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“Si los nicas son tan buenos, ¿por qué Nicaragua está tan jodida”, me cuentan que dijo, con cierta nota de incredulidad y reclamo, una funcionaria internacional cuando se enteró de que el concurso para un alto cargo en una de las agencias de las Naciones Unidas había sido ganado por un nicaragüense. Y ocurre que no era el primer o la primera nicaragüense que ascendía, por sus propios méritos, a un cargo de importancia en el sistema de Naciones Unidas y otros organismos internacionales.

Por mi trabajo en diversos países, he tenido oportunidad de conocer de primera mano la experiencia de nicaragüenses regados por todo el mundo -por exilios políticos, o por exilios económicos, como ocurre en los últimos años con la migración- encontrando en otras partes las oportunidades que en Nicaragua no tuvieron, y alcanzando los resultados que les hubiera gustado tener en su país.

Somoteños y somoteñas, y otros segovianos, apreciados por su eficiencia y honradez, en San Sebastián, en el norte de España. “Son los mejores trabajadores”, me dijo en esa ciudad el dueño de un hotel en 2006, poco antes de que aceptara a Herty Lewites la invitación para regresarme a la política en Nicaragua.

“Ya quisiera que todos trabajaran como los nicaragüenses”, me dijo recientemente un empresario de la construcción en Costa Rica. Y su esposa agregó, “mis empleadas son nicaragüenses o son nicaragüenses”, dejando entender que prefería no tener empleadas, si no eran nicaragüenses.

Y el otro día me encontré en un avión a un exitoso profesional de la medicina, residente en Miami, quien al identificarme y recordar que había sido compañero de estudios de algunos de sus primos mayores, me dijo que ya eran treinta y cinco los miembros de su familia, todos profesionales exitosos en los Estados Unidos en el campo de la medicina, la ingeniería, incluyendo la aeronaútica espacial, los bienes raíces, la docencia, los negocios.

Y podría citar muchos y muchos más casos. El tema de la diáspora nicaragüense en general exitosa en base al esfuerzo y la honestidad, es precisamente objeto de estudio de un distinguido profesional nicaragüense, Sergio Zeledón, con quien estudiamos en el hoy desaparecido Instituto Pedagógico de Diriamba, y que ahora trabaja en la Universidad Internacional de la Florida.

La dudosa reflexión en tono de interrogante, “si los nicaragüenses son tan buenos, ¿por qué Nicaragua está tan jodida?”, solamente admite una explicación: porque a Nicaragua le ha fallado la política, le hemos fallado los políticos, y ya es hora que se deje -por ese sentimiento perverso de “victimización” que con tanta frecuencia sale del discurso oficial- de echar a otros la culpa que fundamentalmente es nuestra responsabilidad.