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El análisis y comprensión de los medios se ha convertido en un tema perentorio en la agenda contemporánea. La centralidad que han alcanzado es absoluta. El desarrollo de las tecnologías de la información posibilita su carácter omniabarcante. Nada queda fuera de sus reflectores. Los periodistas se encargan de escribir la historia cotidiana de nuestras sociedades. A través de los medios hemos aprendido a llorar y reír, a enamorarnos y besar. Pulen nuestros sentimientos, modelan nuestros afectos y generan nuestros rencores. El mundo de las emociones ha quedado atrapado en sus redes. La ductilidad de sus lenguajes es fascinante, seduce y embruja.

Los medios son los encargados de poner en perspectiva todo lo que acontece en nuestras vidas. Muchas veces ocultan y en otras tergiversan. La irradiación global de sus discursos penetra todos los intersticios de nuestras sociedades. La manera en que proceden a articular sus propuestas, demanda cada día mayores niveles de enjuiciamiento crítico. Su estudio se impone de manera categórica. Los forcejeos y condicionantes impuestos por políticos y anunciantes, son una clara expresión de la importancia decisiva que han alcanzado en Nicaragua. Son los aliados estratégicos para impulsar todo tipo de campañas. Su alto poder de movilización y concienciación facilita el logro de objetivos sociales, económicos y humanos.

La libertad de expresión constituye una pieza clave dentro de este engranaje. Libertad para todos. Los medios no pueden pedir libertad si no están dispuestos a otorgarla al resto de la ciudadanía. Tienen que abrir sus páginas, pantallas y micrófonos con la misma naturalidad con que lo piden a los distintos poderes establecidos. Una de sus mayores debilidades en las condiciones por las que transita la sociedad actual, ha sido su impermeabilidad a la crítica, la tardanza e incomodidad que les provoca rendir cuentas. Los medios demuestran madurez, abriendo micrófonos, pantallas y páginas, a las demandas que les formulan sus oyentes, televidentes y lectores.

La responsabilidad que adquieren los medios con quienes pagan por ver televisión o compran el periódico, es más importante que el dinero que perciben por los contratos publicitarios. Sobre todo que la medición de las audiencias y lectores, determina mayores o menores cuotas del pastel publicitario, índices que se logran y sostienen, ofreciendo una programación e información de calidad. La entrega de publicidad no debe resultar un cheque en blanco para los anunciantes tanto públicos como privados. La ciudadanía continúa juzgando todavía de manera positiva el comportamiento de los medios. Los altos índices de estimación, confianza y credibilidad obedecen ente otras causas a los riesgos que asumen en el cumplimiento de su quehacer. La valentía tradicional del periodismo todavía continúa intacta.

Una de las imposiciones a las que se ven sometidos de parte de los anunciantes, históricamente ha sido condicionar la entrega de publicidad. La crisis actual a la que asisten acrecienta su apetito y voracidad. Uno de los señalamientos constantes de quienes hacen coro al gobierno, ha sido definirlos como “negocios de comunicación”. Una acusación fácilmente rebatible si los medios fuesen propensos a rendir cuentas a sus lectores, televidentes y radioescuchas. El activo que tienen en sus manos debe cautelarse con celo. La dimensión informativa y editorial de los medios debe permanecer ajena a toda sospecha. Medio o periodista que supedite su actuación a las demandas de los políticos y a las exigencias obscenas de los anunciantes comprometen seriamente su credibilidad. No basta ser creíble, hay que demostrarlo, ésta es la regla.

Tampoco vaya a creerse que por funcionar bajo una lógica empresarial, los medios solo tienen en mente hacer dinero. Con excepción de los publi-reportajes, una entrega procaz de páginas y espacios, los medios cumplen funciones de primerísima importancia para la salud política, económica y social. La fiscalización de los poderes públicos y privados resulta necesaria, para establecer balances y contrapesos. Sin la observancia diaria de la gestión pública y empresarial, los abusos y atropellos tenderían a multiplicarse. Su actuación resulta incómoda para gobernantes y empresarios. Ningún medio puede demitir en el cumplimiento de esta función, sino a riesgo de perder la confianza y credibilidad de sus audiencias y lectores.

Atrapados por la voracidad empresarial han declinado en el cumplimiento de su labor. Cuando se objetó la venta de Canal 8, en una operación bursátil todavía desconocida, el alegato de fondo fue que se trató de una operación entre privados. Un argumento injustificable. Si este criterio continúa prevaleciendo, los medios terminaran por oscurecer o desaparecer, esa otra dimensión que enaltece su compromiso en la conducción de la sociedad, a través de los planteamientos vertidos en sus páginas, micrófonos y pantallas. En verdad quedarían reducidos a simples negocios. Jamás deben perder de vista su función primigenia. Nacieron para ejercer una función contralora, distinta, muy distinta, a las tareas que cumple una fábrica de cemento o una sucursal bancaria. Son los dispositivos encargados de fijar nuestra visión del mundo.

Conviene reconocer que los medios se han convertido en actores políticos privilegiados. Desde el escándalo que estremeció al presidente Richard Nixon, cuando los republicanos se dedicaron a espiar las oficinas de los demócratas, su segundo abordo, Spiro Agnew, formuló una serie críticas a los medios aduciendo que su dirigencia estaba comandada por una elite no electa. Aún cuando Agnew no era la persona más indicada para prescribir estos reclamos, sus cuestionamientos encontraron eco. La libertad de expresión no es una prerrogativa únicamente de los medios, pertenece a la ciudadanía en su conjunto. La manera unilateral con que proceden, sin preocuparse por establecer sus propios contrapesos, viene a ser un vacío que tienen que colmar cuanto antes. Desde aquel episodio que depuso al presidente y vicepresidente de los Estados Unidos (1973), la ciudadanía encontró razones para objetar la manera en que funcionan.

Los medios se han empeñado por situarse en la cúspide para ver y hablar de lo que acontece, sin mostrar muchas veces reciprocidad con el resto de los mortales. Si los medios se encargan de vigilar la manera cómo actúan los distintos poderes del Estado, la forma en que administran la cosa pública, los beneficios que reciben las empresas de parte del gobierno, los altos intereses que cobran las microfinancieras, la inoperancia del poder judicial, la forma parcializada de contar los votos de parte del Consejo Supremo Electoral, el impedimento gubernamental para que medios y periodistas puedan informar sin cortapisas, impidiendo su acceso a los ministerios de Estado, las exenciones impositivas otorgadas al sector privado, afectando las finanzas públicas; la condescendencia con que actúa el ente regulador de las telecomunicaciones, su primera obligación consiste en actuar en consonancia con las premisas que rigen su funcionamiento cotidiano. Deberían ajustar y orientar sus prácticas y rutinas informativas y editoriales a la naturaleza de los requerimientos que formulan a los diferentes estamentos sociales, políticos, religiosos, económicos y militares.

Ningún poder está habilitado para funcionar por encima de la sociedad. El Estado de derecho supone la existencia de reglas para modular y moderar el comportamiento de las distintas esferas de la sociedad. El poder mediático se ha mostrado renuente a todo tipo de control y todo poder sin control es un poder descontrolado. En estas circunstancias la autorregulación se impone como una necesidad apremiante. Los medios no pueden continuar operando sin limitación alguna. Existe el peligro que los poderes establecidos renueven su interés por regular los medios. Ante la negativa de autorregularse la tentación de los políticos se multiplica. Hay quienes sueñan con atemperar sus críticas y piensan que para lograrlo deben ser regulados.

En las democracias contemporáneas la pregunta de fondo consiste en saber quién controla al controlador. Una preocupación recurrente de Norberto Bobbio, desde que comprobó que ningún dictador o dirigente político contó en el pasado con el poder que ofrecen los medios. El Big Brother se instaló en nuestros aposentos, para observar cada uno de nuestros gestos, hasta los más mínimos detalles de nuestras vidas. Se trata de una realidad lacerante a la que hay que poner freno. Las cámaras metidas en los hogares más pobres para mostrar sus miserias al mundo, a través de la nota roja, ofende la dignidad humana. El cambio de manos de Canal 8 no se tradujo en ninguna variación en la política informativa del Noticiero Independiente.

Todo este conjunto de situaciones me impulsó a escribir Los medios. El ojo revelado. Los medios deben estar persuadidos que nos ven pero también son vistos. Son el espejo que la sociedad requiere para verse retratada. Pero también deben estar convencidos de que necesitan la crítica para mejorar su desempeño. Con mi libro deseo contribuir en la búsqueda de balances y contra balances. Estoy convencido de que mañana será tarde. Constituye una doble moral pedir la aplicación de la ley, sino están dispuestos a sujetar sus prácticas a ningún tipo de rendición de cuentas. Medios y periodistas continúan bajo la mirada huraña de los políticos y no vaya a ser, que por no tomar las debidas providencias, aparezca una ley de medios limitando su ejercicio. ¡Todavía hay tiempo! ¡Después no se pongan a lloriquear!