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Deseo aclarar algunas suposiciones emitidas por Manuel Fernández que no corresponden a mi intención. Me he referido a los representantes de los Movimientos y Partidos de izquierda debidamente acreditados, y a sus posiciones reflejadas en los documentos de las organizaciones y que, lógicamente, defendían. No he considerado esa otra categoría muy numerosa, y confusa, de exilados sin representación. Los primeros, en su mayoría, dieron prueba de una gran dignidad y para muchos no fue fácil el espacio europeo, como tampoco lo ha sido su reinserción. Los militantes regresaron y los que no pudieron, han vivido el exilio con angustia. El caso de Nicaragua es aparte, el FSLN gobernaba. Su embajada era oficial.

Por mi experiencia, no me parece que las incomprensiones con las mujeres de barrios pobres, que he conocido y apreciado en muchos países, vengan de las diferencias de vestido y de lenguaje. Se producen por la desconfianza entre grupos clientelares de intereses contradictorios que generan rechazo. Es un error suponer que solo he tratado con intelectuales de clase media. Conozco el Movimiento campesino e indígena del Continente y he apreciado el nivel de exclusión y de racismo del que ha sido víctima, también las tensiones con la evolución urbana y la izquierda. No es un enfoque mío étnico, es una realidad muchas veces ignorada.

Me hubiese parecido pretencioso ponerme a rebatir teóricamente, o a completar, el estudio de alto nivel que ha realizado el profesor Pérez Baltodano, al ofrecernos su visión de la subversión ética de la realidad en América Latina. He leído el libro, en su totalidad, con mucho interés y lo que he querido resaltar es que se adapta a lo que es mi propio análisis basado en una historia particular de América Latina en Europa y de una mirada desde Europa hacia América Latina. He tratado de poner un granito de arena en una reflexión constructiva, en la que me integro como parte de esos “globos pendientes en el aire pero que un hilo retiene impidiendo que se pierdan en el espacio” recogiendo la bonita imagen de Onofre Guevara en su comentario a la presentación del libro del profesor Baltodano, en la que sentí no poder participar.

Además, pienso que al autor no espera que su libro se quede solo en el nivel de un núcleo limitado de teóricos nicaragüenses o latinoamericanos; desea, sin duda, que se aporten elementos de conocimiento y sentimiento, para la transformación social, a partir de herramientas de reflexión y análisis.

El marxismo como aporte al pensamiento ha supuesto un método de análisis de la explotación humana existente, a partir de un momento histórico determinado. Pero de lo que se trata no es de mirar el pasado por sí mismo, más bien de buscar un camino para la superación de la pobreza y la exclusión social, cosa que, hasta ahora, la práctica de las teorías políticas y económicas: marxismo o capitalismo neoliberal, por el momento, no han permitido.

Me he formado dentro del pensamiento teórico científico europeo. El análisis cartesiano está en mi práctica y reconozco sus virtudes, que han supuesto un avance en los métodos de pensamiento humano, como forma de ordenar y clarificar un razonamiento indispensable en todo estudio teórico.

No me parece que se deba considerar el pensamiento intuitivo como contrario al pensamiento conceptual, por mucho que Kant lo declarase en su día. Los dos están en la “completud” humana reflejada en el libro que nos ocupa.

Muchos de los teoremas que Newton enunció intuitivamente se verificaron después y considero que nuestro conocimiento reflexionado y abstracto deriva de un conocimiento intuitivo, como lo han enunciando varios científicos, filósofos y humanistas.

Por supuesto, las intuiciones no están eximidas de la obligación de sustentarlas por el análisis de la razón. En el momento del gran avance del pensamiento científico se pensó, como nos recuerda Levy Strauss, que era necesario apartarse del mundo de los sentidos. El pensamiento científico permite dividir la dificultad en tantas partes como sea necesario para resolverla. Es un método válido de demostración, pero que no ha podido todavía ofrecer una respuesta global al enigma del universo, que contiene la idea de Dios. Un método de razonamiento “científico” lo es en el sentido de que es capaz de demostrar lo acontecido, si se hacen las buenas preguntas en el inicio; no si se parte de visiones alejadas de una realidad histórica concreta que se pretenden transformar.

Dentro de esa misma lógica, el libro de Andrés Pérez Baltodano pone de manifiesto que enfrentamos un grave problema. Se ha considerado el pensamiento científico económico marxista como dogma, sin apreciar --además del análisis del punto de partida que puede ser erróneo--, que toda teoría depende de lo que los seres humanos hagan, o no hagan, con ella en esos momentos históricos. Hemos visto que se pueden pensar teorías económicas de justicia social, como la marxista, y seguir actuando en función de principios y costumbres arcaicos que no tienen que ver con ese pensamiento.

En este nuevo momento histórico globalizado dentro de asimetrías inaceptables ética y humanamente, estamos de nuevo frente a la necesidad de una metamorfosis y se sabe que las especies que no consiguen mutar en función de la urgencia de nuevas necesidades desaparecen.

He creído entender que el análisis de Andrés Pérez Baltodano es tanto científico como intuitivo. Obliga a plantear que es tiempo de salir del pozo en el que estamos hundidos al separar la coherencia entre el sentir, el pensar y el hacer. Es una mutación indispensable, o estamos condenados a autodestruirnos. La crítica del pasado solo tiene sentido si sirve para pensar un porvenir.

El mundo de la gente sencilla es sensitivo con valores y costumbres, unos rescatables y otros supersticiosos que conviene poder superar. Es un enfoque de partida que no se puede obviar. Una cultura cristiana milenaria, - aunque yo no sea creyente de su dogma- puede servir si es sincera para apreciar valores que permitan liberar la acción política, y no depravarla para afianzar poderes excluyentes y abusivos, como lo que sucede. En el caso del Continente latinoamericano, con altísimos índices de inequidad, esa práctica política es aniquiladora.

A propósito del comentario de Cornelio citando la “juventud” social del Continente que muchas veces se resalta, considero que una categoría de edad no es un valor en sí mismo, como tampoco en el caso del género o de la raza. Se debe considerar por su capacidad de aporte a la transformación social a partir de un proyecto con existencia real y de un momento histórico definido. Y si el ideario consumista del liberalismo económico ha sido perverso en algo, es en haber conseguido atacar el sueño transformador de la juventud, vendiendo pacotilla en sociedades salvajes y excluyentes.