Sí, hay certeza, pero estas sólo son visibles a quien tiene una fe militante y creadora.

Cualquier liberación verdadera es y tiene que ser realizada por Dios. La obra de la salvación no es el logro, ni producto del esfuerzo humano, sino que es el efecto de la intervención divina en los asuntos humanos, intervención tan drástica y decisiva que se la puede considerar una nueva creación. Esta nueva creación garantizada en la resurrección de Jesucristo es la base y fundamento de que toda realidad puede ser transformable y cambiable. La obra salvadora, redentora, reconciliadora de Jesucristo en la historia humana es la obra de Dios (2da Corintios. 4:6), “todo esto proviene de Dios que nos ha reconciliado consigo mismo y nos ha confiado el Ministerio de la Reconciliación. La salvación saca al hombre de la condición en que se encuentra y lo eleva a la condición que Dios quiere para él. Es con Jesucristo que empieza de nuevo la historia del mundo.

*Director Instituto “Martin Luther King”

Área Socio-Religiosa Instituto “Martin Luther King”- UPOLI