•  |
  •  |
  • END

Este artículo es casi una crónica periodística.

Estuve en Chile, representando al presidente Daniel Ortega, en la toma de posesión del nuevo mandatario Sebastián Piñera. Saludé a la presidenta Michel Bachelet a quien abracé en nombre de Daniel. Le pregunté si tenía intenciones de lanzar su candidatura en las elecciones siguientes. No me lo negó.

Estuvimos en el salón de honor del Congreso donde recibió la banda el señor Piñera. Es conocido que durante esa ceremonia se estremeció la tierra con energía de terremoto. Estaba en la fila siguiente de donde se ubicaron los jefes de Estado y fui testigo privilegiado de sus actitudes.

Todos ellos mantuvieron un aire de dignidad intachable. Todos, menos Álvaro Uribe, presidente de Colombia, quien se puso pálido, como un papel blanco sin escritura, mientras extendía un saludo hacia Rafael Correa. No logró estrechar la mano de la dignidad. Salió huyendo aterrorizado con agilidad de marine bien entrenado, como lo demuestran las fotografías del diario de derecha La Tercera, no vaya a creerse que lo dicho por mí es por antipatía política. Fue notoria la serenidad de Evo y de Correa.

De inmediato se dio una alerta de tsunami, por eso Piñera suspendió almuerzos y saludos, y no pude transmitirle el mensaje protocolario de Daniel. Piñera se trasladó de inmediato al epicentro del sismo —en la localidad de Rancagua— manejando su propio avión, lo cual fue bien comentado.

Al día siguiente desayuné en el hotel con la embajadora María Luis Robleto Aguilar y, por casualidad, en la mesa vecina, bebían café y jugos un puñado de senadores chilenos junto con el alcalde Antonio Ledezma, de Venezuela. Hablaban en voz alta sobre conspiraciones y otras travesuras posibles para aislar a Cuba, Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua.

Uno de ellos me reconoció. Bajaron la voz y me miraron con odio y suspicacia. Los trabajadores del hotel nos dieron los nombres de algunos de los participantes: senador Sergio Romero Pizarro, senador Patricio Walker (sus miradas fueron cáusticas y si no fuera que a mí no me asusta nada, diría aniquiladoras) perteneciente a una familia de millonarios. Se presume es descendiente de William Walker, Antonio Sánchez García --venezolano-chileno, asesor del alcalde venezolano--, y Antonio Ledezma, feroz enemigo de Hugo Chávez. Había otros pero no pude saber sus nombres. Lo más interesante de su plática fue la alegría de sus comentarios acerca del futuro de sus empresas, con motivo de la destrucción provocada por el terremoto.

Al día siguiente acompañé al presidente Rafael Correa a Concepción, ciudad afectada por el reciente sismo. Correa llevó varias toneladas de medicamentos y el auxilio de numerosos médicos ecuatorianos. Tuve la oportunidad de intercambiar información de interés para Nicaragua y Ecuador, y hasta de bromear con el cordial y carismático dirigente. Aparte de algunas declaraciones que dimos en la escuchada radio “Biobio” —donde dije una frase comentada: “En Chile tiembla la tierra, pero de ninguna manera, tiemblan los chilenos”— los medios de comunicación de la derecha —no hay medios de izquierda— no dieron cuenta de la importante y generosa visita del presidente, quien entre otras medidas, ha enviado cerca de 400 ciudadanos ecuatorianos damnificados a su país de origen.

Me reuní con decenas de chilenos, combatientes en la guerra de liberación de Nicaragua --organizados ahora en la Brigada Salvador Allende, Brisa--. Les hablé del viejo tema de la unidad, alertándolos de los riesgos del engreimiento ideológico y del sectarismo. Hombres y mujeres en extremo solidarios, están colaborando con energía entre los sectores más afectados por el sismo. Haber estado en ese país hermano, con el cual compartí las ansiedades de un temblor de 7 grados, fue para nuestra delegación un motivo de orgullo y adhesión con el pueblo de Salvador Allende y Pablo Neruda.