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Conocí a Pepe Mujica en 1987- ahora presidente de un país aficionado a la solidaridad y a la música de Viglieti- durante mi primera visita a Uruguay.

Platiqué largo rato con él, un día antes de su investidura, en presencia de su mujer Lucia Topolansky, presidenta del senado, y lo invité en nombre de mi gobierno a visitar Nicaragua. Su respuesta fue fácil, como si la conociera de memoria: “Decile a Daniel que llegaré pronto”. En Uruguay también se habla de vos.

A la mañana siguiente estuve con Evo Morales, mientras el líder indígena desayunaba con su hija, quien me miró asombrado cuando le dije que no tenía idea del tamaño de su prestigio en América Latina. Más tarde encontré a Cristina Fernández, Hugo Chávez, Rafael Correa, Fernando Lugo y Lula Da Silva. Todos ellos le enviaron saludos a Daniel Ortega. Uribe no me saludó.

Más tarde, bajo un sol implacable, escuchamos el discurso impecable de un presidente sin corbata, cuando recibía la inevitable banda presidencial. Sus palabras armoniosas, de buen soporte ideológico y sin demasiadas promesas, precedieron el desborde popular de simpatía hacia el nuevo gobernante.

La delegación de Nicaragua- integrada por Orlando Gómez, la dulce e inteligente Fabiola Macis, nuestra embajadora en Argentina, y el eficiente cónsul honorario en Uruguay, Luis Crapola- se retiró, no muy lejos del huracán provocado por Hugo Chávez, acercándonos a una muchedumbre afectuosa de mujeres y hombres que vitoreaban a Nicaragua y al FSLN. Cuando nos retirábamos, agradecidos por semejantes muestras de simpatía, se acercó un joven mostrándonos en el brazo un perfecto tatuaje de Sandino. Fue tanto el cariño expresado hacia Nicaragua que le recomendaré a Daniel nombre un embajador permanente en ese esplendido y solidario país, para cultivar los frutos de semejantes afectos.

La delegación de Nicaragua depositó ofrendas florales en los bustos de Sandino y Darío. Este último está deteriorado y tiene más parecido a don Arnoldo Alemán que a nuestro gran poeta. También depositamos una ofrenda en la tumba de Mario Benedetti. Cicerón decía: “Todavía no he conocido a ningún poeta que no se crea el mejor”. Mario es la excepción. Se consideraba un poeta menor –a como le decían algunos- aunque no lo era por ser el más amado y leído, por su sorprendente pulcritud y su privilegiada modestia. Cuando homenajeábamos al gran uruguayo, recordé uno de sus poemas: “Lento pero viene/ el futuro se acerca/ despacio/ pero viene” escrito durante la dictadura militar cuando todo era sangre y tinieblas en la tierra de Artigas. Hoy, Uruguay es una promesa cumplida, una larga sonrisa y cariñosa, además.