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Charles Darwin vivió en el siglo XIX pero la inmensa trascendencia de su trabajo se comenzó a vislumbrar en el XX con los sorprendentes avances de varias ciencias en ese siglo, sobre todo de la genética. Su teoría de la evolución sigue siendo fundamental en nuestros días.

Darwin nació en 1809; en 1876, a la edad de sesenta y siete años, escribió su autobiografía dirigida a sus hijos. El naturalista murió a los setenta y tres años de edad.

En 1887, cinco años después de la muerte de Darwin, su familia publicó su autobiografía mutilada en la que se omitían aquellos párrafos que expresaban opiniones muy delicadas que habrían sacudido a la sociedad de aquel entonces. En 1958 por fin vio la luz la versión íntegra del original, incluyendo los pasajes previamente censurados. Hace poco un amigo me prestó el librito correspondiente a una reciente traducción del texto al español. En él aparecen en negrita todos los párrafos que se habían omitido en las ediciones anteriores; esto hace el libro aún más interesante ya que además de contar con las opiniones de semejante coloso de la investigación científica, podemos apreciar qué cosas fueron consideradas censurables por la propia familia del sabio.

A continuación presentaré varias citas textuales de la autobiografía de Darwin no censurada, que se refieren al tema de Dios y de la religión. Por supuesto, todas estas citas aparecen en negrita en el libro (habían sido censuradas).

Darwin fue creyente religioso hasta los cuarenta años de edad. Cuando escribió “El Origen de las Especies” creía en Dios y su principal argumento para ello era que siempre había en las cosas una relación causa-efecto que lo llevaba a una “primera causa” (comillas de Darwin). En su autobiografía se refiere a la etapa de su vida de creyente en la que pensaba así. En uno de los párrafos pertinentes dice lo siguiente sobre las creencias religiosas: “¿No serán, quizá, éstas el resultado de una conexión entre causa y efecto, que, aunque nos da la impresión de ser necesaria, depende probablemente de una experiencia heredada? No debemos pasar por alto la probabilidad de que la introducción constante de la creencia en Dios en las mentes de los niños produzca ese efecto tan fuerte y, tal vez, heredado en su cerebro cuando todavía no está plenamente desarrollado, de modo que deshacerse de su creencia en Dios les resultaría tan difícil como para un mono desprenderse de su temor y odio instintivos a las serpientes”.

Sobre la pérdida de su fe religiosa: “No obstante, era muy reacio a abandonar mis creencias. Y estoy seguro de ello porque puedo recordar muy bien que no dejaba de inventar una y otra vez sueños en estado de vigilia sobre antiguas cartas cruzadas entre romanos distinguidos y sobre el descubrimiento de manuscritos, en Pompeya o en cualquier otro lugar, que confirmaran de la manera más llamativa todo cuanto aparecía escrito en los Evangelios. Pero, a pesar de dar rienda suelta a mi imaginación, cada vez me resultaba más difícil inventar pruebas capaces de convencerme. Así, la incredulidad se fue introduciendo subrepticiamente en mí a un ritmo muy lento, pero, al final, acabó siendo total. El ritmo era tan lento que no sentí ninguna angustia, y desde entonces no dudé nunca ni un solo segundo de que mi conclusión era correcta. De hecho, me resulta difícil comprender que alguien deba desear que el cristianismo sea verdad, pues, de ser así, el lenguaje liso y llano de la Biblia parece mostrar que las personas que no creen -y entre ellas se incluiría a mi padre, mi hermano y casi todos mis mejores amigos- recibirían un castigo eterno. Y esa es una doctrina detestable”.

Sobre la Biblia: “Pero, por aquel entonces, fui dándome cuenta poco a poco de que el Antiguo Testamento, debido a su versión manifiestamente falsa de la historia del mundo, con su Torre de Babel, el arco iris como signo, etc., y al hecho de atribuir a Dios los sentimientos de un tirano vengativo, no era más de fiar que los libros sagrados de los hindúes o las creencias de cualquier bárbaro”.

“Por más hermosa que sea la moralidad del Nuevo Testamento, apenas puede negarse que su perfección depende en parte de la interpretación que hacemos ahora de sus metáforas y alegorías”.

Sobre el infierno: “Para nuestra mente, un ser tan poderoso y tan lleno de conocimiento como un Dios que fue capaz de haber creado el universo es omnipotente y omnisciente, y suponer que su benevolencia no es ilimitada repugna a nuestra comprensión, pues, ¿qué ventaja podría haber en los sufrimientos de millones de animales inferiores durante un tiempo casi infinito?”.

Sobre las mujeres y el escepticismo: “Nada hay más importante que la difusión del escepticismo o el racionalismo durante la segunda mitad de mi vida. Antes de prometerme en matrimonio, mi padre me aconsejó que ocultara cuidadosamente mis dudas, pues, según me dijo, sabía que provocaban un sufrimiento extremo entre la gente casada. Las cosas marchaban bien hasta que la mujer o el marido perdían la salud, momento en el cual ellas sufrían atrozmente al dudar de la salvación de sus esposos, haciéndoles así sufrir a éstos igualmente. Mi padre añadió que, durante su larga vida, sólo había conocido a tres mujeres escépticas; y debemos recordar que conocía bien a una multitud de personas y poseía una extraordinaria capacidad para ganarse su confianza. Cuando le pregunté quiénes eran aquellas tres mujeres, tuvo que admitir que, respecto a una de ellas, su cuñada Kitty Wedgwood, sólo tenía indicios sumamente vagos, sustentados por la convicción de que una mujer tan lúcida no podía ser creyente” (el padre de Darwin era un respetado médico que tenía un vastísimo círculo social).

Sobre el Dios que muchos sienten en su corazón: “No consigo ver que tales convicciones y sentimientos íntimos posean ningún peso como prueba de lo que realmente existe”.


pedrocuadra56@yahoo.com.mx