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Y mientras Groucho cierra la enésima enciclopedia que acaba de consultar, también podría preguntar: ¿Quién no es Marx?

Para hacernos una idea de la perplejidad de Groucho al cerrar el último libro de su consulta, imaginemos un símil: que a Rubén Darío y su obra los conociéramos por las versiones que dan de él filósofos y poetas, hostiles unos, y otros que dicen amarlo como su esposa Rosario Murillo. Ese “Rubén Darío” podría ser de todo y servir para todo.

Pues, respecto de “Marx” y el “marxismo” hubo un boom en la Guerra Fría, un gran negocio editorial en Europa Occidental, y por extensión en Latinoamérica, de la venta de vidas de Marx o críticas del marxismo escritas por “no comunistas”. Fue un negocio de grandes inversiones. Me atrevo a decir que estos editores y escritores publicistas inventaron el “marxismo” y el “Marx” que más circula en papel impreso. Hay libros documentados, como el de F. Saunders, sobre esta estrategia “cultural” de la Guerra Fría. Se vendieron más “Vidas” apócrifas de Marx que de Jesús.

Este es otro símil que tomo de Pablo, quien en sus Cartas no nos dice ningún dicho o hecho de la vida común de “Jesús”; nada más que pertenecía a una secta de Judea que se mantuvo sedentaria junto al Templo de Jerusalén hasta el año 62, según Hechos (cap. 21). Dicen Pablo y su secretario, el “griego” Lucas, que esta secta predicó una forma de judaísmo apocalíptico; y que permanecían en la proximidad de los sacerdotes del Templo de Jerusalén con su jefe Santiago, menor hermano de Jesús, unos treinta años después de la muerte de éste. Mientras que en las “Vidas de Jesús” de los evangelios posteriores aparece otro “Jesús” de una secta antijudía, itinerante y originaria de Galilea, otro país más al norte (ver Manuel Fernández: “Origen de la monarquía vaticana”, en www.bubok.com). De forma que hay un “Jesús” de Judea, sin dichos ni hechos de vida pública, y otro Galileo de los evangelios con dichos y hechos. Es un símil de la variabilidad de un personaje en la literatura.

El individuo histórico Karl Marx participó en los movimientos obreros de la “Primera” y “Segunda Internacional”, y ninguna de estas dos organizaciones fueron “marxistas”. En las “Internacionales” no hubo un culto a un líder llamado “Marx”, sino una cantidad de dirigentes y analistas sociales reunidos y enfrentados. Y fue una rareza la aparición de la “Vida de Marx” de Franz Mehrin publicada en 1918, porque, así como a los continuadores de Darwin no se les ocurrió llamarse “darwinistas”, ni preocuparse por escribir la “Vida de Darwin”, aquellos activistas y analistas más bien trataban de investigar sobre el movimiento obrero o sobre las luchas de las distintas categorías de trabajadores. En cambio, los intelectuales que escriben con tanta devoción libros sobre “Marx” y “marxismo”, incluida la propaganda ideológica que aparece en las enciclopedias y manuales de historia, se verá que en su mayoría no pertenecen a los que escriben sobre movimiento obrero (como en Nicaragua, Carlos Pérez Bermúdez y Onofre Guevara).

Los dos divulgadores de la Guerra Fría con mayor éxito editorial de sus vidas de “Marx” y de una filosofía “marxista” fueron: el comunista de juventud y después anticomunista Karl Popper, y el filósofo liberal Isaiah Berlin. Ambos fueron inmigrantes en la Gran Bretaña, y ambos sufrieron los efectos del exterminio nazi de minorías étnicas, minusválidos, sindicalistas, activistas demócratas, incluidos banqueros e industriales de la burguesía opuesta a los grandes bancos y monopolios. Los mismos bancos y monopolios que al final ganaron la guerra pasándose al bando de los aliados.

Karl Popper, quien fue nombrado “Caballero” de la reina Isabel de Inglaterra sólo cuando ya sus libros de ideología eran bestsellers, primero cultivó el escepticismo en “Lógica de la investigación científica” (1934). Pero, después, se dedicó a la propaganda ideológica con “La sociedad abierta y sus enemigos” (1945), un libro en el que refleja su malestar por la Europa de la IIGM. Sin embargo, en este libro no aplicó su importante adquisición de los principios de “demarcación” y “falsación” de su primera obra; quizás llevado por la urgencia de contener los movimientos sociales que se desatarían previsiblemente en la Europa de la postguerra, dado que las condiciones de la crisis social de entreguerras continuaban abiertas. En ese libro extenso, dedicó la mayor parte a responsabilizar del colectivismo y la “ingeniería social” del totalitarismo a Platón, Aristóteles y a Hegel.

Desafortunadamente, las buenas intenciones de Popper, filósofo especializado en Lógica, no fueron acompañadas del conocimiento de un experto en los sistemas filosóficos que estaba mezclando. Su libro se convirtió en un ejemplo de anacronismo, de lo que no se debe hacer en Historia de la Filosofía, interpretar las ideas de Platón, Aristóteles y Hegel como si éstos estuvieran hablando directamente de la situación política de la primera mitad del siglo XX. La consecuencia fue que sus afirmaciones no se citan en las investigaciones de especialistas sobre estos filósofos.

Pero la parte más célebre de ese libro, que debe leer todo antimarxista o antisocialcristiano (de la teología de liberación) es la parte dedicada con celo de santo inquisidor a un tal “Karl Marx”. El lector no se convencerá de nada que no esté convencido, pero le hará creer en la existencia de ese personaje “Marx” de la Guerra Fría. Encontrará que todo lo “malo” del siglo XX supuestamente causado por Hegel está exagerado en “Marx”, y que ni Platón fue tan extremista en su “República” como “Marx”. En el fondo, Popper tenía razón, la ideología de ese “Marx” hegeliano y platónico existe en muchos que predican la “sensibilidad social” con filosofías neoplatónicas. Si el lector necesita convencerse de que Popper tenía razón, estudie la “Escuela de Frankfurt” o filósofos como Habermas y Adorno, que también son marxistas “no comunistas” de la moda editorial de la Guerra Fría. Aunque donde a Popper vale la pena seguirlo, más que como ideólogo, es en su “racionalismo crítico”, que viene mejor expuesto por su discípulo Hans Albert.

La lectura del “Karl Marx” de Isaiah Berlin completaría la formación de todo antimarxista, los que creen en el “Marx” del boom editorial de la Guerra Fría. Y dado que estos suelen creer en Rousseau, les convendría saber que Berlin también fue hostil a Rousseau; porque lo casó en pareja con Marx, en contra de la voluntad expresa de éste. Pero el libro de Berlin serviría más bien a los socialcristianos de la tendencia de la teología de liberación o “cristianos por el socialismo”, para que se den cuenta de que las categorías sociales, económicas y políticas que utilizaba su santo “Marx” ya existían varias generaciones atrás. Así es que los teólogos tendrían que aumentar su santoral de “cristianos por el socialismo”. Y en cuanto a los errores cometidos por este “Marx” de Isaiah Berlin, cosas como el “determinismo” y otros pecados capitales, el lector no encontrará nada que no le atribuyeran antes sus enemigos Bernstein y Schumpeter. Así es que Berlin los copia, y cualquier socialcristiano puede aprender a repetirlos.