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La última conferencia mundial sobre cambio climático convocada por las Naciones Unidas fue celebrada entre el 7 y el 18 de diciembre en Copenhague (Capital de Dinamarca). En la misma se debió poner el punto final al acuerdo internacional que vendría a reemplazar al famoso protocolo de Kioto. La importancia de dicho acuerdo radicada en que comprometería legalmente a los países firmantes, lo que haría más difícil que pudieran evadir su responsabilidad.

Tomando en cuenta que ha estado en juego el futuro inmediato de la civilización humana, no cabe más que considerar los resultados de dicha Conferencia como un fracaso estrepitoso. Años de inacción en las cumbres de la Organización de las Naciones Unidas, no dieron la respuesta necesaria porque los negociadores eligieron proteger estrechos intereses nacionales y económicos en vez de asumir el deber de proteger a las generaciones futuras.

Sólo se puede resolver la cuestión del clima partiendo de principios éticos compartidos y profundamente sentidos. La Humanidad ha llegado a un momento crítico en la historia de la Tierra, en el que los pueblos y las naciones tendrán que reconocer su solidaridad (mutua y con la Tierra) y comenzar a actuar al respecto.

Al día de hoy, se han creado sociedades que han optado por transformar todo en mercancía: la Tierra, la naturaleza, el agua y la propia vida. Solo piensan en ganar dinero y consumir, como ideal supremo, por encima de cualquier otro valor; por encima de los derechos humanos, la democracia y el respeto al medio ambiente. Con este patrón humano, no sólo se transgreden nuestras obligaciones con la tierra y con todos sus habitantes, sino que se lesiona el derecho de las nuevas generaciones, de la humanidad del futuro. Es necesario un planteamiento diferente del problema del cambio climático.

Los pobres resultados de Copenhague muestran que los líderes del mundo siguen comportándose éticamente bajo el principio de la razón de estado, no han comprendido que se necesita un cambio ético global donde los intereses de la humanidad primen sobre la defensa de “intereses nacionales”, que en verdad no lo son, porque el cambio climático también afecta seriamente a sus propios países por más ricos que sean.

Desde la Convención del Clima, y la Cumbre de Río de Janeiro en 1992, y la firma del Protocolo de Kyoto en 1997, las emisiones de CO2 han progresado más que durante los decenios precedentes.

Si no se toman medidas urgentes, los expertos advierten que la temperatura media del planeta aumentará por lo menos en cuatro grados; lo cual transformará la faz de la Tierra. Los polos y los glaciares se derretirán, el nivel de los océanos se elevará, las aguas inundarán los deltas y las ciudades costeras, archipiélagos enteros serán borrados del mapa, las sequías se intensificarán, la desertificación se extenderá, los huracanes y los tifones se multiplicarán, muchísimas especies de animales desaparecerán.

Las principales víctimas de esa tragedia climática serán las poblaciones ya vulnerables del África subsahariana, de Asia del Sur y del Sudeste, de América Latina y de los países insulares ecuatoriales. El cambio climático afecta en particular a los países que carecen del dinero necesario para adoptar medidas adecuadas contra el aumento del nivel del mar, las sequías persistentes o tormentas devastadoras, aunque éstos no hayan tenido nada que ver con la industrialización en los países desarrollados, siendo la causa primordial de esos problemas.

Se necesitan grandes inversiones en repoblación forestal, agricultura y abastecimiento energético. La búsqueda de una sociedad mundial sostenible con bajas emisiones de CO2 requiere un esfuerzo tremendo. Por esa razón precisamente, requiere también una base ética ampliamente compartida, que guíe a las partes negociadoras de tal modo que no sólo busquen soluciones para una parte del problema, sino también (y antes que nada) una solución completa para todo el problema. No es una necesidad científica, sino un imperativo ético y de supervivencia de la especie.

También se necesita lograr que los países del mundo industrializado asuman el compromiso de apoyar con recursos y tecnología a las naciones más pobres. Los países más ricos son los que gastan más energía y son quienes han contribuido al calentamiento global; mientras que los países más pobres son los más vulnerables a pagar las consecuencias. Los cambios debían implicar el establecimiento de una visión diferente del consumo de los recursos naturales y la consecuente necesidad de adoptar una relación más armónica con el ambiente.

Uno de los temas de esta problemática radica en la responsabilidad y en la capacidad de establecer políticas efectivas de los países que han llevado la salud económica y física del planeta a su estado actual. Sin embargo, hay plena conciencia del deterioro de un ambiente que solo es visto como fuente de ganancias, tocando los límites de su capacidad de resistencia, sin lograr detener, los modos de producción y consumo existentes, ni las agresiones a la naturaleza.

Entre los países golpeados por la crisis, hay varios en Europa que han mostrado su voluntad para comenzar a cambiar sus políticas económicas, e incluso impulsan con renovado énfasis la aplicación de las tecnologías verdes. En cambio otros países, están demasiado preocupados por las soluciones económicas inmediatas, o atrapados en la contradicción mercantilista y desarrollista del sistema y son esos los que aún no dan el paso que marque la distancia entre las intenciones y las acciones.

Las ideologías políticas, las teorías económicas y, por supuesto, las acciones que en nombre de ellas se realizan, poseen siempre una ética, puesto que inevitablemente sus propuestas tienen destinatarios, a los cuales favorecen o perjudican de una manera u otra. Por ello, todas las ideologías políticas llevan implícita una justificación deontológica de sus planteamientos.

Por primera vez en su historia, la humanidad debe tomar decisiones con respecto a la naturaleza, a la especie y a su futuro, y es primordial propagar la necesidad a examinar los acontecimientos a una escala muy corta ya que el tiempo y la crisis avanzan. Es necesario adherirnos a buscar soluciones para este asunto ya que se ha convertido en una responsabilidad de todos. El problema del clima no se detiene en las fronteras ni ante el PIB de los países, es un asunto global.

*Diplomático, jurista y politólogo,