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“Nada se consigue a gritos”, expresó el ex guerrillero y ex preso político Tupamaro, José “Pepe” Mujica, en el acto de toma de posesión como nuevo presidente del Uruguay. Y agregó: “Podemos tener tornillos, pero otros tienen tuercas, de qué sirven unos sin las otras”.

Con esos ejemplos, tan elementales y entendibles, Mujica bosquejaba su política de unidad nacional en torno a lo que presentó como las “grandes líneas estratégicas de los próximos 30 años”. Se trata, dijo, de “consensuar grandes líneas, pues la idea de todo o nada es el mejor modo de que nada cambie”.

Y en una suerte de balance del gobierno saliente, del también izquierdista Tabaré Vázquez, indicó: “El país cambió y, todos coinciden, para bien.”

Terminó Mujica su discurso con la consigna Tupamara de la época guerrillera: “Por una patria para todos”, pero le agregó lo que es un sello de identidad de los gobiernos exitosos: “y con todos”.

Comento lo anterior porque Uruguay, un país pequeño, de poco más de tres millones de habitantes, es visto como nuevo caso de país exitoso. Después de varias décadas de estancamiento y envejecimiento, ha pasado a crecer fuerte y sostenidamente, superando varios déficits económicos y sociales, y, a la vez, consolidando su ejemplar democracia.

Pero lo que resulta más pertinente del caso uruguayo, y de otros casos de países exitosos, independientemente de si son gobernados desde la izquierda o la derecha, es que la clave de su éxito está en compatibilizar inteligente y eficientemente el papel del Estado con el papel del mercado, la democracia con la justicia social, la afirmación del interés nacional con la globalización. Todo ello, además, en el marco de una visión estratégica de largo plazo, basada en un amplio consenso nacional. Y como telón de fondo, Estado de Derecho que garantiza seguridad jurídica, confianza política y reglas del juego claras para todos los actores.

Pero no se le ocurre a Mujica, verdaderamente de izquierda, al pensar en una agenda para los próximos treinta años, en quedarse esos treinta años en el poder. En cinco años, en Uruguay habrá un nuevo relevo democrático.

Ése es el espejo en el que deberíamos vernos los nicaragüenses, si de una patria para todos se trata.