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Es normal para un escritor de artículos de Opinión contar con críticas a las producciones que se publican en este diario, lo fundamental es escuchar estas críticas constructivas para cada día mejorar los contenidos, las formas de abordar la opinión, así como aceptar que uno se equivoca al dar una percepción que a veces se puede interpretar como un dogma de fe. Pues bien, eso mismo me ocurre luego de que una parte de un artículo o todo el escrito es cuestionado con alguien.

Hace un tiempo me pasó una anécdota con una amiga, profesora de la Universidad. Ella me criticaba el término “borrego”, que usualmente he utilizado para referirme a aquellas personas que se suman de manera incondicional a una idea o a un partido político, llenan las plazas, votan por sus candidatos y son capaces hasta de exponerse físicamente con tal de defender las ideas y posiciones que para muchos de nosotros no pasan de un absurdo engaño. Me seguía señalando que para ella yo estaba equivocado en cuanto a que muchas de las personas que asisten a estas actividades o que votan por sus candidatos, por muy nefastos que éstos sean, no lo hacen como borregos, es decir, arriados por un pastor con la amenaza de que un perro labrador los vaya a morder.

Según ella, las motivaciones no son necesariamente por el temor de un tarascazo, sino por intereses laborales, económicos, prebendas e incluso hasta el convencimiento mismo de los individuos. Debo confesar que en un inicio no me convenció del todo con sus argumentos, pues yo más bien me refería al punto de lo irracional de aquella nebulosa gris de nuestro cerebro que nos hace actuar de una manera inconsecuente con nuestras ideas o principios, sin importar que con estos actos quedemos expuestos a la más avergonzante de las actuaciones frente a nuestro entorno cercano.

Después de darle vuelta al asunto, un hecho sin precedente en la sociedad nicaragüense terminó de convencerme de manera contundente; era un hecho tan incuestionable, y que tiene relación directa con el único momento de la sociedad donde verdaderamente hacemos uso de la democracia: la votación en los procesos eleccionarios.

Las elecciones tienen su propia particularidad, no importa dónde se desarrollen, sea en Universidades, municipios, regionales o nacionales, siempre tienen la misma tónica: regalos de por medio, prebendas, promesas, discursos rellenos de mentiras que parecen verdades, en fin, unos más pintorescos que otros, al final todas se parecen.

Resulta que tras las elecciones siempre surgen las descalificaciones de quienes no tuvieron la astucia para ganar, para convencer a los otros de que su proyecto era el mejor o que por último, si ganaban el puesto serían beneficiados aunque fuera con algún huesito chabacano. Dentro de los análisis, se esgrime todo tipo de argumentos por los llamados equipos de campañas, que en muchos de los casos son los principales culpables de la pérdida del candidato; a veces, este mismo individuo se llena de gente que nada sabe de campañas electorales, son unos chagüiteros y oportunistas por excelencia. A veces se confunde la amistad con la capacidad, ahí está la primera gran equivocación de los candidatos, entonces estos mismos señores responsables de la pérdida tratan de buscar chivos expiatorios. Lo bonito de todo esto es que los culpables, al final, no están en el mismo círculo, sino aquellos que ni siquiera participaron guiando la campaña. En ese afán de autoengañarse, vociferan contra todas aquellas personas y cosas que no los beneficiaron.

El principal argumento es que los votantes fueron comprados, que les regalaron teléfonos celulares, computadoras portátiles, viajes a centros recreativos; que los alojaron en los mejores hoteles, que los uniformaron con camisetas polo y de variados colores, que les ofrecieron esto y aquello; que apelaron a su conciencia “revolucionaria e histórica”, que les pusieron en frente a un ser temido y respaldado por el terror histórico para intimidarlos; en fin, no terminaríamos la lista de cosas sobre las cuales estos equipos perdedores se quejan en reuniones hipócritas tras las causas de la derrota. Pero nadie analiza el papel, a veces torpe e ingenuo de los propios candidatos, quienes cegados por los halagos, y la propia arrogancia, no los deja ver que las cosas no se hacen al chamarrazo ni motivados por los cepillos que los rodean.

Una cosa es poner las promesas en papel y otra es saber vender las promesas; hasta la actitud derrotista al expresar que todo está perdido, es una de las principales causas de la derrota electoral. Descalificar el propio proceso y los votantes, señalándoles todas las cosas anteriores, lo que hacen es ganar adversarios y nunca votantes convencidos; se trata de competir con los prebendarios; se cree en el absurdo de que halagando al votante se gana la gloria. ¡Una grave equivocación que muchos siguen cometiendo!
Todo esto fuera posible y de seguro es posible, en las votaciones públicas a mano alzada y por el temor de represalias posteriores si alguien se atreve contradecir al aprendiz de caudillo. Pero esto no ocurre en las votaciones secretas; es a este punto donde quiero llegar, es en este momento que definitivamente me convenzo de que no existen los borregos. Nada más cierto que esto: en el recinto secreto sólo está el votante y su conciencia, buena o mala, es su “conciencia”, su razón de las cosas y su convencimiento de quién es el candidato que en esos últimos segundos ha escogido para marcar las boletas.

Claro que a algunos descerebrados se les puede ocurrir exigirles a sus fieles que tomen la foto del voto con el teléfono que les regalaron, pero esos son casos extremos de la enfermedad mental partidaria, pero en la mayoría de los casos tenemos votantes de niveles académicos muy altos; por ejemplo, profesores universitarios con unos niveles académicos de lo máximo, con maestrías, doctorados, diversos cursos de postgrados en universidades extranjeras. ¿Cómo puede ser un profesor de estos un borrego? ¡Jamás!
Una persona de este nivel debe estar absolutamente convencida de su criterio y elegir a quien cree será el mejor funcionario; es impensable que sean motivados por una orden partidaria; en el recinto secreto, son ellos los que toman la decisión; cabe señalar entonces, que son conscientes y absolutamente responsables por el resultado de la votación. Son ellos los que escogieron al candidato que creían el mejor; si en el ejercicio de su cargo el electo la embarra, los votantes son los directamente culpables de ello. Ni deberían de quejarse pública o privadamente.

Algunos se asustan, porque quienes supuestamente luchaban en contra de las ideas aberrantes del candidato oficialista, terminan votando por éste de una manera inexplicable. Déjenme decirles que no tiene por qué asustarse, sus críticas y su oposición no fueron ciertas, simplemente han sido unos vulgares oportunistas toda su vida, se venden al mejor postor y sus motivaciones son la frustración personal, la envidia, el odio, la revancha y todo ello lo hacen de manera consciente, ¡jamás han sido borregos!
En resumen, el resultado de las elecciones es producto de la conciencia de los propios votantes, independientemente del nivel que sean; no son los regalos los que compran a los electores, ya fue demostrado eso en el año noventa, son pruebas irrefutables, debemos vivir con eso, cada quien vota como quiere, cada quien escoge lo que cree merecerse, por lo tanto en Nicaragua no existen borregos. Todos son directamente responsables de sus propios votos.