Jorge Eduardo Arellano
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Es recurrente oír decir a mucha gente que la política es sucia y traicionera, aún más, los mismos políticos, que están en el centro del poder, han afirmado en más de una ocasión que hay que dejar la politiquería; término que salió en algún momento también de labios de los ex-presidentes Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños durante sus mandatos. El presidente Daniel Ortega recurrió a la misma expresión cuando increpó a los diputados ausentes en la Asamblea nacional con motivo de rendir su informe anual. Se oyó decir: “La actitud de los diputados ausente es politiquería, porque la política es algo serio”. Precisamente sobre esto quiero hacer algunas puntualizaciones. A un año de asumir el gobierno de Ortega, el camino recorrido no ha sido fácil, las curvas y cuestas del transitar político del gobierno Sandinista han puesto en muchas ocasiones tensa la cuerda de los consensos y del diálogo entre el Ejecutivo y el Legislativo, y en ocasiones se declaró abiertamente la guerra, al mejor estilo de los gladiadores de la arena política nicaragüense.

Nicaragua no sería la misma sin sus contradicciones políticas y sin sus alianzas partidarias “sui generis”, para manejar las cuotas de poder en las instituciones del Estado. Pero sobretodo, los gobernantes y partidos de turno no podrían resolver los principales problemas económicos y sociales del país sin soluciones que pasen por la fascinación y el poder que ejerce la política. En su definición más elemental la política es el arte de lo posible. Ya desde antiguo los grandes iconos del pensamiento griego como Platón y Aristóteles vieron en la política la mejor forma de gobierno posible y dejaron trazado el camino para el papel que iba a jugar la política en la posteridad.

Entre la Ciencia Política y la política hay relaciones y diferencias. La Ciencia Política estudia los fenómenos del acontecer político y el político es un actor de esos fenómenos. Como en toda realidad que se aprecia, hay buenos actores y malos actores, en nuestra sociedad nicaragüense tanto al político como a la política se le mira con sospecha, tienen mala fama y no se les cree. Muchos piensan que hay algo diabólico en la actividad política y una distancia irreconciliable entre ética y política. Este descrédito moral del hombre político lo describen muy bien Zwig en su biografía sobre Fouché, a quien describe como un hombre audaz, versátil y desprejuiciado y Ortega y Gasset en su análisis sobre Mirabeau, cuando señala que el hombre político vive en el linde de lo ilícito e inmoral toda su vida. Lord Acton solía decir: “El poder tiende a corromper, y el poder total corrompe absolutamente”. La política tiene que ver con el ejercicio del poder y el poder seduce a los hombre al punto que para llegar al poder y conservarlo, se negocia, se claudica y se cometen errores a veces imprevisibles.

Pero sin política no se puede gobernar un país y ahí está el quid del asunto, el problema no es la política, sino el manejo del poder y el juego político para gobernar, sin perder de vista, por cierto; que el poder no es el fin de la actividad política, sino un medio del que dispone la política y el político para conseguir el bien común. En nuestra realidad social y política nicaragüense no sólo hace política el presidente Daniel Ortega, hacen política los ciudadanos en los diversos niveles de participación y ejercicio del voto, hacen política los dirigentes sociales de las diversas organizaciones sociales y comunitarias, hacen política los dirigentes de los partidos políticos, hacen política los medios de comunicación social, que no se limitan sólo a informar, sino que informan desde la perspectiva y percepción del cristal con que miran e interpretan la realidad, procurando orientar a la opinión pública a fin de formar criterios que impulsen a la acción. ¿Qué es lo que pasa entonces? ¿Cuál es el fin de la política que hace que entre los nicaragüenses se mire a la política como perversa y corrupta?
Veamos: La política no persigue otra cosa que el bien común de la sociedad, generar las condiciones necesarias para el mejor bienestar de todos. Sin embargo, la forma tradicional de hacer política en Nicaragua ha sido elitista y sin mentalidad de país, ni visión que haga posible buscar juntos y con empeño el bien común de la sociedad. Aquí la lucha de la vida política se ha dado de manera sectaria y extremadamente partidizada e individualista. Maritain decía: el bien posible debe ser bien común al todo y a las partes a la colectividad como conjunto y a cada uno de los seres humanos que conforman esa colectividad, estos equilibrios al parecer no gozan mucho del interés del político nicaragüense que tiende a buscar y favorecer sólo a pequeños sectores de su conveniencia.

Otro elemento a tomar en cuenta en este análisis es la manera en como se manejan en nuestra sociedad los conceptos de democracia, autoridad, poder, y reconciliación y cómo se articulan estos mismos con la praxis social y política en juego. En el caso del FSLN y su política de gobierno, el tema de la democracia pasa por dos puntos cruciales de acuerdo a su base ideológica, primero está la soberanía que ligado a la democracia implica hablar de su capacidad para autodeterminarse. En el discurso del Presidente Ortega se refleja recurrentemente una evocación al tema de la dependencia en que se encuentra, no sólo Nicaragua, sino toda la región, en el plano del capitalismo internacional, y esto pareciera ser para muchos un tema repetitivo hasta la saciedad, pero debemos entender que la lucha por la democracia no es tal en tanto ésta no es lucha de liberación nacional y en este sentido, el Frente comprende muy bien que tiene una deuda histórica pendiente con el pueblo y que hoy en el poder, debe procurar reivindicar por la vía democrática.

En segundo término, está la justicia social; si un gobierno no gobierna con justicia social, en beneficio de los más pobres, el país no puede desarrollarse en igualdad de condiciones. La superación de las condiciones de superexplotación y miseria en que viven muchos nicaragüenses, es un factor político determinante para la edificación de una sociedad basada en el respeto a la voluntad de la mayoría, y ese es el mayor desafío del Frente, independientemente del ideario partidario que se confiese. La pobreza y la miseria en Nicaragua no tienen bandera partidaria, pero como es un problema político el gobierno no se puede desentender de tal fenómeno, sino asumiendo acciones y estrategias políticas serias.

Tanto el tema de la democracia como el de la pobreza, no pasa por el gusto y manejo de uno pocos, sino por el consenso y protagonismo de la amplia mayoría, a fin de solidificar la democracia y controlar la pobreza bajo las nuevas alternativas posibles. Ligada a la democracia y al poder se encuentra la autoridad, que no es sinónimo de poder, sino un concepto moral que tiene como objetivo el derecho a dirigir y a ordenar, a ser escuchado y ser obedecido, a convencer y a no a vencer. La autoridad no se funda en la fuerza, sino en la razón. Mientras el poder se funda en la fuerza, la autoridad se funda en la voluntad del pueblo y el poder de esa autoridad en el sistema institucional que lo consagra. El poder es atributo de la autoridad, pero no es la fuente de la autoridad. Burdeau declaró que lo distintivo de la democracia es que ella es capaz de conciliar libertad con autoridad desde el instante que la autoridad del gobernante se funda en el consentimiento de los gobernados.

Finalmente, la reconciliación no es simplemente un concepto o retórica panfletaria, sino una realidad ineludible entre los nicaragüenses, es un tema permanente y aún no debatido debidamente en los diversos sectores de la sociedad. Nicaragua es un país con heridas históricas sin cerrar, que deben ser curadas, pero para eso precisan tres condiciones fundamentales: la verdad, la justicia y el perdón. El sentido de la reconciliación supone que cada uno de los miembros del cuerpo social esté guiado por la solidaridad que significa la adhesión a la cusa y destino del otro, por el entendimiento y cooperación para hacer una sociedad mejor.

La reconciliación tiene como deber primario asumir los conflictos y buscar la solución, pero si entre nosotros prevalecen actitudes de odio revanchista, mezquinas y descalificadoras, los conflictos se agudizan y acrecientan en una espiral de violencia incontrolable. En una democracia entendida como sistema de reconciliación, tanto la política y su lógica, como las estructuras, leyes e instituciones del país son el terreno abonado para el cultivo de una sociedad que sabe dialogar, perdonarse, buscar la justicia y construir la paz. En tanto la democracia deja de ser un sistema de reconciliación pronto entra en crisis y cuando esta crisis se agudiza, socava los cimientos del sistema democrático y el país se hunde.