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Cuando una persona de cultura media habla sobre Descartes (1596-1650), lo primero que le viene a la mente es el gran descubrimiento que éste hizo del “cogito” o razón, o bien, de esa intuición genial del “cogito ergo sum” (“pienso, luego existo o soy”).

Tanto el acierto como el error de esta intuición hoy en día lo agradecemos como lo lamentamos con creces. En primer lugar porque Descartes le dio a la inteligencia el primer lugar, el especular filosófico propiamente dicho; y en segundo lugar, su radical independencia revirtió el orden dando prioridad a la “razón” antes de que al ser o existir. En otras palabras, no tomó en cuenta que la razón es también parte del ser, y que, por lo tanto, el ser (o existir), es antes que el pensar.

En el siglo VII a.C., en el mundo Griego aconteció un fenómeno semejante, pero diferente. Los griegos de entonces estaban imbuidos por las creencias mitológicas. El saber brillaba por su ausencia hasta que unos filósofos (Tales, Ananxímenes, Heráclito, entre otros) empezaron a cuestionar tales creencias. Asistíamos al nacimiento del “Logos” desde el “Mito”. Xenófanes de Colofón (530 a.C.) fue el mayor representante de las críticas a los dioses griegos por sus semejanzas con las pasiones y vicios de los hombres. Él solía burlarse de estos dioses creados a imagen de las fantasías pueriles de las gentes. El “creer” fue cediendo poco a poco al “saber”, sin perder, por supuesto, cierta dependencia o influencia en el posterior especular filosófico. Los “mitos” que usaba Platón en sus diálogos son el mejor ejemplo.

Con el advenimiento de Sócrates, el pensamiento griego sufrió un cambio radical. El pensamiento especulativo daba lugar ahora al pensamiento práctico o moral. Y precisamente aquí vamos a hacer la conexión con el más hermoso pensamiento de Descartes, a saber, el de su “Tercera Máxima Moral”, capítulo 3, de su libro “El Discurso del Método”.

A los griegos no sólo el conocimiento metafísico les atraía sobremanera, sino todo pensamiento que pudiera mejorar la conducta y la vida de los hombres para la consecución de su felicidad.

Desde esos lejanos tiempos hasta el día de hoy, todos los seres humanos han creído que la felicidad consiste en los siguientes bienes: riquezas, poder, placer (sensual), fama, dinero, salud y belleza. Sócrates muy bellamente reconoció este hecho. Todos ellos son bienes a los que hemos aspirar siempre y cuando --nos decía-- sean auspiciados y guiados por el mayor de todos, a saber, la “sabiduría”.

Posteriormente, Aristóteles hará consistir la felicidad en la práctica de las virtudes tanto morales como intelectuales. “Sólo el hombre virtuoso – decía – merece ser feliz”.

Los griegos también creían (!) que la felicidad del ser humano consistía en asemejarse a los dioses. La riqueza de ellos (los dioses) consistía en no tener necesidades como los seres humanos. “Si quieres hacer rico a Epicteto – exclamaba Sócrates – disminúyele sus deseos”. O bien de aquella famosa expresión que dijo en el Mercado de Atenas: “¡Qué feliz soy al ver tantas cosas que no necesito!”.

Por otro lado, llama mucho la atención que en la cultura griega de entonces, la peor maldición que pudiera una persona desear a otra era que los dioses le dieran riquezas (!). Adaptándolo al lenguaje de hoy , maldecir o desearle un mal a alguien equivaldría a desearle que se gane la lotería.

Descartes, haciendo eco a estos pensamientos decía en su Tercera Máxima Moral: “Mi tercera máxima era tratar siempre de vencerme a mí mismo antes que a la fortuna (riqueza), y de cambiar mis deseos antes que el orden del mundo (poder); y, en general acostumbrarme a creer que no hay nada que esté enteramente en nuestro poder fuera de nuestros “pensamientos”… y esto sólo me parecía ser suficiente para impedirme desear en el porvenir nada que no adquiriera y, así, para hacerme estar “contento” o feliz.

La verdadera riqueza y felicidad para Descartes estaba concentrada en esta frase, a saber que “sólo nuestros pensamientos nos pertenecen”. Las demás cosas, además de ser pasajeras, estrictamente hablando, no nos pertenecen. El político que adquiere un poder; el rico que se jacta de su fortuna; el atleta que presume de su superioridad física; el (la) famoso(a) que se envanece por su gloria y prestigio, o bien de la mujer que presume de su belleza, etc.

Entonces, ¿qué es en realidad lo que nos pertenece? Y continúa diciendo: “pero reconozco que es necesario un largo ejercicio y una meditación reiterada muy a menudo, para mirar con esta tranquilidad todas las cosas; y creo que es principalmente en esto en lo que consiste el secreto de aquellos filósofos que, en otro tiempo, pudieron sustraerse al imperio de la fortuna y, a pesar de los dolores y la pobreza, rivalizar en felicidad con sus dioses”.

Y terminar diciendo: “los filósofos, ocupándose, sin cesar, en considerar los límites que les eran prescritos por la Naturaleza, se persuadían tan perfectamente de que nada estaba en su poder sino sus pensamientos, que esto sólo era suficiente para impedirles tener ningún afecto a las otras cosas (riqueza, poder, fama, salud, dinero, etc.); y disponían de sus “pensamientos” tan absolutamente que en ello tenían cierta razón para estimarse más ricos y más poderosos y más libres y más dichosos que ninguno de los otros hombres…”

Esta máxima se introdujo profundamente en mi espíritu rematando de una vez por todas mi vocación de filósofo. Los treinta años que llevo en estos menesteres han comprobado su veracidad, a saber “nada nos pertenece, solo nuestros pensamientos”.


juabos_2000@yahoo.es