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Pueden ser comunes y cotidianos en nuestra cultura política y social algunas deducciones, afirmaciones o prejuicios que se heredan de generación en generación, reafirmando y profundizando errores, estereotipos, predisposiciones, exclusiones e injusticias, desde el poder político, económico y religioso, desde la opinión pública influenciada por los medios de comunicación social, desde los letrados que hacen y deshacen el mundo imponiendo su interpretación, condicionada en el discurso centralizador, en el esquema educativo y en el decir popular, “simbologías” asumidas o impuestas, a veces insuficientemente enunciados, sesgados por las actitudes machistas, homofóbicos y racistas, con los énfasis del poder homogenizante, colonial, caudillesco, patriarcal, oligárquico y autoritario, que pretende imponer bajo distinto ropaje una forma de pensar e interpretar excluyendo al distinto o disidente.

Hemos venido reforzando y restringiendo nuestra “práctica cultural”, aun sin ser conscientes de ello, en eso que llamamos “silogismos”, definidos como “el argumento conformado de tres preposiciones, el último de las cuales se deduce necesariamente de los otros dos” (RAE, 2001); es un razonamiento aparentemente obvio que con frecuencia se basa en supuestos con los que se quiere defender y persuadir lo que puede resultar falso; son una falacia con la que se condena a personas, grupos, conductas y circunstancias, se excluye, o margina, se afecta la convivencia, se frustran las esperanzas.

Con frecuencia somos prisioneros de ideas fijas basadas en falsedades, prevalece la subjetividad excesiva que ha construido murallas artificiales. La sociedad ha reproducido valores basados en la fuerza, la imposición, la emotividad y la tradición más que en la razón, el diálogo, el consenso, la equidad y el derecho. A veces se pierde la sensibilidad humana y se descuida la solidaridad.

Se ha demostrado que la mera inducción o deducción montada sobre premisas aceptadas como verdad no puede constituir el método del conocimiento ni de lo verídico ni de la ciencia; puede llevar fácilmente al error a pesar de su “lógica razonable”. En The Problems of Philosophy Bertrand Russell (1872 – 1970) cuestionó la fragilidad del silogismo clásico de Sócrates. Sábato (Buenos Aires, 1911) en “Uno y el Universo” afirma que “Las equivocaciones aumentan con la popularidad y con el tiempo. Las famas antiguas son así las peores”.

Comparto con ustedes diez de esos silogismos que podemos enunciar de la siguiente forma:
1. Mis enemigos se juntan; Pedro saluda a mis enemigos, luego Pedro es también enemigo.

2. La bandera de la agrupación “Z” es roja; a Juan le gusta vestirse de rojo, luego Juan pertenece a “Z”.

3. En la casa del organismo “X” se reúnen sus partidarios; Marcos llega a la casa de esa organización, luego Marcos es miembro de “X”.

4. Los miembros de la organización “Y” son opositores al gobierno, Mario es amigo de algunos de los miembros de “Y”; luego Mario es opositor al gobierno.

5. Quienes critican al gobierno u organización son enemigos del gobierno/organización; Roberto ha criticado algunas veces al gobierno/organización; luego Roberto es enemigo del gobierno u organización.

6. Los políticos son deshonestos; Carlos es político, luego Carlos es deshonesto.

7. Los pandilleros usan tatuajes y aretes; Pedro tiene un tatuaje y usa aretes, luego Pedro es pandillero.

8. Las “trabajadoras del sexo” se pintan y usan minifaldas; a Carmen le gusta pintarse y usar minifalda, luego Carmen es una de ellas.

9. Las personas con ropa vieja y deteriorada son vagos y delincuentes; José se viste con ropa vieja y deteriorada, luego José es vago y delincuente.

10. En los barrios pobres hay mucha inseguridad delictiva; el barrio XY es un barrio popular y pobre, luego el barrio XY es muy inseguro por la delincuencia.

Desde estos enunciados se margina a la mujer, a los jóvenes, la pobreza y los pobres, la opinión distinta, algunos oficios y ocupaciones, las costumbres y hábitos diferentes, a partir de supuestos se construyen afirmaciones tajantes y radicales, no se ve más allá del asunto, no se escarba lo que parece obvio, se asume como cierto lo que fácilmente puede ser debatido y demostrado como falso. Se repite este estilo en la vida personal y familiar, en el círculo laboral y comunitario, en la dinámica social y política.

Amigo(a) lector(a), desde la brevedad de este espacio y en consideración a su prisa por leer, tan solo he tenido tiempo (esa ineludible magnitud que nos restringe) para enunciar algunas ideas animándole a pensar en ello a que se tome unos minutos adicionales de su convulsionada, holgada o inútil agenda para precisar cuáles son los silogismos sobre los cuales determina su comportamiento personal y sobre los que el grupo al cual pertenece (político, religioso, social, económico, racial, etc.) está fundamentando algunas de sus actuaciones y posiciones. No nos extrañemos si algunos de los enumerados y otros que he omitido pero usted seguramente recordará, saldrán a la vista –si estamos abiertos a ello- como equivocados. Piense sobre estos y cuénteme después (es una manera de decir aunque no se haga). Muchos de los fantasmas que nos atormentan como individuos y como sociedad se esfumarán y otros adquirirán su propio rostro. Asumen su forma particular bajo las mismas equivocaciones en cada época, pueblo y nación.

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