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En la crisis económica que dio su primer paso en el año 2008, volvieron a surgir posturas favorables al establecimiento de mecanismos de neoprotección que traten de aminorar los efectos negativos que se hacen cada vez más evidentes en las maltrechas industrias de algunos países. Cuando llegó la crisis, ese capitalismo nada pulcro, por demás soberbio y sin control demostró que no había sido sólo salvaje (como ya lo denunciaban diversas personalidades, incluso Sumos Pontífices) sino también incompetente, irresponsable y a la larga, destructor.

En medio de esta crisis, en la última reunión del G-20 en Washington, todos los países proclamaron estar contra el proteccionismo; no obstante, en los siguientes seis meses, 14 de los 20 países establecieron una u otra medida de neoproteccionismo, algunos incluso elevaron los aranceles a las importaciones.

En la actualidad, el neoproteccionismo está claramente presente en la Política Agrícola Común (PAC) de la Unión Europea y de Estados Unidos, frente al resto de las economías del Tercer Mundo o emergentes para evitar que, con mano de obra y costes más baratos, la agricultura de aquellos se vea en claro retroceso, y es uno de los debates abiertos en la Organización Mundial del Comercio, toda vez que tal nivel de protección impide el desarrollo de las economías más pobres.

Los grupos de poder, particularmente en Europa occidental y en Estados Unidos, han aprendido a imponer sus agendas y están cabildeando a fin de lograr la adopción de normas neoproteccionistas, en contra de la competencia internacional. Buscan subsidios, barreras arancelarias, límites al ingreso de inmigrantes extranjeros en los mercados laborales e intentan revertir el colapso industrial a través de tales medidas.

No obstante, las medidas neoproteccionistas, particularmente las no arancelarias, subsisten contra los países del Sur. El comercio internacional es profundamente discriminatorio, al punto que solo se necesita que un producto de estos países resulte competitivo en los mercados del Norte, para que luego se levanten los obstáculos proteccionistas, con cualquier pretexto.

A esto, los países desarrollados la llaman eufemísticamente “competencia desleal” e imponen, para contrarrestarla, medidas “neoproteccionistas” destinadas a defender a los productores locales mediante: prohibiciones, cuotas, barreras arancelarias y no arancelarias u obstáculos administrativos opuestos a la importación de bienes. Como parte de una política económica, especialmente comercial.

La acusación que han hecho los países ricos e industrializados consiste en que la utilización de mano de obra barata permite a los países atrasados que sus mercancías puedan llegar a menores precios a los mercados extranjeros. En realidad el pago de esos salarios no constituye un truco de política comercial, como pretenden los países del Norte industrializado, sino que se inscribe dentro del régimen general de remuneración que corresponde a las condiciones estructurales de sus economías.

Dentro de esta política de neoproteccionismo se ha llegado incluso a proponer sanciones comerciales e impuestos compensatorios contra los países que ejercen el supuesto dumping-social, lo que no es, en realidad, puesto que los bajos salarios y las exiguas garantías laborales no son maniobras o trucos puestos en práctica ex-professo para bajar el precio de las exportaciones, sino el resultado de las propias condiciones, una economía subdesarrollada.

Algunos países desarrollados han planteado, en consecuencia, la creación de impuestos compensatorios al ingreso de las mercancías procedentes de tales países para precautelar sus propias economías industriales, proteger sus manufacturas no competitivas, evitar, la salida de capitales y detener el desempleo de su fuerza laboral, lo que pone en evidencia un comportamiento absolutamente desleal, de parte de los países ricos y desarrollados: que imponen la globalización en lo que les es favorable y la rechazan en todo lo que afecta a sus intereses.

El libre mercado neoliberal siempre ha sido un mito, ya que los Estados desarrollados nunca han abierto completamente sus mercados, eliminado todos los subsidios o dejado de intervenir para apuntalar o proteger a sus sectores económicos estratégicos, sea por razones políticas o sociales.

De manera más concreta, el neoliberalismo siempre ha significado la apertura selectiva a países seleccionados, durante períodos de tiempo especificados, para áreas de productos seleccionados. Los mercados fueron abiertos por el gobierno de EEUU a productos de subsidiarias de EU en países extranjeros. El “libre comercio” no está basado en criterios económicos, sino políticos. No obstante, las medidas proteccionistas, particularmente las no arancelarias, subsisten contra los países del Sur. El comercio internacional es profundamente discriminatorio. Tan pronto como un producto de estos países resulta competitivo en los mercados del Norte, se levantan los obstáculos proteccionistas con cualquier pretexto.

Es más, en el paquete de “estímulos” adoptado por los gobiernos de Estados Unidos y varios países europeos se introducen provisiones discriminatorias contra los productos extranjeros. Con estas medidas lo que se logrará es mantener artificiosamente las industrias nacionales poco eficientes, causando el colapso de las más eficientes que operan en el extranjero y que a menudo son propiedad de las mismas empresas americanas y europeas.

Todo esto se está cocinando en el fermento de la actual crisis económica y, mientras los políticos sigan negando que confrontamos una crisis, ella seguirá ahondándose. El origen del problema es seguir enfrentándonos a nuevos retos, con mecanismos antiguos.

Ante todo ello, una pregunta viene a la mente, ¿cómo afectará el neo-proteccionismo en un mundo globalizado?

*Diplomático, jurista y politólogo.