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Ideuca
La educación es, en sí misma, una obra colectiva, de profundo sentido y significado social. Es el espacio por excelencia en el que toda la ciudadanía se encuentra, como el principal punto de coincidencia y concertación, por encima de intereses político- partidarios.

En tanto los procesos de transformación de la educación responden a un proyecto pensado, discutido y enriquecido por todos los actores e instituciones del país, sin distingo alguno, tienen vida sostenida. Por el contrario, cuando las transformaciones educativas se imponen desde la cúspide, sin consulta ni respaldo técnico y social, pronto fenecen en el tiempo. Cuando el pensamiento individual se impone a la inteligencia colectiva, por la vía del poder, de la autosuficiencia, del centralismo, los cambios traen en sus entrañas el embrión de su condena de muerte.

La inteligencia colectiva en las transformaciones educativas aprovecha las inteligencias y saberes de cada uno de los participantes, pero no como una suma mecánica de capacidades, sino como la integración sinérgica de todas ellas, fortalecidas por los intercambios que se producen cuando las intersubjetividades entran en acción. Es evidente que la riqueza que supone el trabajo en equipo, es mucho más que un simple trabajo de grupo en el que las partes aportan sus saberes. La ciencia del aprendizaje ha comprobado en múltiples investigaciones, que las personas aprenden con mayor efectividad interactuando en equipos cooperativos, bajo ciertas condiciones didácticas, que cuando la persona trata de construir conocimientos en soledad.

Todo cambio en educación posee siempre múltiples vetas y aristas que nunca una persona en solitario, por docta que sea, podrá abarcar. Precisamente, en la historia del país este fenómeno ha traído consecuencias tristes para la educación, en tanto se han producido transformaciones educativas movidas por personas distantes del pensamiento colectivo, sin respaldo social, nada legítimas. Sus tiempos de éxito fueron efímeros, con los costos que ello ha supuesto para el país. Los esfuerzos que realizan los subsistemas educativos para avanzar en sus transformaciones son evidentes, como también lo son las imposiciones y escasos niveles de consenso que suelen, también, estar presentes. Ello hace que los cambios se instalen en la cultura oficial-nomotética, pero no se asuman en la cultura ideográfica de los actores.

La brecha existente entre estas dos culturas personificadas, será mayor en la medida que la inteligencia colectiva sea débil y las decisiones se hayan impuesto; como consecuencia, las visiones educativas serán parciales, atomizadas, unidisciplinarias y no interdisciplianrias. En definitiva, los actores no apoyarán en la práctica, aquello con lo que no se sientan identificados al no haber participado en su construcción.

Cualquier sondeo en un centro educativo básico, medio o superior refleja fácilmente estas dos culturas más o menos distantes entre sí: la oficial-aparente, y la ideográfica, Desde la primera, los sujetos aprenden a “convivir” con los cambios repitiendo lemas, consignas y políticas oficiales, muy alejados de su conciencia, los que ni comprenden ni asumen en la práctica; desde el segundo, los sujetos poseen y reflejan su pensamiento (o lo ocultan por temores), sus ideas, generalmente distantes y hasta contrarios a lo que expresa la cultura oficial. Esta esquizofrenia educativa, esta dualidad en la personalidad de las entidades educativas, estos dos mundos paralelos, suelen ser clara expresión de transformaciones educativas que no son auténticas ni han sido acuerpadas por los actores implicados.

También es evidente que son tradicionales algunos subterfugios propios de estas instituciones educativas, con los cuales presentan decisiones verticales como consultadas. El poder cae fácilmente en la tentación de manipular y mentir con sofismas, queriendo mostrar como verdad lo que es falso, tomando decisiones de cambios que han contado con participación formal en la consulta, pero cuyos aportes no tuvieron ningún espacio ni incidencia en las decisiones.

La educación del país tiene puesta su mirada en el horizonte de la transparencia, de la verdad, de la confianza en los actores sociales. Ella misma diseña currículos con contenidos, capacidades, competencias y valores. Pero también, ella misma, ha de modelar, en su comportamiento institucional, un currículum implícito de valores, saberes, capacidades coherentes con sus propios currículos diseñados. Cuando estos currículos – explícito e implícito – no coinciden, la educación y sus transformaciones transmiten al país un mensaje contradictorio, una gran mentira: la educación es más el arte de mentir, de declarar principios que no cumplen quienes los declaran. Llevada esta realidad al ámbito social y político de hoy, no son de extrañar múltiples actitudes de corrupción de partidos políticos y entidades de servicio público.