•  |
  •  |
  • END

Cuarenta y seis días desde el Miércoles de Ceniza hasta el domingo de Resurrección: Tiempo de cuaresma. Una bandeja aparece y desaparece ante los aterrorizados rostros de todos los Herodes del mundo. Desde ella una cabeza los mira con ojos acusadores de singular pureza. Herodías prepara a su hija. La acicala con esmero, coloreándole labios y pezones. La ceñida faja de seda en la cintura destaca aún más la protuberancia de sus juveniles caderas. En la cárcel, Juan conserva sus pobres vestiduras de siempre, hechas de pelo de camello, con una rústica correa de cuero por la cintura. La bandeja, adelantándose a lo que voy a escribir, aparece y desaparece cuando predominan la codicia, la lujuria y la ambición de poder. Porque en esta historia narrada originalmente con pudor por los evangelistas, hay una rara mezcla de moral, moraleja y erotismo. La explicación, que bien nos merecemos, va a continuación.

El banquete -dado por Herodes con motivo de su cumpleaños a sus magnates, oficiales y principales de Galilea- , fue algo así como el desenlace de una trama siniestra, y lo erótico durante el mismo fue el sensual, cadencioso y lúbrico baile de la bella hija de Herodías. ¿Sería la muchacha más seductora que su madre, esposa de Filipo, hermano de Herodes, y amante de éste último? Precisamente, por haberle reclamado a Herodes su adulterio, Juan el Bautista estaba en la cárcel, encadenado: “No te está permitido tener la mujer de tu hermano”, le habría dicho Juan despertando la ira de Herodías, que me parece se encontraba más a gusto disfrutando las mieles del poder con Herodes, que obligándose a una austera fidelidad con su marido. ¿Pero la hija de Filipo y Herodías, por qué compartía con su madre ese odio contra Juan y esa deslealtad contra su padre? Las únicas dos explicaciones son que no descartara suceder en la cama a su madre con Herodes, o compartir con ella el poder que de aquel adulterio se deriva. Por eso es que los llamados a la moralidad, como los de Juan, siempre son intolerables para los corruptos.

Según cuentan nuestros amigos Mateo y Marcos, “Herodías estaba contra él y quería que le mataran, pero no podía: pues Herodes temía a Juan, sabiéndole hombre justo y santo, y le protegía; y, cuando le oía, se angustiaba mucho, pero le escuchaba con gusto.” No estoy muy convencido de que lo escuchara con gusto, porque las verdades son pocos quienes las asimilan con humildad y paz en su corazón. Pero de que Juan era justo, y tan santo como Leonel Rugama, no me cabe la menor duda. Cuando bautizaba en el río Jordán, decía: “Yo os bautizo con agua para la conversión, pero el que viene detrás de mí es más poderoso que yo: no soy digno de llevarle las sandalias.” A él le cupo el honor de bautizar a Jesús, que refiriéndose a Juan había dicho: “Os doy mi palabra de que entre los nacidos de mujer no ha salido uno mayor que Juan el Bautista”. Tenía pues, digo yo, razón Herodes en temerle y tan solo atreverse a tenerlo encadenado.

Es en este contexto cuando se da, durante aquel fastuoso banquete, el baile de Shakira, digo, por ponerle un nombre a la hija de Herodías, quien –y eso lo imagino pues Marcos y Mateo no pueden por un recato del Nuevo Testamento que no tuvo el Viejo narrarlo de haber sido cierto-, había preparado a su hija con reveladora vestimenta para la ocasión. La danza de la muerte. Alevosía de las dos mujeres , y la carne joven seduciendo a Herodes a tal punto de que al finalizar el baile le dice a la muchacha: “Pídeme lo que quieras, y te lo daré. Y le juró: Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino. Ella salió a preguntar a su madre: -¿Qué pediré?- La madre dijo: La cabeza de Juan el Bautista”. ¡Como si no lo hubieran planeado! Regresó ella entonces de prisa ante el rey y le pidió la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja. Y así fue como el verdugo cumpliendo con el juramento de Herodes, degolló a Juan en la cárcel, y le entregó en una bandeja la cabeza de Juan a la muchacha, y la muchacha se la entregó a su madre. Nunca más volví a saber de Herodías y su hija, aunque siempre saco conclusiones del odio de la adúltera para con Juan. No creo que haya sido desplazada del poder esta especie de reina, por su hija. Tampoco creo que después de aquella danza Herodes pudiera ver a su hijastra como a una joven inocente, ni que Herodías, en el fondo de su alma putrefacta, tolerara su sustitución por la hija que preparó para el crimen. Creo que, como otras tantas familias de tiranos de la historia, terminaron enfrentados entre sí, ante una bandeja que aparece y desaparece, y desde donde la cabeza de Juan los observa y nos observa acusadoramente, por los siglos de los siglos.


luisrochaurtecho@yahoo.com

“Extremadura”, 11 de marzo del 2010.