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A lo largo de todo el siglo XVIII, la sociedad inglesa se vio transformada por el aparecimiento de nuevas tecnologías productivas y organizativas que facilitaron el desarrollo de la industria, el comercio, la banca, las finanzas y la organización de la clase trabajadora. Más concretamente, la Inglaterra que sirvió de principal punto de referencia a la obra de Marx, vivía –mientras él la estudiaba– un proceso sin precedentes en la historia de la humanidad: la rápida absorción de la vida social por la lógica económica, legal y política de un capitalismo en violento desarrollo. Esto lo expresó el mismo Marx en el segundo volumen de El Capital, cuando haciendo referencia a las transformaciones sufridas por Inglaterra entre 1846 y 1866, dice: “Ningún período de la historia moderna es tan propicio para el estudio de la acumulación capitalista como el que abarca los últimos veinte años. Es como si aquella hubiera topado con el bolso de Fortunato. Pero de todos los países es nuevamente Inglaterra la que aporta el ejemplo clásico: porque ocupa el primer puesto en el mercado mundial, porque sólo aquí el modo capitalista de producción se ha desarrollado de manera plena y, finalmente, porque la introducción del reino milenario del librecambio, a partir de 1846, despojó a la economía vulgar de su último refugio” (Marx, 1867).

Para tener una idea del desarrollo de la fuerza productiva del capital durante este período, basta señalar que la producción de acero en Inglaterra pasó de 243 mil toneladas en 1815 a 7.4 millones de toneladas en 1885. La de carbón pasó de 13 millones de toneladas a 159.4 millones de toneladas en el mismo período. Todo este desarrollo económico sucedió en forma paralela a un rápido crecimiento poblacional. En 1811 la población de Inglaterra y Gales alcanzaba los 10 millones 164 mil habitantes. En 1881 era ya de 25 millones 974 mil habitantes (Checkland, 1964, 6).

El tremendo impacto social de todos estos cambios fue percibido por Marx y Engels. En La Ideología Alemana, ellos señalan que el capitalismo en Inglaterra y Europa había destruido “donde le fue posible la ideología, la religión, la moral, etc. y, donde no pudo hacerlo, las convirtió en una mentira palpable”. Y agregan: “Colocó la ciencia de la naturaleza bajo la férula del capital y arrancó a la división del trabajo la última apariencia de un régimen natural. Acabó, en términos generales, con todas las relaciones naturales, en la medida en que era posible hacerlo del trabajo, y redujo todas las relaciones naturales a relaciones basadas en el dinero. Creó en vez de las ciudades formadas naturalmente, las grandes ciudades industriales modernas, que surgían de la noche a la mañana. Destruyó, donde quiera que penetrase, la artesanía y todas las fases anteriores de la industria. Puso cima al triunfo de la ciudad comercial sobre el campo…” (Marx y Engels, 1974, 60).

Sergio Bagú también ha destacado el especial contexto histórico que condicionó el pensamiento de Marx. Señala algo que con frecuencia ignoran los que hacen un uso textual de la obra de Marx. Dice Bagú: “Marx falleció en 1883 y Engels en 1895. Fueron ambos testigos de la aparición de la siderurgia, del aprovechamiento industrial del petróleo, de la fabricación de energía eléctrica, de la gran expansión del ferrocarril, de la aplicación de la máquina de vapor al transporte de larga distancia por agua y de la producción en serie que llevó la división del trabajo a una etapa muy avanzada de tecnificación. La tecnología de la producción fue sufriendo, ante sus ojos, los cambios más radicales y, con ella, alterándose también la distribución de la propiedad de los medios de producción. Marx alcanzó a observar el inicio de la gran revolución industrial en Estados Unidos y Alemania; Engels, a presenciar los anuncios de la aparición del primer coloso industrial en el Extremo Oriente: Japón. Estas radicales transformaciones tecnológicas y organizativas en la producción de bienes estimularon otras, igualmente radicales, en la financiación y la comercialización. El mercado financiero se diversificó, se tecnificó y se amplió con rapidez sorprendente” (Bagú, 1977,16)

Las condiciones de los pobres y de la clase trabajadora generadas por los cambios que apunta Bagú, eran visibles y repugnantes para cualquiera que tuviera un mínimo de sensibilidad social. Basta recordar que fue hasta en 1842 que en Inglaterra se aprobó la Mines Act prohibiendo el empleo de mujeres y niños menores de 10 años en el trabajo de minas. El Agricultural Act, que prohibió el trabajo de niños menores de 9 años, se aprobó hasta en 1867 (Mathias, 1983, 183). Y no fue sino hasta en 1883 que el Factory Act limitó a 8 el número de horas de trabajo para los niños de entre 9 y 13 años; y a 12 para los niños entre 14 y 18 (Ibid., 182). Si a todo esto se agregan las crisis del desarrollo capitalista que sufrió Inglaterra entre 1875 y 1879, y sus secuelas de desempleo, pobreza e inseguridad, “no era implausible pensar” como lo señala Hobsbawm, “que la sociedad europea estaba al borde de la revolución o que la clase trabajadora lideraría esa transformación” (Hobsbawm, 1998, 25; ver Hill, 1957, 185).

Finalmente, es necesario señalar que el desarrollo de la ciencia y la tecnología intensificó en Europa el proceso de secularización de la sociedad, provocando “el desplazamiento de la teología por la filosofía y del Dios Omnipotente por el Legislador Omnipotente” (Schmitt, 1985, 36). El desarrollo científico y tecnológico, en otras palabras, promovió el desplazamiento de la visión judeo-cristiana de la historia hacia el campo de la política y la filosofía. “La modernidad”, señala Ernesto Laclau, “va a retener de la visión cristiana tanto la afirmación de una realidad absoluta [que para el cristianismo es Dios] como la aspiración de lograr una representación total de la historia como una secuencia necesaria de eventos [el sentido de la historia cristiana marcada por el nacimiento y muerte de Jesús]”. La realidad y la historia, sin embargo, tenían que explicarse ahora a través de “principios internos al mundo”. En estas circunstancias, “la razón fue llamada a jugar un rol sin precedentes” (Laclau, 1991, 56).

La visión del mundo y de la historia articulada por Marx, entonces, expresa la fuerza de la razón, pero también el peso de una visión histórica que se deriva de la tradición judeo-cristiana. En este sentido, como lo señala George Lichtheim, la filosofía alemana dentro de la que se ubica Marx, debe verse como la expresión de “un protestantismo secularizado” (Lichtheim, 1982, 3). En estas circunstancias, era posible pensar, como lo hizo Marx, en la construcción del cielo en la tierra. Después de todo, como señala Marx en su Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, “en Alemania la crítica de la religión se halla fundamentalmente terminada.” Y agrega: “La existencia profana del error se halla comprometida, desde que ha quedado refutada su celestial oratio pro aris et focis (discurso a favor de los altares y los hogares; es decir, en este caso, de los símbolos del Estado y de la sociedad burguesa). Tras buscar un superhombre en la realidad fantástica del cielo, el hombre se ha encontrado sólo con el reflejo de sí mismo y le ha perdido el gusto a no encontrar más que esta apariencia de sí, el antihombre, cuando lo que busca y tiene que buscar es su verdadera realidad”. Continúa Marx: “Tras la superación del más allá de la verdad, la tarea de la historia es establecer la verdad del más acá. Es a una filosofía al servicio de la historia a quien corresponde en primera línea la tarea de desenmascarar la enajenación de sí mismo en sus formas profanas, después que ha sido desenmascarada la figura santificada de la enajenación del hombre por sí mismo. La crítica del cielo se transforma así en crítica de la tierra, la crítica de la religión en crítica de la ley, la crítica de la teología en crítica de la política” (Marx, 1967, 249-51).

¿Eran/son aplicables estas premisas en América Latina?

*Este es un extracto del libro La Subversión Ética de la Realidad: Crisis y Renovación del Pensamiento Crítico Latinoamericano.