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La educación no se debe a sí misma, sino al desarrollo integral de las personas, de la sociedad y del planeta que regentan. Por ello, pensar la educación encapsulada, aislada del entorno, sería traicionar al país, a la gente y al planeta. Esta asociación educación-desarrollo, tan frecuente como poco aclarada, ha tenido explicaciones generalmente tradicionales. Lugares comunes se repiten en múltiples estudios, como si el modelo de desarrollo ya estuviera predeterminado y a la educación sólo le restara responder funcionalmente a él. De esta forma, la educación hace la función de afianzar tal modelo, y nunca cuestionarlo.

Pero, ¿de qué modelo de desarrollo se habla? Es frecuente relacionar la educación con la globalización, pero raramente se la relaciona con un concepto mucho más amplio, rico y esperanzador: la planetarización. El principal objetivo de la educación ha de ser, precisamente, educar para propiciar un nuevo modelo de sociedad-mundo en esta era planetaria. Para ello es preciso comprender el devenir de la planetarización de la humanidad y el desafío que plantea a la gobernabilidad; es necesario ver la tierra como ser vivo y no, como suele verse: inerte, inanimado.

Al hablar de planetarización, estamos superando el término globalización. Es un concepto innovador, radicalmente antropológico, que expresa la inserción simbiótica de la humanidad en el planeta Tierra. La Tierra no es sólo el terreno en el que se despliega la globalización, sino una totalidad compleja física-biológica-antropológica, emergiendo la vida de la propia historia de la Tierra, y la humanidad de la vida terrestre. La relación del ser humano con la naturaleza y el planeta no puede concebirse de un modo reductor ni separado, tal como la globalización lo contempla; la tierra no es la suma de elementos disjuntos: planeta físico, biosfera, humanidad, sino que la relación Tierra-Humanidad debemos concebirla como una entidad planetaria y biosférica.

La noción de educación para el desarrollo continúa mostrándose subdesarrollada. La misma es un producto pobre y abstracto, ligada a una fe ciega en la irresistible marcha del progreso, lo que le ha permitido eliminar dudas y ocultar las barbaries materializadas en el desarrollo del desarrollo. Este mito del desarrollo ha determinado la creencia de que hay que sacrificarlo todo por él. En definitiva, las crueldades de las revoluciones sufridas por el desarrollo, han agravado las tragedias de nuestros pueblos subdesarrollados. Tanto la ciencia, como la técnica y el desarrollo económico, que parecían ser el motor de un progreso seguro, revelan sus ambivalencias.

Esta visión del desarrollo ha sufrido el revés al evidenciar que la carrera del crecimiento ha costado la degradación de la calidad de vida, producto de la lógica de la competitividad. Este desarrollo ha suscitado y favorecido la formación de enormes estructuras tecno-burocráticas que dominan y pisotean todos los problemas individuales y sociales, produciendo irresponsabilidad y desapego. Frente a este enfoque emerge una demanda de solidaridad concreta y viva, de persona a persona, de grupos a personas, de personas a grupos. Una solidaridad que supere las leyes y decretos. Una visión de derechos que logre trasvasar una visión de Derechos Humanos y avanzar, de forma más integral y amplia, a los derechos del Planeta Tierra, considerando a ésta como la integración armónica de todos los derechos.

La educación, hasta ahora, ha respondido, de manera funcional, al mercado, presidido por este modelo de desarrollo irresponsable. Las transformaciones curriculares, si bien han incluido nuevas sensibilidades educativas y sociales, no han imprimido a éstas una base sólida que las justifique y las dinamice en su aplicación práctica. Al final, en el centro educativo, que ha de ser la célula fundamental en la que surja este nuevo modelo de relación humana y se aprenda la comprensión de la condición humana y del planeta, se reproducen las mismas relaciones sociales y económicas del mercado, simplemente adornadas de nuevos tópicos ambientalistas.

Desde un Plan Decenal que se abre camino en los municipios y que se espera sea ampliamente participativo, el país tiene la oportunidad de introducir nueva savia a la educación, de manera que ésta atraviese las fronteras de sus autolimitaciones tradicionales e incorpore la riqueza que proviene de su intersectorialidad y transectorialidad. Desde esta nueva lógica, la educación ha de amamantar un desarrollo humano estrechamente ligado a la lucha por los derechos del planeta, tanto desde su haber natural, su biodiversidad, de su diversidad humana expresada en la capacidad y riqueza de cada persona, como de su visión antropológica, social y cultural.

Una educación capaz de enfrentar, desde contenidos, competencias y valores que se orienten, como prioridad, a aportar de forma constructiva y creativa a la superación de las graves brechas de deterioro que sufre nuestra naturaleza, las que han sido consensuadas por el grupo de 28 científicos del mundo coordinados por Johan Rockoström, que presentaron el estudio “Límites planetarios”, en el que señalan 9 límites que es necesario revertir con acciones que contribuyan a recuperar el planeta; los mismos debieran bañar todos los currículos de los niveles educativos: 1) cambio climático, 2) acidificación de los océanos, 4) agotamiento de la capa de ozono, 5) uso planetario del agua dulce, 6) cambio en el sistema del uso de la tierra, 7) pérdida de la diversidad biológica, 8) la carga atmosférica de aerosoles y 9) la contaminación química.

Ideuca