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Ojalá que el presidente de Uruguay, José Mujica, haya visto la película Invictus antes de asumir el primero de marzo. El último filme de Clint Eastwood trata de la vida de Nelson Mandela, el político por antonomasia que el Siglo XX lega a la historia.

Mandela es un caso atípico en el desempeño de líderes nacionales y un aspecto no menor, entre sus múltiples cualidades, lo constituye su comprensión cabal del carácter de servidor público que conlleva la responsabilidad de gobernar. Invictus se centra en una genialidad de Mandela para intentar unificar a su nación en torno al logro de la copa mundial de rugby disputada en Sudáfrica en 1995.

Transformó esa justa deportiva --sentida como exclusiva por la minoría blanca sudafricana (9 % de la población) y odiada, o vista con indiferencia, por 34 millones de negros-- en una causa nacional. Por primera vez en la historia de esa nación, negros y blancos festejaron juntos en las calles del país.

Mandela, que había sido electo presidente dos años antes, apenas cuatro después de su liberación tras 27 años en prisión, percibía que las secuelas del odiado régimen del apartheid eran muy fuertes. Naturalmente que hay muchos otros aspectos a tener en cuenta para comprender el tránsito del sistema impuesto durante tres siglos y medio en el país más rico de África por la minoría de afrikáners, descendientes de holandeses y británicos y, no menos polémico, es el resultado de la política de reconciliación impulsada por Mandela durante la década de los noventa, que, incluso, para algunos autores fracasó (LeFranc, 2005).

Aspectos aquellos que siguen gravitando en el presente sudafricano, con sus bolsones de desocupación juvenil, criminalidad y pobreza, flagelos bien conocidos en las sociedades latinoamericanas. A su vez, registra una de las más altas tasas del mundo de población infectada por VIH-Sida. Hay notorias diferencias entre ambos países y entre el ex presidente sudafricano y el uruguayo.

Tientos y diferencias. Mandela luchó a inicios de los sesenta contra una dictadura repudiada por casi toda la humanidad, condenada y sancionada por la ONU, que no dejaba el menor resquicio para la brega democrática. Mujica, ex guerrillero tupamaro, preso durante 13 años, en 1963 se levantó en armas contra una democracia. Sudáfrica y Uruguay son muy distintos en su historia, demografía, comercio, incidencia regional y posibilidades. No obstante, el presidente uruguayo enfrenta algunos aspectos comunes a esa situación narrada en la película basada en el libro “El factor humano”, del periodista británico John Carlin.

Mandela inició su grandiosa actividad pública a los 71 años y asumió como presidente de Sudáfrica a los 75. Mujica inicia su período presidencial a la misma edad. En el mundo occidental mediático, en que “la juventud” aparece paradigma y contraseña del éxito, estas vivencias de senectud, por sí solas, están aportando otra enseñanza a los jóvenes reales. Mandela fue percibido por la población sin acceso a las decisiones estatales de aquel momento de Sudáfrica, millones de personas históricamente postergadas y desatendidas por los anteriores gobiernos, como uno de los suyos que, además, durante décadas había sufrido injustos castigos por serlo.

Mujica es percibido como “uno de los nuestros” de igual manera por un importante porcentaje de ciudadanía uruguaya –logro no menor en sistemas políticos desprestigiados o en ciudadanos decepcionados— y también padeció durante años las consecuencias de esa identificación. Pero quizás las mayores coincidencias entre ambos puedan verificarse a partir del primero de marzo, cuando el veterano ex dirigente de la más mítica que efectiva guerrilla tupamara, inició con su mandato el segundo gobierno de izquierda en Uruguay.

Y esas similitudes deberían generarse en función de las características personales de Mujica, para intentar aunar a los poco más de tres millones de uruguayos que habitan en ese mediano país, “un algodón entre dos cristales” (Argentina y Brasil), según la definición de 1828 del diplomático británico Lord Ponsomby, uno de los muy interesados artífices de la República Oriental del Uruguay, emergida al mundo en 1830, dos décadas después que varios países latinoamericanos.

“Ni vencedores ni vencidos” fue la consigna con que, luego de doce años de guerra civil, se firmó en Uruguay el 8 de octubre de 1851 la paz que puso fin a la denominada Guerra Grande, en la que, si bien se gestaron las dos partidos tradicionales, Nacional y Colorado, “participaron ingleses, franceses, argentinos, brasileros, orientales, paraguayos, “Dios y todo el mundo”, al decir del ex presidente uruguayo Jorge Batlle.

En el protocolo del armisticio se añadió la frase “Somos todos hermanos”, sin embargo, la segunda mitad del Siglo XIX demostró que era una aspiración de deseos. El historiador uruguayo Washington Lockart llegó a contabilizar setenta y tres enfrentamientos en la joven nación, entre revoluciones, motines armados, levantamientos contra el gobierno, revueltas e intentos desestabilizadores, signados por un salvajismo y derramamientos de sangre escalofriantes, ocurridos desde esa Paz de Octubre hasta el fin de la guerra civil de 1904, cuando se inicia la transición del orden oligárquico hacia la etapa democratizadora.

Mujica, en su primer discurso como presidente electo, empleó aquella propuesta de hace más de un siglo y medio, aunque con un giro propio: “Ni vencidos, ni vencedores”, la que amerita ser considerada. El concepto “ni vencedores, ni vencidos” es ajeno al de la “lucha de clases”, en el que previsiblemente se encuadra, no solo Mujica, sino buena parte de la dirigencia de su fuerza política.

Más aún: se separa de la concepción de “conquistar el poder para realizar los cambios”, que tradicionalmente las fuerzas de izquierda de Uruguay han propugnado como imprescindibles y exclusivamente protagonizados por ellas. Y puede encuadrarse en una visión democrática del poder como consenso que supone diversos grados de coparticipación de distintos partidos políticos en la gestión de gobierno.

Si esto es así, estaría abriéndose una etapa inédita en la historia política uruguaya, por lo menos, en el plano de las aspiraciones. Señales. En la primera semana posterior a su triunfo, Mujica propuso como tema central de su agenda la reforma del Estado, llamada por el anterior presidente de izquierda, Tabaré Vázquez, la “madre de todas las reformas”, pero que no pudo cristalizar durante su administración.

Es un objetivo realizable en la medida que concerte voluntades propias y de la oposición, de lo contrario, repetirá la frustración de Vázquez. Por lo tanto, a menos de 24 horas del triunfo electoral, Mujica se reunió con Pedro Bordaberry, dirigente emergente del Partido Colorado, hijo del ex dictador entre 1973 y 1976 –y actual convicto— Juan María Bordaberry, y acordó la formación de equipos de trabajo para abordar los cambios en seguridad, educación, medio ambiente y energía.

Fue el inicio de una agenda negociadora. En esos primeros días, cuadró reuniones de trabajo con el principal líder opositor y ex candidato presidencial y ex presidente (1989-1994), Luis A. Lacalle, a quien derrotó en segunda vuelta por una diferencia de diez puntos (53% a 43%, unos 180 mil votos). La reunión fue calificada de positiva por ambos. De igual manera, propició encuentros con la central de trabajadores (PIT CNT) cuyo peso en la esfera estatal es significativo y una reforma del sector público, resistida por el PIT CNT, le atañe directamente. De allí quedaron acordados equipos de trabajo. Mujica también recorrió bufetes de abogados empresariales notoriamente opuestos a su elección y entidades gremiales de patronos, que ante la apertura conceptual del presidente, sumaron su aprobación a sus iniciativas.

Para Mujica, consustanciado con los sectores más pobres de la sociedad uruguaya, con un discurso electoral muy pegado a esa realidad social en la cual un 37% de sus niños nacen en hogares bajo el límite de pobreza, “alarmante” según Cepal, y en la que el 70% de su población percibe ingresos mensuales por debajo de los 750 dólares –aunque Uruguay ocupa el segundo lugar con menor incidencia de la pobreza, ubicándose en torno al 14% de la población en 2008— heredero de una aprobación a la gestión presidencial del 61%, la tentación de prometer más y profundos cambios para un segundo gobierno de izquierda –como buena parte de su electorado lo exigía previo a los comicios— hubiera sido lo esperable.

No parece ser la cosmovisión de Mujica. Las fracturas evidentes del tejido social uruguayo, otrora fuertemente entramado por una sólida clase media, la latinoamericanización uruguaya, que en la comparación regional de mediados del siglo pasado, parecía “un balcón con flores, al frente de un inquilinato en ruinas“, según cantó el inolvidable Alfredo Zitarrosa, requiere de una propuesta integradora, esperanzadora, para toda la ciudadanía, y no solamente para retroalimentar la mística de izquierda. Necesita de una iniciativa que también coagule el flujo emigratorio, en una población cuya pirámide social ya pone en riesgo la seguridad social y hasta la plena ocupación territorial de sus poco más de 176 mil kilómetros cuadrados.


Requiere en definitiva que la gestión de Mujica aprenda de la consigna de Mandela en 1995: “Un solo equipo, un solo país”.


*Periodista uruguayo.