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La idea de un día internacional de la mujer surgió al final del siglo XIX, en plena revolución industrial y durante el auge del movimiento obrero. La celebración recoge una lucha ya emprendida en la antigua Grecia por Lisístrata, quien empezó una huelga sexual contra los hombres para poner fin a la guerra.

Para el año 2010, deambulan en la realidad social discursos huecos, ideas no analizadas a profundidad y acciones impulsivas que no contienen claras intenciones de cambio; en relación a la mujer y su libertad; las violaciones, la violencia y el feminicidio; son síntomas de todo el engranaje victimizante-agresor, de lo que significa ser mujer en el imaginario colectivo.

El imaginario colectivo es el conjunto de los símbolos y significados que como sociedad o grupo social humano (hombres y mujeres) le otorgamos a la vida, a las relaciones y a la realidad. Esto ya hace que la percepción de la figura del hombre como el responsable único de la violencia hacia la mujer, sea errada. El hombre es un elemento dentro del sistema, la mujer es otro elemento dentro de este sistema.

La realidad no es una realidad predestinada, sino una realidad que se construye en el día a día, desde que se despierta del sueño hasta el momento de cerrar los ojos y conectar de nuevo con el inconsciente en los sueños. Es una realidad que se construye como posible a partir de las decisiones que se toman a cada momento en nuestra vida personal, familiar, laboral y social; en la manera en que se decide verse a si mismo/a y ver al otro/a.

La mujer ha desempeñado papeles diversos en la historia de la humanidad, pero generalmente se ha destacado por cumplir básicamente 3 roles al servicio de los demás: amiga-confidente, madre (no solo para sus hijos biológicos sino para los adquiridos y asumidos socialmente, todos los hombres) y amante (rol en el que su placer es poco importante), ha ido decidiendo día a día que ésa es su función en el planeta que le tocó habitar. Aun cuando nos referimos a mujeres con preparación “profesional”, doctoras, abogadas, profesoras, policías, eso no las exime de ser golpeadas, ultrajadas y llevar una vida de abusos físicos y psicológicos hasta la muerte en paralelo a una vida de éxito laboral. Vida de exitosa apariencia.

El año pasado una policía encargada de la comisaría de la mujer fue asesinada por su esposo, a simple vista es una mujer más que murió en las manos de la violencia. Pero el mensaje social que lanza este suceso a las demás mujeres, de por sí ya resignadas y dispuestas a aguantar lo que venga hasta la muerte sin chistar, es un mensaje de mas impotencia, menos visión de cambio y menos poder personal. Es decir, si ni un uniforme de policía (como institución de poder y respeto social) no te “salva” de ser asesinada, yo mejor ni me quejo; pensaría una mujer analfabeta o una mujer pobre, como muchas en nuestro país.

Esto me lleva a una pregunta clave: ¿Cómo se ve la mujer a sí misma? La mujer nicaragüense tiende a ser evaluada mediante parámetros referidos a su capacidad de satisfacer las necesidades, expectativas y demandas de los demás (entiéndase por demás, hijos, hombres, familia, figuras de autoridad, Dios, Iglesia), ella como ser independiente y autónoma es una idea que no se asimila aun en la mente de la mayoría de mujeres, tiende a relacionarse con egoísmo, maldad, pecado, no ser mujer y que conlleva a una inevitable soledad.

Por el contrario, la mujer debe planificar su vida, en pro de servir a otros y otras, quedar bien con la suegra, darlo todo por la relación de pareja aunque eso implique su propia dignidad, soportar los comentarios ofensivos y morbosos en la calle, una manoseada de vez en cuando en la ruta ya sea de parte de un pasajero o del mismo cobrador, permitir un acoso sexual en el trabajo, una violación, un abuso sexual; tal parece ser que el “AGUANTE” tiene un umbral alto y es entendido como sacrificio humano, que seguramente será recompensado en el cielo o luego del juicio final.

Porque ni esperar de la justicia terrenal, sobre todo si esa justicia nace de las entrañas de un imaginario social en el que la mujer desde que nace se percibe como víctima, y por eso se prefiere al varoncito. Mismo sistema en el que un padre perfectamente tiene acceso carnal con su hija de 5 años “por derecho”.

Es así como el tema de la liberación femenina y el respeto de su dignidad solamente es posible si se parte por desenredar en su imaginario personal, esas funciones preestablecidas y aceptadas de lo que significa ser mujer. Es necesario preguntar: ¿En esta sociedad nicaragüense qué se espera de la mujer? ¿Cuáles son las expectativas de la mujer nicaragüense sobre su propia vida?

Y también preguntar ¿Qué espera la mujer del hombre? Porque si la mujer sigue funcionando bajo el plan de vida de encontrarse un tipo que la ame antes de amarse ella misma, que la mantenga (entregando así su independencia y autonomía), que la cuide (minimizando sus capacidades personales y su poder), que la defienda (cediendo su libertad de expresión a alguien más y silenciando sus emociones), que la entienda (esperando que alguien ajeno sepa qué es lo que necesita y desea y no asumiendo ella sus necesidades y deseos personales) y sobre todo que siga creyendo que necesita tener un hombre al lado para vivir (despreciando su individualidad e identidad); hablar del día de la mujer es celebrar un ser mujer deformado por una decidida y voluntaria vida de víctima (mujer) que necesita acompañarse de estructuras de manipulación y control del poder (hombre) para subsistir.

*Antropóloga social
gabrielamontiel13@gmail.com