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No observaba el Universo con un telescopio como lo hacía Poe en los últimos años de su maltrecha vida, no propuso teorías cósmicas como lo hizo Poe en su obra “Eureka”, pero sí, Vasconcelos soñó con una raza única, universal, cósmica, como producto de la fusión de todas las razas, cuyo bing bang estaría en una zona en el Amazonas que llamaría Universópolis. No era para menos, la teorías científicas predominantes y contemporáneas con el escritor trataban de explicar el origen autóctono del hombre americano, el más notable sustentador de la teoría de que el hombre tuvo su origen en la propia América fue Florentino Ameghino, quien consideraba que el hombre americano se originó en América del Sur, específicamente en la pampa Argentina, de donde partieron todas las migraciones humanas que poblaron todos los demás continentes. Hoy sólo es posible aceptar un dato como cierto más allá de todo romanticismo: El indio americano no es originario del nuevo continente.

No fue un simple lema el de José Vasconcelos. “Por mi raza hablará el espíritu” va más allá de una expresión de nacionalismo mexicano, se extiende hacia un profundo americanismo como reivindicación de la raza nativa, primigenia, misión de búsqueda de nuestra propia identidad que se propuso Vasconcelos por medio de sus escritos, los más representativos: “La Raza Cósmica”(1925), Indología (1926) y el Ulises Criollo (1936).

En la Raza Cósmica, inicialmente, Vasconcelos trata de explicar desde un punto de vista americanista, pero con mayor rasgo de nacionalismo mexicano, el origen del hombre, basado en la historia milenaria de los toltecas, precursores de los aztecas, y que adoraban al mítico Quetzalcóatl, “la serpiente emplumada”. Los aztecas consideraban a Quetzalcóatl su dios creador y a la vez se consideraban una raza especial procedente de Aztlan, al parecer la Atlántida, la misteriosa isla engullida por el océano que lleva su nombre y cuya raza se trasplantó en lo que hoy es la ciudad de México (Tenochtitlán) y hacia a otros países del mundo, como la India, Grecia o Egipto, los Atlantes, diría Vasconcelos; “la raza que floreció y decayó en América”.

La cosmogonía azteca, sin duda alguna, sirvió de base para que Vasconcelos desde su subjetividad, soñara con su raza cósmica. Dicha cosmogonía dividía el universo en cuatro partes, consideradas puntos cardinales o tezcatlipocas, y el centro, “ el ombligo de la tierra”, representado por el ser cósmico ometecuhtli, ser hermafrodita, dual, padre y madre a la vez para los tezcatlipocas, estos últimos fueron cuatro; el rojo, el negro, considerado el señor del cielo nocturno, el azul y el blanco o Quetzalcóatl, motivo por el cual Moctezuma creyó que la llegada de los españoles, blancos y barbados, a la costa veracruzana era realmente el regreso del dios Quetzalcóatl, pues coincidía en tiempo con la llegada de este último, según lo anunciado por la profecía. ¿Sería para Vasconcelos el quinto tezcatlipoca la Raza Cósmica?, fusión de cuatro razas, la negra, la amarilla, la blanca y la roja, a la que pertenecía Eric, el rojo de quien se dice fue el primero en poner un pie en nuestra América.

De los aztecas han quedado sus magníficos monumentos geométricos; las pirámides, como expresión simbiótica de lo humano y lo cósmico. El escritor soñaba con la unión no de cuatro razas sino de todas las razas hijas de ese tronco común que llamamos humanidad. Para Vasconcelos la fusión de cuatro razas, la blanca, la roja, la amarilla y la negra, iba a dar origen a la quinta raza o raza cósmica, la matriz iba a ser la América, madre de la raza nativa y de todas las razas, como reivindicación de la primera, quizás para algunos de su tiempo no fue más que una utopía en la mente de un anacrónico, para otros, más allá de una interpretación antropológica, una fusión de ideas, pensamientos, logros, esperanzas y deseos.

Pero Vasconcelos, nacido en Oaxaca (1882-1959), no sólo fue un escritor de “sueños cósmicos”, fue educador, filósofo, sociólogo, político y además periodista. Comprometido con su pueblo participó activamente en las luchas anti-reeleccionistas, teniendo como lema “Sufragio efectivo, no reelección”, apoyando a Francisco I. Madero en contra de Porfirio Díaz y su Porfiriato, quien se había convertido en dictador, ya llevaba siete períodos presidenciales, hasta que en 1910 estalló la Revolución mexicana siguiendo el grito político-militar de Maderos conocido como Decreto de San Luis. Díaz, como todo dictador, salió huyendo para Europa antes de ser alcanzado por la Justicia. Vasconcelos tuvo una participación activa demostrando que el ser escritor no significa desvincularse de la responsabilidad social que como ciudadano le corresponde a cada quien, y que él supo cumplir con buen tino, por eso sufrió el exilio en múltiples ocasiones y vejámenes económicos, situaciones que pocos están dispuestos a sufrir, razón sobrada ha tenido Jorge Luis Borges al señalar que el patriotismo es la menos perspicaz de las pasiones. La era post-revolucionaria lo frustró cuando el flagelo del fraude electoral, el militarismo y el autoritarismo nuevamente azotó a México ¡Putas revoluciones, sucias putas, que sólo han cambiado unos amos por otros ! (la frase es del escritor también mexicano, Rubén Salazar Mallén)

Fue Vasconcelos un revolucionario en los aspectos educativos; “El destino lleva a una filosofía, la magna tarea de educar a un pueblo”, y lo educó. La Revolución mexicana no sólo significó un cambio de gobierno sino también una revolución en los aspectos culturales influyendo grandemente sobre la base de las ideas Vasconcelianas, en el muralismo mexicano, por ejemplo, que a propósito existía desde antes de la conquista pero que se encontraba adormecido, ensimismado, enclaustrado. Vasconcelos fue el impulsor de este arte, haciéndolo público, abierto y como prueba de encontrarse ahora los artistas con sus propias raíces, con su propia identidad es que se comienzan a pintar motivos indigenistas, la problemática de los pueblo originarios llevada a las paredes hechas murales y por tanto hacia un mayor florecimiento de la cultura vernácula mexicana que podemos apreciar en los murales pintados en las paredes del Palacio Nacional de México, por ejemplo, creación de Diego Rivera y además en toda su vasta obra, igual podemos observar la influencia de las ideas Vasconcelianas en la obra de otro gran muralista mexicano como es David Alfaro Siqueiros. También hubo un desarrollo intelectual, coincidente con el ocaso del Porfiriato y es cuando surge el Ateneo de la juventud, cuya misión era rechazar el Positivismo, corriente filosófica oficial de Porfirio Díaz, así como reivindicar la cultura mexicana abriéndola hacia el mundo entero sobre la base de sus propios cimientos sin contaminarse de la influencia europea. Pertenecieron al Ateneo de la Juventud nada menos que Alfonso Reyes, Antonio Caso, Pedro Enríquez Ureña y por supuesto, José de Vasconcelos.

Vasconcelos fue rector de la Universidad de México (1920-1921), contribuyó grandemente con la creación de la autonomía universitaria mexicana, como Mariano Fiallos Gil lo hizo con la de Nicaragua, posteriormente fue nombrado Secretario de Educación Pública (1921-1924), desde donde pudo formar las misiones culturales que llevaban el conocimiento a todos los rincones y estratos sociales por medio de la formación de redes de bibliotecas como pilares fundamentales de la educación rural y urbana, proyecto educativo al que fue invitada a participar la misma Gabriela Mistral, pero no se limitó allí, fue como le llamaron justamente, “El maestro de las Juventudes de América” o bien merecidamente, “El más grande Mexicano del siglo XX”, como lo llamó Octavio Paz.


*dr_amaya2006@hotmail.com