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Días antes de que Herodías, a través de su hija, pidiera la cabeza de Juan servida en la bandeja que aparece y desaparece, ocurrió un hecho que en alguna forma explica el encono de aquella mujer contra el Bautista, y que demuestra que además de Herodes, el diablo se le había metido adentro, contagiando a la vez a su hija de aquella satánica sed de sangre. Todo el mundo sabe que el diablo, aparentemente encarnado en la inconfundible figura de nuestro monarca, se trasladó al desierto para tentar a Jesús, según consta en uno de los cuadros que decoran las paredes de la Parroquia de San Rafael del Norte. Quien tenga ojos para ver que lo vea, y esta Semana Santa es una buena ocasión. Pues bien, Jesús se había retirado al desierto para en soledad meditar y ayunar durante cuarenta días y cuarenta noches, y ya finalizando su ayuno sintió hambre y sed. Ni qué decir que el diablo, quien se encontraba muy a gusto en aquel ambiente del desierto, con gélidos y despiadados fríos por la noche e infernales calores durante el día, consideró llegada su oportunidad.

Desde su escondrijo había estado espiando a Jesús, esperando con maligna paciencia el último de los cuarenta días, cuando sabía que su presa iba a estar débil, hambriento y sediento. Como una serpiente se acercó el tentador diciéndole: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se hagan pan. Pero él le contestó diciendo: Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” Para mí que el diablo debió de haber sentido aquella respuesta como si una de aquellas piedras hubiera salido disparada a estrellarse en su frente. Pero como no tenía vergüenza, se llevó a Jesús a la Ciudad Santa y le puso en el alero del Templo, diciéndole que si en vedad era el Hijo de Dios, se tirara pues los ángeles lo rescatarían durante su caída. Jesús le dijo: También está escrito: “No tentarás al Señor tu Dios”. Viendo el diablo que Jesús, de tanta sed, ya no tenía ni saliva en su boca, lo regresó a donde lo había encontrado en el desierto y colocó frente a él una mesa con cervezas escarchadas de tan frías, con ceviches de todos los mares, diciéndole que aceptara aquel obsequio reconociendo así su poder. Jesús tuvo fuerzas para sonreírle al diablo uno de los NO más rotundos que se han expresado desde la creación del mundo.

No se daba por vencido el diablo, y siguió tentándolo hasta con cosas sin valor, como la “Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío”, lo que motivó que Jesús exclamara: ¡Pobre diablo! Entonces el diablo decidió doblar la parada, y llevándolo a una montaña altísima, y enseñándole todos los reinos del mundo y su gloria, le dice: Todo esto te daré, con un Consejo Supremo Electoral que legalizará cuantas veces sea necesario, tu permanencia en el poder por toda la eternidad; una Corte Suprema de Justicia integrada por los doctores de la ley; una Asamblea Nacional, cueva de ladrones, a la medida de los mercaderes del Templo; y un sumo sacerdote que bendiga la corrupción. Todo esto te daré si te postras adorándome. La respuesta fue una fuerza misteriosa que precipitó a un diablo, acobardado y con el rabo entre las piernas, montaña abajo hasta perderse de vista.

Nunca asimiló el diablo, arrogante y ambicioso como era, lo que consideró la mayor y más humillante derrota sufrida en su interminable vida de maldades, así que comenzó a fraguar su venganza, de manera que ésta le produjera un inmenso dolor a Jesús. No encontró peor atrocidad que cometer, o de inducir a que otros cometieran, que es lo mismo, la decapitación de Juan el Bautista. Por lo narrado la semana pasada, ya sabemos del adulterio de Herodías, infiel a Filipo por vivir con Herodes, hermano de su marido, y ya sabemos de la sensual danza de la muerte, desde luego obra del diablo, que bailó semidesnuda la bella hija de Herodías, conquistando todos los sentidos del embelesado Herodes, incestuoso de espíritu al desear a su hijastra. Ya sabemos como un Herodes embriagado por el erotismo de la muchacha, le ofrece la mitad de su reino, y ya sabemos como aquellas endiabladas mujeres, madre e hija, rechazaron tan generosa oferta y exigieron la cabeza de Juan el Bautista en la bandeja que aparece y desaparece. Lo que tal vez no habíamos analizado es el hecho de que si bien Herodes le ofreció a la hija de Herodías la mitad de su reino y madre e hija no lo aceptaron, es porque todo había sido un ardid del diablo, ya que él les había ofrecido la totalidad del reino de Herodes, con natural fallecimiento del rey de por medio, si lograban la decapitación de Juan para hacer sufrir a Jesús. ¿Lo de la totalidad del reino para ellas? Como todas las cosas del diablo, ésta fue una más de sus mentiras.


luisrochaurtecho@yahoo.com
“Extremadura”, 18 de marzo de 2010.