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Tiempo de cuaresma. Tiempo interminable de Nicaragua. Hasta ahora, los verídicos sucesos aquí narrados no coinciden con un orden cronológico, sino con sus consecuencias en la historia, o al menos en esta historia. Recuerden ustedes que Jesús, siendo niño, el 24 de diciembre del año pasado en esta misma columna les escribió a los niños de Nicaragua dando sus razones para no venir, y prometiendo que lo haría montado en una burrita y celebrado entre palmas benditas el Domingo de Ramos, que este año será el próximo domingo 28 de marzo. Contundentes eran su razones para no venir a un reino de podredumbre, en el que sobre todas las cosas priva el afán reeleccionista de los monarcas, y junto con los políticos autollamados opositores, la reelaboración de un nuevo pacto de la corrupción. No es que Jesús quisiera eludir su destino de crucificado en Nicaragua, pues bien habría podido escapar el próximo domingo apoyado por el estruendo de Las Judeas de Masatepe, como veremos el jueves 8 de abril. El caso es que si vino, es porque jamás pensó en eludir ese destino de crucificado, sino todo lo contrario, para encontrarse con él.

José Saramago –cuyo comunismo es bíblico- explica en su libro “Caín” que el tiempo es, sin pasado y sin futuro, siempre presente. “Lo entenderemos mejor todo –dice con la voz que habla por la boca de Caín- si lo llamáramos otro presente, porque la tierra es la misma, desde luego, pero sus presentes van variando, unos son presentes pasados, otros presentes por llegar, es sencillo, cualquier persona puede entenderlo.” Partiendo, apertrechados con esta sencilla fórmula, desde el Viejo Testamento de Saramago hasta el Nuevo Testamento nuestro, se comprenderá por qué había que describir la decapitación del Bautista, que cronológicamente habría de ocurrir en un presente que no había llegado, antes que la tentación en el desierto, que fue en un presente pasado, anterior, pero cuando el diablo por su fracaso de tentador fraguó el asesinato de Juan. Dicho de otra manera que explica lo que diré a continuación, el degollamiento de Juan el Bautista en la cárcel ocurrió un 23 de marzo y ayer 24 de marzo, hace treinta años, la extrema derecha salvadoreña asesinó a Monseñor Oscar Arnulfo Romero –San Romero de América-. Ambos asesinatos pertenecen a nuestro presente histórico, siendo irrelevantes la cantidad de segundos o siglos que disten entre uno y otro. El objetivo de la maldad era silenciar aquellas voces que clamaron en el desierto. Juan, contra adulterios e injusticas, bautizando a sus conversos. Monseñor Romero, en su famoso sermón en la Catedral, ordenándole a los militares el cese de toda represión. La brutal respuesta no se hizo esperar. Aquella fatídica tarde, Monseñor celebraba, un poco adelantado, su propia Semana Santa, en la Capilla del “Hospital La Divina Providencia” u “Hospitalito”. El estruendo de un solo tiro precedió su caída. Sangre y vino. La consagración más grandiosa en la historia de América. Juan y Monseñor Romero. Sangre y voces de profetas se unieron para siempre. Ya no hay desiertos capaces de resistirse a sus voces.

En “Piezas para un retrato”, María López Vigil recoge testimonios y escribe: “La Capilla del Hospitalito es luminosa aún a las horas en que el sol comienza a hacer viaje…Detrás del altar, un Cristo en cruz mira siempre hacia arriba, luchando por escapar de la muerte…Monseñor llega puntual, revestido con la casulla morada de cuaresma. Se inclina sobre el altar y lo besa…Oremos: Señor Dios nuestro, que quisiste que tu Hijo se entregara a la muerte…Después de leer en el evangelio la parábola del grano de trigo que al caer en la tierra de multiplica, comienza la homilía…Vuelve al centro del altar para ofrecer a Dios el pan y el vino…Al levantar los ojos, por los cristales de la izquierda alcanza a mirar el fogonazo, un segundo de luz, ruido y pólvora. Fue un solo tiro a la altura del corazón. Cae derribado a los pies del crucifijo. Y en un instante siembra el suelo de semillas de sangre.”

En aquel momento, Jesús, que había subido a una montaña para predicar, sintió un inmenso dolor en su corazón, tan intenso como el que el día anterior había sentido por el asesinato de Juan el Bautista. Dolores premonitorios de los presentes por llegar. Y fue entonces, digo yo que inspirado por la muerte de éstos dos justos, que dijo el sermón de los sermones: “Felices los pobres en espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Felices los bondadosos, porque ellos serán dueños de la tierra. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados. Felices los perseguidos y asesinados por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.”

luisrochaurtecho@yahoo.com

“Extremadura”, 25 de marzo de 2010.