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El sábado 6 de febrero, el presidente de la República, Daniel Ortega, adhirió de forma pública la Declaración Universal del Bien Común de la Tierra y de la Humanidad a nuestro país. Más aún se expresó en términos de que el contenido de dicha Declaración debiera ser incluido en nuestra Constitución.

¿Cuál es el sentido y alcance profundos de esta Declaración y de este gesto del Presidente? Dicho de la manera más simple, es aprender y enseñar a mirar, a vivir, a tratar, a cuidar el Planeta Tierra como a nuestra verdadera Madre y a la Humanidad como el todo integrado por cada uno de nosotros como partes del Planeta Tierra.

¿Por qué tenemos que aprender y enseñar algo único, esencial, importante y decisivo respecto a la Madre Tierra y a la Humanidad? Porque nuestro aprendizaje prevalente, hecho ya cultura, ha consistido en tratar al planeta Tierra como el proveedor inagotable de los bienes y recursos para el desarrollo y el bienestar nuestro. Esta concepción y práctica se ha expresado en una acción permanente de abusar, deteriorar y destruir la Tierra hasta niveles universales preocupantes y con ellos amenazar la vida misma de la Humanidad, es decir, de nosotros mismos. El Planeta Tierra, la Madre Tierra y la Humanidad integramos una unidad inseparable. El Planeta Tierra es la Madre Tierra que nos alimenta, nos proporciona el aire, el agua, el clima, las plantas, los animales, en una palabra nos da la vida y nos mantiene la vida como parte de su misma vida. De hecho, compartimos la misma vida.

¿A qué se debe que en nuestra cultura se le trate y vea a la Madre Tierra como la proveedora permanente de bienes y recursos sin preocuparnos incluso de su desgaste casi irrecuperable?
Recordemos que nuestra cultura occidental está fundamentada en el logos griego (la razón) y en el cogito cartesiano (pienso luego soy) es decir, nuestra cultura paga un alto tributo al logocentrismo y al racionalismo moderno fuente de la ciencia y sustento del desarrollo económico que necesita más y más de los recursos de la Tierra. Porque cuanto más le saquemos mayor desarrollo, mercado, comercio y consumo.

Esta cultura no ve y siente la Madre Tierra desde la dimensión muy propia de nuestros indígenas, la del PATHOS o sea desde la dimensión de la unidad e identidad con la Tierra, desde la afectividad, el amor, sensibilidad y el cuido esencial de ella en cuanto que esta dimensión se identifica con los factores más profundos, primigenios y originarios de nuestro existir como seres humanos.

De ahí la necesidad de enseñar y aprender en todos los habitantes del Planeta Tierra o nuestra Madre Tierra y desde la infancia, a sentirla, vivirla y cuidarla con el afecto y amor profundos porque todos somos parte de ella. Su desgaste, su deterioro, hasta llegar a no poder recuperarse y rehacerse generaría insospechados efectos compartidos contra la misma Humanidad. Resulta pues impostergable que aprendamos a cuidar la Madre Tierra con el afecto y amor a nuestra propia existencia pues todos somos el Planeta Tierra. Tierra, Humanidad que constituye el BIEN COMÚN supremo compartido por todos.

Por tanto el cuido y el equilibrio del Planeta Tierra se convierte no sólo en un quehacer científico, es también y sobre todo un problema radicalmente ético.

El Bien Común de la Tierra y de la Humanidad, el de todos y cada uno de nosotros, es responsabilidad de cada ciudadano, de toda la sociedad, de todos los gobiernos y de todos los países. Es un asunto de ética universal.