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Entre mediados de abril y principios de junio de 1981 —¡hace 31 años—, gracias a una beca del Deutscher Akadimescher Austauschdientst (DAAD), tuve la suerte de consultar en el Instituto Iberoamericano de Berlín el manuscrito que de la farsa indohispana del siglo XVIII, El Güegüense, había descubierto Walter Lehmann (1878-1939) a principios del siglo XX. Mi propósito era estudiarlo y, posteriormente, difundirlo; así lo hice en el primer tomo de mi edición a la referida obra clave de nuestra cultura mestiza o bailete dialogado de la época colonial (Managua, Ediciones Americanas, 1984), cuyas páginas 101-156 reproducen dicho manuscrito en facsímil.

El hallazgo de esa joya literaria se inscribía dentro de la vasta labor de investigación en el área centroamericana y México realizada por Lehmann, cuyo legado etnológico, lingüístico y, sobre todo, fotográfico ha sido objeto de una monografía impresa el año pasado y recientemente presentada en el Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica de la UCA. Walter Lehmann, Berolinensis (nacido en Berlín), como le agradaba firmar, es uno de los más importantes americanistas contemporáneos de Alemania.

Basta citar su monumental obra en dos volúmenes Zentral Amerika (Berlín, Dietrich Reimer, 1920), la mayor sistematización y el más completo rescate de las lenguas indígenas del Istmo —muchas de ellas extintas—, cuya versión en español continúa pendiente. De ahí que en el número 47 del Boletín Nicaragüense de Bibliografía y Documentación (mayo-junio, 1982) haya insertado los vocabularios que el científico germano compilara de las lenguas mangues, subtiava, matagalpa y garífona. Mejor dicho: durante su experiencia en Nicaragua.

Así lo informó el propio Lehmann en su “Reisebericht aus Managua” (Relato de viaje desde Managua), datado en nuestra capital el 10 de abril de 1909. Allí afirma que en diciembre de 1908 llegó a Masaya para realizar estudios sobre la lengua mangue o chorotega. Sin embargo, tanto en la ciudad como en sus alrededores, comprobó que esa lengua —relacionada estrechamente con la chipaneca— ya había desaparecido. Todas las personas mayores que la habían hablado tenían años de haber muerto, y muy poca gente se acordaba de algunos vocablos escuchados de sus padres o abuelos. Con mucha dificultad, Lehmann pudo anotar algunos, entre ellos los apellidos Potoy, Potosme, Ondoy, Nicoya, Telica y otros.

A Lehmann le llamaron la atención los bailes en Monimbó. “Obtuve una serie de máscaras —relata— con sus correspondientes instrumentos musicales. Logré bien, en el caso de algunos, anotar el canto y los ritmos del tambor, ambos muy particulares y primitivos. A pesar de su vinculación con el ritual católico, uno de ellos —El Torovenado, que en el fondo remite a una caza donde un tigre persigue a un venado— es de procedencia indígena. En dicho carnaval desfila una secuela de personajes con máscaras grotescas que, en su mayoría, representan ciertas enfermedades y defectos físicos, tal como la boca chueca, la parálisis facial, ojos o dientes salidos, barbillas prominentes, etcétera. Este hecho es significativo porque indica la relación entre enfermedad, demonios de la enfermedad y máscaras. Aquí reside una idea cristiana que posteriormente se introdujo como un pretexto, esto es: que el enfermo le promete a un santo protector un baile con el fin de curarse. Pero esta idea ya está olvidada, y el Torovenado actual se desarrolla de tal manera que consiste en una burla de ciertas personalidades por medio de la exageración de sus rasgos físicos característicos”.

Pero el máximo descubrimiento de Lehmann en Monimbó fue el llamado “Baile del Macho Ratón”, o sea El Güegüense: “Logré copiar dos versiones completas del texto de esta farsa, llena de provincialismos y de frases nahuas mutiladas” —anotó. Pero, en realidad, lo que encontré entre sus papeles fue un único manuscrito de 56 folios (18x12 cm), copiado por el americanista alemán en la ciudad de Masaya, hotel Ascárate, entre el 13 y el 18 de diciembre de 1908; exactamente, lo terminó de transcribir a las 2.45 pm. del último día, según lo consigna.

Su “Original del baile del Macho Ratón” se basaba en otro, fechado el 29 de junio de 1867, propiedad de Ramón Zúñiga, de Masatepe, facilitado por el coronel don Rafael Caldera, de Masaya. Otras personas que le aportaron información en la misma ciudad fueron Felipa Romero, Guadalupe Chávez y Francisco Ortega; pero en sus amplias anotaciones a su manuscrito, Lehmann cita constantemente a “Versión N.,” o sea, las variantes que en Nandaime se daban de El Güegüense. ¿Disponía, pues, de otro manuscrito —como el de Masatepe— procedente de Nandaime? Es lo más probable.

El hecho es que la transcripción de Lehmann es la más completa que se conserva de la pieza representativa de nuestro mestizaje rebelde, pues contiene 11 parlamentos que no figuraban en su versión más conocida: la de su coterráneo el doctor Carl Hermann Berendt (1874), tres de ellos en versos octosílabos, distribuidos en cuartetas con rimas asonantes y consonantes (ABCB). Asimismo, presenta un personaje más: el Arriero (conductor de la carga y los machos) y el hijo del Güegüense: don Forsico recibe el nombre de “Don Torcico”. Lamentablemente, connotados estudiosos han prescindido de estos fundamentales hallazgos desde 1984. En otras palabras, desdeñan la riqueza que entrañan.

Durante mi encuentro con los papeles de Lehmann en el Instituto Iberoamericano de Berlín, logré fotocopiar otras piezas de carácter folclórico que había transcrito su finado discípulo Gerdt Kutscher. A saber, cinco “Canciones recogidas en León” y una “Loa del Mangue (de Nicoya)”, publicada respectivamente en los números 48 (julio-agosto, 1982) y 49 (septiembre-octubre, 1982) del Boletín Nicaragüense de Bibliografía y Documentación (BNBD). En este veterano órgano de la Biblioteca del Banco Central de Nicaragua —que se aproxima ya a las 150 entregas—, también difundí dos obras escénicas que aún no han recibido el estudio o la valoración que merecen: el “Papel de la Pascuala” (auto sacramental) y el “Baile de los Mantudos” de León.

El “Papel de la Pascuala” que posee algunas palabras en mangue, guarda similitudes fonéticas y léxicas con la “Loga del Niño Dios” —recogida por Berendt en 1874— y fue copiado el 27 de enero de 1875 por Ramón Zúñiga (¡otro aporte de este desconocido folclorista pionero!) en Masatepe. En cuanto al “Baile de los Mantudos” de León, consta de al menos siete personajes: el Galán, la Dama, el Rey de los Diablos, Viejo y Vieja, Mono y Macho. Si el texto del primero suma 470 versos octosílabos, el segundo 74.

También lamentablemente en la monografía del Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica, de la UCA, no se consignan —dentro de su bibliografía— estas publicaciones. ¿Desconocimiento supino? ¿Desprecio cómplice? ¿Falta de profesionalidad? ¡Quién sabe! Pero estos textos de nuestra tradición literaria oral, o más específicamente de nuestra oralitura —todos rescatados por Walter Lehmann— se habían difundido en el BNBD. ¡Hace más de treinta años!

Para terminar, sólo quisiera transcribir una de las canciones de León, mejor dicho, su letra que no es otra cosa que el diálogo de unos cónyuges: “—Abrime tus puertas, mi alma, / que me quiero reclinar / en tus pechitos. // —Reclinate en los pechos / de tu abuela / que después de dormir con tus queridas / no me venga un momento a despertar. / Reclinate en los pechos de tu abuela / bandido, regrosero, rejodido, repisado / que después de dormir con tus queridas / no me venga un momento a recordar.”