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Soy Roberto, a nadie, mucho menos a mí, importa mencionar el apellido, ése era simplemente mi nombre de pila como solemos decir, cumplí en noviembre recién pasado 24 años, terminé hace cuatro la Secundaria, con dificultades; era afortunado porque tenía un trabajito reparando computadoras, lo que me permitía contar con mis centavitos para mantenerme y ayudar a mi familia; vivo con mi hijo de tres años, mi esposa –la quería a pesar de mis deslices— y mi mamá – pobrecita la vieja, ella decía: hijo, estos son días de guardar, divertite sanamente, mejor ya no tomés; todos ellos dependían de mí.

Me tomo mis tragos de vez en cuando, no se los niego, en ocasiones más de lo que podría llamarse un tomador social. Cuando uno está con los bróderes y las chavalas, se entusiasma, les sigue la corriente, se da sus escapaditas, no se quiere quedar atrás, así que la rempuja con todos para que lo vean que aguanta y no lo estén fregando por maricón. Durante la próxima Semana Santa un grupo de la oficina nos fuimos a la playa por dos días; me le escapé a mi mujer inventando un cuento chino que medio la convenció. En la mañana del día siguiente, después de una noche interminable en la que les confieso bailamos y bebimos hasta “caer muertos” –cosa que en mi caso no fue metáfora—, comenzamos con la comedera y bebedera desde temprano; para refrescarnos, nos metimos al agua.

El mar estaba bravo y el sol ardiente; sentí en la cabeza el fogonazo por el guaro que andaba adentro y el desvelo; no soy un gran nadador, pero me defiendo en condiciones normales y en aguas tranquilas; en aquellas circunstancias estaba aturdido, pero no me quería quedar atrás; por seguidores, “donde va Vicente allí va la gente”, la mayoría se metió al agua, yo también; para dármelas de machito me fui un poco más adentro que el resto; cuando me di cuenta, la corriente me alejó y nadie se dio cuenta en medio del alboroto y lo distraído que andábamos. Me percaté repentinamente que mis brazos no me respondían, estaban como entumidos y mis piernas parecían de trapo; el agua me entró por la boca y la nariz, los ojos se me cerraron, vi una luz, como un repentino destello solar que se apagaba mientras el aire escaseaba y el agua salada llenaba mis pulmones. Lo demás ya ustedes se lo imaginan. “En el acantilado de una roca / que se alza sobre el mar, yo lancé un grito / que de viento y de sal llenó mi boca…” (Darío, “Revelación”).

Ahora que leen esto anticipadamente, nada ha pasado aún, pero puedo contarlo, porque lo que para ustedes es un hecho futuro y no ocurrido, para mí es un pasado que puedo regresar para contar. En esta relatividad de las cosas y del tiempo, si estuviera en la posición de ustedes, no sospecharía lo que me ocurrirá durante la próxima Semana Santa; ustedes ya están enterados, gracias a la amabilidad de quien escribe al narrar lo que cuento; ojalá hubiera podido leerlo e identificar a ese que soy yo antes que ocurra lo fatal para ser precavido, menos aventado e irresponsable; ahora (después), quien se lamenta no soy yo, quien nada es, sino mi madre, mi mujer y mi pobre hijo que no termina de entender qué pasó (qué pasará). Si a alguien sirve este relato para evitar un daño posterior, me sentiré satisfecho de haber regresado para contarlo.

A Roberto no lo conocía, hasta ahora que nuestras circunstancias nos han unido sin querer. Durante la misma fecha y hora tuvimos finales iguales en rumbos y bajo responsabilidades distintas. Me llamaba Laura, llegué a los 29 años, madre soltera – sencilla pero guapa decían; modestia aparte, era cierto—, trabajo como dependienta en un supermercado, soy la menor de cuatro hermanas. La familia y unos amigos nos juntamos el Miércoles Santo para ir a la playa. Mi tío desde temprano se tomó dos cervezas, para ir “calentando motores” dijo; en el camino siguió con la tercera; conduce un camioncito de tina amplia, vamos amontonados, no sé cómo cabemos todos. Por la carretera, como a diez kilómetros antes de llegar al balneario, siendo las 9 a.m. aproximadamente, no pudo capear a otro vehículo que venía en su carril en sentido contrario; se produjo un lamentable accidente, el camión se volcó al tratar de enderezar el rumbo, en cuyos resultados yo, una de las que íbamos en la tina y que no toma licor, resultó con estas fatales consecuencias. El resto un poco golpeados, pero sin gravedad; gracias a Dios mi hija de ocho años, a quien llevaba junto a mí y traté de proteger ante el impacto, tampoco sufrió daños físicos, pero pude ver, es lo último que recuerdo, la angustia e impotencia en su carita y sus ojitos húmedos al verme tendida. Después vinieron lejanos, hasta perderse en el silencio, los gritos, las sirenas y las conocidas excusas, que el otro iba muy rápido, que se cruzó la doble raya amarilla, que la calle no estaba bien señalizada, que no se qué otras cosas... Sabemos cuál es la verdad y nos da temor aceptarla. Hubo llantos, culpas y todo quedó frustrado. Mi fin llegó inesperada e inútilmente.

A Roberto y Laura tal vez nadie los mencionará ni conocerán su historia; serán una amarillista, alarmante y pasajera noticia de las tantas que se escucharán, leerán o verán en los medios de comunicación durante estos próximos días santos; un rato después las habremos olvidado; estas dos personas serán invisibilizadas en las estadísticas oficiales que la Policía (una víctima por accidente de tránsito) y la Cruz Roja (un ahogado por imprudencia) anunciarán en su cotidiana y periódica conferencia de prensa que despliega y compara cifras de un año y otro. A ellos los recuerdan y lloran únicamente sus parientes más cercanos. Para quienes dejan y dependían de ellos será una huella que marcará su futuro; verán más restringidas sus oportunidades entre las conocidas limitaciones. Alguien podrá decir, como tantas veces se dice ante lo irremediable, según escribe Herta Müller (Nobel de Literatura 2009): “lo único que no le he perdonado es que se muriera tan rápido, como si no hubiera tenido a nadie”.

Sin embargo, lo que ocurrió aún no ha ocurrido. Roberto y Laura, los amigos y parientes del primero y de la segunda podrán conocer la anticipación de los acontecimientos y quizás reflexionen. La presente crónica es evitable, pero a pesar de eso, lo que en ella se narra lamentablemente existe, ha sido escrita. El fin nos espera a todos un día, es lo único certero, pero ¿para qué buscarlo o porqué encontrarlo anticipadamente por la irresponsabilidad propia o la ajena? La Cuaresma termina invitando a la penitencia y al cambio, abre una puerta por la cual quizás no hemos decidido entrar absorbidos como estamos en el inútil bullicio contemporáneo. Paz y Bien.


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