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Nicaragua es un mundo al revés. Patas para arriba. Sin embargo, la comunicación es el desarrollo que más impacto ha tenido en nuestras vidas. La espera cansada para comunicarse con alguien, nacional o extranjero, ha desaparecido. Ahora uno puede conectarse por diversos medios con quien y donde sea, de manera veloz.

Es decir, nos hemos globalizado, como se dice. Pero con este desarrollo también se ha incorporado a nuestras vidas, cada vez más, el proceso de tener que compararnos con otros países. Este fenómeno hace que ya no podamos vivir en una burbuja, como antes, sino que debemos y podemos instantáneamente saber cómo estamos en relación con otras naciones. Lo común es que nos comparen con Haití. Y estamos empatados o salimos perdiendo.

En términos generales, no podemos sentirnos muy orgullosos de nuestra situación en relación con otros países, porque siempre ocupamos los últimos lugares en muchos aspectos, sobre todo en algunos tan importantes como educación, inventiva, desarrollo tecnológico e inversión en ciencia.

Sin embargo, hay dos asuntos muy preocupantes en los cuales, por desgracia, ocupamos puestos preponderantes. El primero es la obesidad y el segundo la corrupción. La obesidad lleva eventualmente a la diabetes y al colesterol. Es frecuente entre los políticos.

Resulta que entre las edades que van de 20 a 80 años, 63.8 por ciento de los hombres y 83.6 por ciento de las mujeres están haciéndose susceptibles a riesgos metabólicos.

El segundo asunto es más grave: la corrupción. Según una nota reciente, la corrupción equivale a 42 millones de dólares anuales, que según números comparativos equivale a 20 por ciento del producto interno bruto (PIB).

Según el Índice de Percepción de la Corrupción 2008, ocupamos el lugar 36 de entre 180 países encuestados. Desconozco cómo evalúa Transparencia Internacional estos índices, pero, como quiera que sea, no es una posición de la cual nos podríamos sentir orgullosos.

Datos recientes señalan que de los recursos públicos destinados a realizar contrataciones gubernamentales, 30 por ciento, o sea, casi 70 millones, se destina a corrupción, al igual que 15 por ciento de los impuestos recaudados anualmente. ¿Y la CGR? Muy bien, gracias. Una encuesta determinó que en 2008 hubo cerca de 21 mil actos de corrupción en el uso de servicios públicos. Lo sorprendente de la encuesta es que mientras más alto el nivel socioeconómico de los servidores públicos, más aumenta su propensión a ser corruptos.

Quizás la interpretación es que los actos de corrupción los hacen tener más ingresos, esto aumenta su nivel socioeconómico y esta recompensa los retroalimenta para ser más corruptos aún. El problema tiene que ver con la absoluta impunidad que hay ante actos de corrupción y esto a su vez fomenta más corrupción. Ciertamente, la corrupción es un fenómeno complejo, difícil de evaluar y está universalmente presente, aunque, como dice el dicho, “mal de muchos, consuelo de tontos”. De manera que la gente ya ve normal lo de Roberto Rivas, sus casas, sus carros, sus perros y sus aviones.

Lástima grande que tengamos tan malos lugares en educación y tan buenos en obesidad y corrupción. Repito, estamos en un mundo al revés. Pero aquí nos tocó vivir y no podemos emigrar. A ver si creamos conciencia y mejoramos para el año 3000. En 2010 ni esperanzas.