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A lo largo de la historia, los líderes políticos han apoyado las tecnologías de la comunicación existentes en su época para defender el sistema en que gobiernan. También hoy los gobiernos se pueden sentir tentados a proteger los periódicos y la televisión pública con el pretexto de “salvar la democracia tal como la conocemos”. Sin embargo, los esfuerzos por bloquear el cambio tecnológico han sido fútiles en el pasado y serían poco inteligentes hoy en día. En lugar de ello, el sistema político (y los medios de comunicación) se deben adaptar a la nueva realidad.

Enfrentados a una crisis existencial a medida que las nuevas tecnologías les arrebatan sus lectores y espectadores, los medios de noticias tradicionales -al igual que los banqueros, los fabricantes de automóviles y los productores de energía solar- se dirigen cada vez más a los gobiernos en busca de ayuda. Sin embargo, dan a entender que su causa es más noble. Los medios de comunicación son piedra angular de la democracia. Si todo se deja en manos de los blogs y los tweets, sin periodistas que informen, ¿cómo pueden los ciudadanos decidir qué políticas apoyar?

Esta forma de pensar refleja un temor que se remonta a muchos siglos atrás: como lo expresara Platón, los ciudadanos tendrían acceso a “información sin una adecuada educación y, en consecuencia, creerían saber mucho cuando en realidad son en su mayoría ignorantes”. Se trata de un temor que ha seguido teniendo ecos en la historia desde entonces, desde la condena de la Iglesia Católica a la imprenta de tipos móviles de Gutenberg a las quejas de la burguesía victoriana sobre las nuevas libertades de la prensa.

A los gobernantes nunca les han gustado las nuevas tecnologías de las comunicaciones, porque el sistema político cuya autoridad detentan está adaptado a la tecnología existente. La escasez de pergaminos hacía que todas las tomas de decisiones se concentraran en una corte compuesta por un puñado de personas. Cuando la imprenta y el papel barato -la primera tecnología verdaderamente de comunicación de masas- se convirtieron en un desafío a este sistema, la Iglesia Católica y los monarcas defendieron el monopolio sustentado en la comunicación escrita mediante pergaminos, y fracasaron.

La imprenta, el papel y los periódicos hicieron posible el ascenso de nuevos tipos de sistemas políticos basados en una mayor participación popular. La transición no fue suave, pero quienes comprendieron tempranamente los signos de los tiempos ganaron una ventaja histórica. No es coincidencia el que Benjamín Franklin hubiera trabajado en imprentas y publicación de periódicos. El sistema político liberal-democrático que emergió de la Revolución Estadounidense iba de la mano con la tecnología de la información naciente de su época.

En los medios de “banda ancha escasa” del pasado, en que el tiempo y el espacio eran limitados, había que seleccionar historias dignas de publicación. Los medios de comunicación de masas podían informar pocas historias de peso, en la que unos cuantos actores de gran relevancia ocupaban el centro de la escena. En los artículos sobre política, estos grandes actores eran los partidos políticos.

De hecho, no son solamente los medios de comunicación de masas tradicionales los que están en problemas. Los periódicos de alta circulación tienen un correlato con los partidos políticos de alta circulación. Nosotros somos de derechas, ellos son de izquierdas; pensamos esto, ellos piensan aquello: las narrativas condensadas caben fácilmente en la portada del periódico o en las todavía más estrechas limitaciones del periodismo de tele o radiodifusión.

Como resultado, se dio una simbiosis recíproca entre los viejos medios de comunicación de masa y los viejos movimientos políticos de masas, hostil al ingreso de nuevos actores. Los periódicos y las organizaciones de difusión, como los partidos políticos, eran costosos de crear pero, una vez establecidos, se beneficiaban de las economías de escala: los costes operacionales se mantenían relativamente fijos mientras la circulación (o el número de miembros del partido) crecía. Se mantenían muy atentos a lo que el público veía y oía y, por ende, se vigilaban mutuamente.

Lamentablemente para ambos, sus principales puntos fuertes -transmitir información y conectar personas- son precisamente lo que mejor hace Internet. Los blogs y las plataformas de redes sociales fomentan una asociación sencilla y gratuita, es decir, la forma más eficiente de organización imaginable. Ningún periódico ni programa de noticias puede esperar informar sobre las intenciones de cada grupo de Facebook.

Así es que probablemente no cueste mucho persuadir a los políticos de que la prensa es esencial para la democracia, y que su supervivencia -al igual que la de la televisión pública en muchos países- depende del apoyo del gobierno. Los subsidios estatales pasarían a reemplazar los ingresos por publicidad, lo que daría pie a preguntas predecibles acerca de los efectos que esto tendría en los contenidos.

La alternativa es centrarse en lo que la tecnología de la comunicación no puede hacer: crear en lugar de transmitir una buena historia o una buena política. Siempre habrá mercados para la calidad. El trastorno causado por las nuevas tecnologías de la comunicación consiste en el hecho de que puede que las mejores plumas no estén en los equipos editoriales de los periódicos y que no necesariamente las políticas se tienen que reformular en los pasillos del gobierno.

En los años 90, Bill Gates dijo que “En el nuevo siglo, los líderes serán quienes potencien a los demás”. Las decisiones de a quién potenciar y a quién permitir participar, en lugar de decidir salvar la tecnología de medios existente, determinarán el futuro de los partidos políticos y los sistemas en que gobiernan.

Žiga Turk es profesor en la Universidad de Liubliana y Secretario General del Grupo de Reflexión sobre el Futuro de Europa, encabezado por Felipe González.
Copyright: Project Syndicate/Institute for Human Sciences, 2010.
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