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Asistí como invitado del Ejército de Nicaragua al traspaso de mando del General Hallesleven al General Avilés, realizado el pasado 21 de febrero, fecha del 76 aniversario del asesinato del General Augusto C. Sandino (1934). Habiendo estado en toda la jornada, clausurada por el Presidente Daniel Ortega, hay un tópico muy importante que no fue debidamente registrado por los medios de comunicación social, quizás porque fue ya al final de su intervención: el ambiente y los nuevos roles asignados al Ejército relacionados con éste.

Quisiera expresar algunas reflexiones sobre esta rara química, pero no por ello carente de relevancia, en la multiplicidad y diversidad de roles institucionales que se le ha venido asignando a nuestra fuerza armada. El apretado recuento previo realizado durante el parte del General Avilés, en el cual resumió los cinco años de liderazgo institucional del General Hallesleven, evidenció el relevante papel de lo que la opinión pública a través de las encuestas ha venido calificando sostenidamente como la institución más sólida y creíble de Nicaragua.

Más allá de la naturaleza castrense de la institución, en el informe se resaltó por sobre todo su compromiso y vocación de servicio con la sociedad nicaragüense, especialmente para con los sectores más vulnerables. El rol preeminente de la Defensa Civil dentro del Sistema Nacional para la Prevención, Mitigación y Atención de Desastres (Sinapred), por ejemplo, durante la reciente incidencia de los huracanes Beta, Félix e Ida; las brigadas contra incendios; las brigadas médicas, llevadas incluso allende nuestras fronteras, tras el reciente desastre ocasionado por el terremoto del 12 de enero de 2010 en Haití, son una muestra del dinámico quehacer institucional del Ejército de Nicaragua en tiempos de paz.

Ahora el Presidente Ortega le ha asignado una nueva misión, al referirse a la conformación del Batallón Ecológico que resguardará las principales áreas protegidas del país y los recursos naturales asociados a éstas. Es decir, ahí donde la autoridad civil se ve limitada, e incluso intimidada, el Ejército emprenderá las acciones necesarias para la observancia y cumplimiento de la Ley, echando mano de su capacidad operativa y disuasiva frente a las actividades ilícitas. El tráfico ilícito de la flora y fauna silvestres, el corte y comercio ilegal de madera, la pesca y aprovechamiento de la fauna durante los períodos de veda, la protección de las especies en peligro de extinción, la invasión y quema de las áreas protegidas, son algunas de las acciones concretas de las cuales habrá de ocuparse el Batallón Ecológico.

Indudablemente, una nueva y muy importante misión que seguramente el Ejército de Nicaragua cumplirá con la mística, la disciplina y la eficiencia que le caracterizan. No obstante, esta nueva asignación del Ejército, por más eficientemente que éste cumpla con su parte, no atacará las causas de fondo de la problemática ambiental nacional en lo que corresponde. Será algo así como el anestésico que receta el médico, que si bien produce una sensación de bienestar pasajero, no atacará la raíz del mal.

Tampoco puede obviarse que no se puede distraer al Ejército de su misión fundamental que es la salvaguarda de la soberanía nacional y que en ese sentido, la preparación y el entrenamiento militar no deben verse comprometidos bajo ninguna circunstancia por el cumplimiento de una multiplicidad y diversidad de nuevas tareas que se le vayan asignando. Creo que no es ese el caso del Batallón Ecológico.

El trasfondo de la problemática ambiental y de los recursos naturales radica en cómo se ha venido manejando históricamente la economía del país y en la visión que han tenido nuestros líderes políticos a través de la historia. Desde los tiempos del General Zelaya, cuando la hacienda ganadera cedió paso al café, pasando por los enclaves bananeros del Caribe y la dictadura de la familia Somoza, época del boom algodonero y de la más feroz degradación ambiental, lo cierto es que no conocemos hasta la fecha una curva descendente en el deterioro de la calidad del medioambiente y de nuestros recursos naturales.

No es cierto que sean los madereros --incluida la “mafia maderera”-- los responsables de que en Nicaragua se deforesten 150 mil hectáreas de bosque por año (ellos practican una tala selectiva de maderas preciosas). Los verdaderos culpables son los que han incentivado el efecto cascada de las migraciones internas, también conocido como fenómeno de la chontaleñización”. Es decir, asistimos al incontenible avance de la frontera agrícola empujada por la actividad ganadera, la cual también impacta la cultura de los pueblos de la Costa Caribe. Basta ir a Bluefields para ver ahora a los costeños luciendo sus nuevos atuendos de botas y sombreros vaqueros, expresión fidedigna de los acelerados cambios en sus tradiciones y costumbres.

De ahí que, considero, al Presidente Ortega le hizo falta referirse a la necesidad de integrar una suerte de gabinete ambiental ampliado (dado que el Conades y el Conpes ya han pasado a mejor vida), donde primero se sensibilice a los funcionarios y luego se tomen decisiones sobre la impostergable necesidad de un nuevo enfoque en las políticas y prácticas económicas y sociales en nuestro país. El ambiente debería ser el referente obligado para todos. Deberían participar de esa instancia los profesionales, el sector privado, las universidades y organizaciones de la sociedad civil más directamente vinculados a la gestión ambiental.

¿De dónde se nutren el café y la ganadería, si no del recurso suelo y clima? ¿De dónde provienen los recursos pesqueros, si no de nuestros mares, lagos y ríos? ¿De dónde procede la madera para las viviendas y muebles de las casas y oficinas, si no del bosque? ¿De dónde se producen los granos básicos y alimentos para los nicaragüenses, si no de los recursos suelo y agua? ¿De dónde procede el agua misma que tomamos, si no de las cuencas hidrográficas?

Vale decir en última instancia, el Presidente Ortega debería orientar a los funcionarios a retornar sus pasos hacia el Plan Nacional de Desarrollo Humano (2008), que con sus cosas buenas y malas, por ahora da la impresión de haber quedado en la buena intención de un documento borrador del que ya nadie se acuerda. Debemos tener presente que los recursos de la naturaleza son absolutamente finitos. Que la ecología y el medioambiente, más que términos de moda para aderezar poesía y romanticismo verde o para maquillar proyectos inviables, son el --único-- soporte físico de la actividad económica y del bienestar social. Por ello, son temas que deben retomarse en la agenda de Gobierno con la seriedad y la profundidad que ameritan.

Personalmente creo que la decisión del Presidente Ortega de conformar el Batallón Ecológico es oportuna y acertada, pero no es suficiente. Ése es sólo un eslabón –muy importante por cierto— en la larga cadena de apremiantes decisiones que se deben tomar en el corto plazo, como son las asociadas a la acuciante agenda del Cambio Climático. Por ejemplo, más que perforar pozos, se debería estar trabajando ya en la recarga de los acuíferos (para eso hay una Ley General de Aguas Nacionales); y más que hablar de una esotérica “venta de oxígeno”, se debería estar articulando ya un programa nacional para incursionar efectivamente al mercado de carbono (sólo quedan dos años de vigencia del Protocolo de Kyoto).

Todos los indicadores ambientales invariablemente nos alertan sobre la necesidad de ponerle un alto a las prácticas económicas tradicionales y a la pobre gestión ambiental que, al violentar la capacidad de carga de los ecosistemas, si bien pueden proporcionar pan para hoy, no exoneran a las nuevas generaciones del hambre del mañana. El Presidente Ortega tiene la oportunidad --y la responsabilidad-- de asumir con un enfoque holístico el reto ambiental que plantean los nuevos tiempos. La viabilidad económica y social de nuestra sociedad hoy en día, pasa necesariamente por garantizar la sostenibilidad ambiental del país.

*Biólogo y periodista, Msc. Docente, UNAN-Managua.
darwinjj2007@gmail.com