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La corrupción en la adolescencia se manifiesta en la práctica de actividades ilícitas o reñidas con la moral. Es el caso de las y los adolescentes que se drogan, fuman, toman licor, roban, asaltan, agraden, se prostituyen, faltan al respeto a sus padres y maestros, se vuelven vagos, se fugan del hogar, usan lenguaje obsceno o se unen a pandillas.

La corrupción de la adolescencia, por su trascendencia y su rápido crecimiento en nuestro país, constituye un problema social que merece la mayor atención de las instituciones del Estado y de la sociedad civil.

La frase “los jóvenes son el futuro del país” es muy cierta, pero no hacemos lo posible por proteger a nuestros adolescentes del riesgo de la corrupción.

La adolescencia (12 a 18 años) es una edad crítica del desarrollo, por los profundos cambios biológicos que se dan en este período, que generan nuevas inquietudes, inestabilidad emocional y sentimientos de inseguridad que hacen sensible al adolescente a las influencias negativas de su ambiente social.

El descuido en la atención de esta etapa difícil de la vida ha ocasionado no sólo un incremento de la delincuencia juvenil, sino también que esta delincuencia se extienda a todas las categorías que comenten los adultos, incluyendo violación, tráfico de drogas, robo con intimidación, lesiones, secuestro y asesinato, los cuales presentan además un carácter grupal, por ser cometidos generalmente en pandilla.

Alarma también el hecho de que la corrupción adolescente se observe en personas cada vez de menor edad. En fecha reciente nos sorprendió la imagen televisada de un niño borracho de sólo 9 años.

¿Qué está pasando con nuestros adolescentes?. En el pasado su principal preocupación era estudiar y seguir una Carrera Profesional. Existía obediencia a los padres y respeto a los maestros. Las costumbres eran sanas y la principal entretención los deportes. Los jóvenes de ahora rechazan los estudios, les falta un plan futuro de vida y sólo les interesa el placer inmediato (hedonismo) sin medir las consecuencias. Además muchos adolescentes están presentando una maduración sexual precoz, que inicia alrededor de 10 años en vez de los 12, sin haber alcanzado paralelamente la maduración psicológica necesaria.

¿En qué está fallando nuestra sociedad? Las causas sociales de la corrupción del adolescente las encontramos en las características nocivas del entorno en que se desarrolla la personalidad del niño: el entorno familiar; el entorno escolar; los mensajes de los medios de comunicación (televisión e internet, principalmente); y el entorno del barrio o comunidad. El hogar es el crisol en que se forma la personalidad. La familia es el factor clave de la corrupción adolescente, principalmente los modelos corruptos de vida de los padres, el mal trato o abandono de los menores y la falta de orientación familiar respecto a situaciones morales de riesgo que presenta la vida.

La escuela, después del hogar, sigue en importancia en la formación del carácter. Infortunadamente en nuestro sistema educativo no hay programas dirigidos a la familia, de cómo ser mejores padres y cómo criar a nuestros hijos. Además los maestros dan poca importancia al desarrollo ético y moral del educando. Las clases son marcadamente memorísticas, el alumno se limita a escuchar las explicaciones del profesor. El docente no estimula el diálogo y la discusión dirigida al desarrollo de la capacidad de análisis y juicio crítico, que le permita al alumno orientarse mejor en la vida.

Por su parte, los medios de comunicación contribuyen en el proceso de corrupción de la adolescencia, en la medida en que presentan noticias o escenas repetidas de violencia, sexualidad, traición, mercantilismo, consumo de tabaco, alcohol y drogas, hechos que son lugares comunes en las películas y programas de televisión.

En relación con la violencia, Leonard Evon, especialista en el tema, sostiene: “Ya no queda duda alguna de que la exposición repetida a la violencia, es una de las causas del comportamiento agresivo, el crimen y la violencia en la sociedad. La violencia de la televisión afecta a los niños de ambos sexos, de todas las edades y de todos los niveles socioeconómicos y de inteligencia”. Difícilmente, por sí mismos, los canales de televisión dejarán de transmitir escenas de violencia en los noticieros y películas. Se trata de empresas comerciales que siguen el slogan tradicional de “Cuanta más sangre, tanta más audiencia”.

En cuanto al Internet, navegar libremente, sin control de los padres, expone a los menores a diversos riesgos: pornografía, drogas, juegos de apuesta, abuso y corrupción de menores, favorecido por el hecho del anonimato o pseudónimo de quien usa el Internet.

Las características de la comunidad en que vive el adolescente es otro factor importante en el desarrollo de su personalidad. Los menores que viven en zonas marginales de extrema pobreza, en un medio social violento, de alta peligrosidad y criminalidad, tienen alta probabilidad de corrupción, principalmente en aquellos casos en que hay carencia de amor filial y no existe control familiar que imponga orden y transmita principios y valores morales. En estas comunidades es frecuente que el adolescente se integre a pandillas, las cuales sustituyen a la familia y constituyen el espacio de poder, notoriedad, respeto e importancia que el adolescente no encuentra en la sociedad.

El combate a la corrupción plantea la necesidad de realizar un plan coordinado y conjunto que involucre a todas las instituciones del Estado y de la sociedad civil, relacionadas con esta enfermedad social. Pensamos que lo más importante en este plan, es incidir sobre las causas de la corrupción, tomando como eje central el proceso de formación y desarrollo de la personalidad del adolescente. Sabemos que es muy difícil transformar el entorno social que rodea al adolescente, de modo que la vía más factible es fortalecer la personalidad del adolescente para inmunizarlo de los efectos dañinos de su entorno. Ello implica fundamentalmente, impulsar una educación dirigida al desarrollo del juicio crítico del adolescente y a su formación en principios, valores y modelos de conducta considerados socialmente superiores.