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El autorretrato fue uno de los temas predilectos del modernismo hispánico. Baste recordar el soneto en alejandrinos titulado precisamente “Autorretrato” de Francisco Villaespesa (1877-1935). “Por la espaciosa frente pálida y pensativa / desciende la melena en dos rizos iguales. / Negros ojos miopes, gruesa nariz lasciva, / la faz oval y fina, los labios sensuales” —dice su primer cuarteto. O citar los dos de otro modernista español, Manuel Machado (1874-1947): “Autorretrato”, en que declara: “Las mujeres… —sin ser un Tenorio, ¡eso no!— / tengo una que me quiere y otra a quien quiero yo” y “Nuevo autorretrato”, el cual comienza: “Un niño es una fiera… Y yo era niño el día / En que me hicieron la primera fotografía”.

Los de Machado están escritos también en alejandrinos, pero pareados o dísticos, es decir en el modelo preferido por nuestro Azarías H. Pallais: “Desde que era muy niño, saltaba de alegría / cuando la fresca lluvia de los cielos caía…”

Pues bien, Pallais asumió esa práctica de sus coetáneos en el poema “Yo”: un verdadero autorretrato, no de su físico exterior, sino de su mundo interior. Dedicado a su amigo Adolfo Calero Orozco, lo elaboró en 1924 y de ese año data su publicación en el Repertorio Americano, la revista de prestigio continental que dirigiera don Joaquín García Monge en San José, Costa Rica, y de la cual Pallais era uno de sus constantes colaboradores.

Publicaciones

El primero que lo divulgaría en Nicaragua fue Fernando Centeno Zapata en una triple muestra poemática de Pallais, Alfonso Cortés y Salomón de la Selva (1962). Luego inició su selección correspondiente en mis antologías generales de la poesía nicaragüense (1984 y 1994) y en la particular de Pallais, En los bellos caminos del silencio (asimismo de 1994). Recientemente, sin fecha ni dedicatoria y con la errata “egipto” por “egipcio”, la incluyó en la suya José Argüello Lacayo; pero —cabe advertirlo— no figura ni en la salvadoreña de la Dirección General de Publicaciones (1963) ni en la de Ernesto Cardenal (1986). ¡Lástima! Porque se trata de un poema cardinal, o sea, central en su obra.

Forma
64 es el número de sus versos distribuidos en 16 cuartetos de versos alejandrinos (catorce sílabas) de rima asonante alterna: ABAD por ejemplo –ero, –inos, –ero, –inos; y –ales, –etas, –ales, –etas de las dos primeras estrofas: “Yo soy muy ‘discutido’, yo soy muy ‘insincero’, / yo soy muy “sospechoso”; Guelfos y Gibelinos / ha dicho que soy “loco”, ¡muchas gracias! Yo quiero / vivir con Francis Jammes en los bellos caminos // del silencio; muy lejos de aquellas doctorales / ínfulas, mis poemas no saben de etiquetas, / ni tampoco celebran comedias oficiales, / ni lugares comunes, ni aprendidas facetas.”

Contenido
O sea: comienza afirmando que su persona es controversial (“discutida”, “insincera”, “sospechosa” y hasta lo tildan de “loco”); pero él contrarresta esta imagen señalando que su único deseo es vivir apartado y tranquilo “en los bellos caminos del silencio”, con la lectura y el ejemplo de vida de su maestro literario Francis Jammes (1868-1938), poeta católico francés, cuyo mundo simbolista —similar al de San Francisco de Asís— se apropia.

Igualmente, Pallais ubica su poesía (“muy lejos de aquellas doctorales / ínfulas…), libre de “etiquetas”, “comedias oficiales”, “lugares comunes”, “recetas” e identificaciones con la naturaleza al estilo franciscano; y también, como se verá, con Homero y los griegos, con Dante y su Divina Comedia, con Cervantes, Fray Luis de León y, de nuevo, con “la francisjamesca voz de las Florecillas de Francisco”. Es decir, del santo de la Edad Media renovador del cristianismo.

“Los árboles, los ciervos, las ardillas, las cabras; / y el lucero —la niña de mis versos lejanos— / y el silencio que dice mis mejores palabras / son, entre las criaturas, mis queridos hermanos. // Nuestra hermana lluvia, la luz recién nacida, / las dulces veraneras del camino lavado, / y las niñas muy niñas, encanto de la vida, / me dieron los silencios del árbol encantado. // Me deleitan los griegos y Homero más que todos, / la Divina Comedia, don Miguel de Cervantes, / Señor de vidas vivas, príncipe de los modos / y recreo perenne de los Pablos andantes. / Los versos silenciosos de Fray Luis de León, / y la francisjamesca voz de las ‘Florecillas’ / de Francisco; suspira mi pobre corazón / por todas las criaturas humildes y sencillas.”

Corazón de auténtico franciscano quiere decir Pallais; corazón de medieval primitivo y de católico radical, como lo expondrá después. Mientras tanto, véase que enumera a dos grandes autores: Cicerón —representante de la cultura latina— y San Pablo —apóstol del cristianismo, cuyas epístolas destaca llamándolas “las catorce cartas de números divinos”. Y, para concluir la lista de sus afinidades literarias, cita los nombres de Shakespeare —el mayor dramaturgo del mundo—, Santa Teresa —la mística española—, dos cuentistas famosos del siglo XIX (el alemán Andersen y el francés Perraut) y la obra más exquisita de la literatura fantástica: Las mil y una noches (clásica obra de la cultura árabe).

“Todos los bien medidos exámetros latinos, / Cicerón con sus libros —prosa de arte mayor— / y las catorce cartas de números divinos / que escribió a las iglesias Pablo el conquistador. // Shakespeare, Santa Teresa, los cuentos de camino, / Anderson, las Mil noches, Perraut; soy Sherezada, / cuento de las aventuras de Simbad el Marino / mientras pasan las horas de la noche sagrada.”

Pero al mismo tiempo, rechaza a dos autores que considera nefastos por su agnosticismo y condición de blasfemos; el enciclopedista francés Voltaire y el panfletario colombiano José María Vargas Vila, ambos enemigos y detractores del catolicismo: “Voltaire y Vargas Vila los odia plenamente, / toda mi inteligencia, todo mi corazón: / lejos de los blasfemos, muy silenciosamente, / muy con las manos juntas, como los niños son.”

En los versos siguientes, Pallais recalca el valor de su maestro Jammes y exalta a un poeta belga, amigo de su maestro y autor del libro Brujas la muerta (Brujas es la ciudad belga donde Pallais estudió para sacerdote) de George Rodembach (1855-1898). A su vez, desdeña a los románticos españoles por considerar los huecos, retóricos o hinchados de palabrería: José Zorrilla (1817-1893) y Manuel José Quintana (1772-1857). “Rodembach con su “Brujas la muerta” me fascina, / Jammes con sus miradas profundas y lejanas // me habla más en un verso de sencillez divina / que todos los Zorrila y todos los Quintana”.

A continuación, pasando a la pintura, Pallais se proclama admirador del español Diego de Velásquez y del alemán Rembrandt, crítica a los malos sacerdotes (“ciertos pseudo frailes muy bien relacionado”) y reafirma su identificación franciscana: “De la Escuela Flamenca, de la Escuela Española, / quisiera ser Velázquez, quisiera ser Rembrandt, / quisiera ser los colores donde la luz se inmola / y los ojos dichos en siete planos, van. // Me placen los austeros monjes benedictinos, / porque nadie los mienta, porque son apartados: / ninguno los ha visto por los malos caminos / de cierto pseudo-frailes muy bien relacionados. // Me encantan las ingenuas mayúsculas floridas / y los frailes menores de Francisco de Asís. / Y las leyes, estrellas de luces escondidas / y la blanca nobleza de las flores de lis.”

Hasta ahora, Pallais se ha limitado a describir sus preferencias estéticas (literarias, pictóricas) y religiosas (un seguidor de San Francisco de Asís); más en la penúltima estrofa ofrece una crítica de los Estados Unidos, relacionándolos con los faraones egipcios dentro de la tradición bíblica. En otras palabras, Pallais —un centroamericano— se identifica con los judíos cuando éstos estaban esclavizados por los egipcios o el imperio egipcio. De esta manera, asocia la imagen del “cocodrilo egipcio” con “los yankees” y plantea que éstos dominan los cinco países de Centroamérica al decir: “somos cinco pequeñas soberanías muertas / contra toda razón…” Recuérdese que en 1924 —año en que escribió “Yo”— Nicaragua tenía doce años de haber sido intervenida militar, económica, financiera y políticamente por los Estados Unidos.

Así, resume —dentro de la tradición judeocristiana— esta coyuntura: “¡Los yankees! Y pintadme las fauces abiertas / de un cocodrilo egipcio. ¡Ya pasa el faraón! / Somos cinco pequeñas soberanías muertas, / ¡Contra toda razón! ¡Contra toda razón!”

Y en cuanto al cuarteto final, el poeta-sacerdote se refiere a la oscuridad en que se mantienen quienes ofenden el mensaje cristiano, no sin presentar antes su desdén a la política en general, para luego reivindicar su esencial cristianismo, reafirmando su verdad interior: a Cristo como panacea: “Yo creo que son todos los más mandan iguales, / sigue la tiranía, sigue la tiranía / bajo la noche negra de pecados mortales, / Cristo es único dueño de las rosas del día.

Finalmente, un cuarteto se ha omitido deliberadamente (los versos 9-12) con un objetivo; para hacer ver cómo su autorretrato modernista, contiene su propia poética: “Tengo unos cuatro amigos, por ellos he rezado: / Hermano: si en tus ojos de niño y de poeta, / hallan gracia mis versos, seremos alfa y beta / del Centauro, seremos un dístico sellado.”

A saber: plenamente feliz, en hermandad compartida (“un dístico sellado”), si el lector logra comprender y disfrutar su mensaje puro de niño, como las estrellas alfa y beta que forman la constelación del Centauro. En fin, si obtiene lo que todo poeta aspira: una comunicación trascendente.