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La política científica y tecnológica de un país tiene que definir la posición nacional frente a una serie de desafíos, entre los que ocupan lugar destacado los relacionados con el fomento de la ciencia, la investigación científica, la innovación y la transferencia de tecnología. En definitiva, reconocido el papel de la ciencia y la tecnología en el desarrollo, la política científica tiene que determinar a qué tipo de actividad debe la comunidad científica otorgar prioridad y qué tipo de conocimientos o tecnologías creados en los países avanzados conviene adoptar para economizar recursos y saltar etapas. Quizás el problema más complejo sea el que se refiere a la transferencia de tecnología.

Por un buen tiempo, el llamado “sector moderno” de la sociedad tendrá que seguir dependiendo de tecnologías extranjeras. Ante este hecho real, la política científica y tecnológica tendría que orientarse a crear las condiciones que permitan elegir, entre las tecnologías disponibles, las que en cada caso sean más adecuadas y, simultáneamente, promover la construcción de capacidades nacionales de generación tecnológica. Mas, es preciso tener presente que el traspaso eficiente y sin perjuicios de la tecnología extranjera requiere que el país recipiente haya alcanzado un grado de desarrollo científico que le permita discernir, discriminar y juzgar críticamente para lograr una adopción adecuada y beneficiosa. Una lúcida transferencia tecnológica se asemeja al proceso de innovación y permite crear las condiciones para el fortalecimiento de la capacidad propia, que es la que en definitiva rompe con la dependencia de la tecnología extranjera. No cabe duda que el desarrollo científico es el que aumenta la capacidad para discernir entre varias técnicas competitivas y mejora la habilidad para negociar licencias y patentes.

La política científica y tecnológica debería también dar la necesaria importancia a las tecnologías tradicionales o autóctonas que, en ningún momento, cabe desdeñar, sino más bien revalorizar y perfeccionar, desde luego que a través de ellas la sociedad reafirma sus características culturales propias, amén de que pueden constituir un cauce para estimular la capacidad tecnológica autóctona.

Evidentemente, la primera tarea consiste en localizar la tecnología necesaria; esto supone el acceso a bancos de datos y la incorporación en las redes telemáticas mundiales. Una de las características del conocimiento contemporáneo es su globalización. Esto significa que el conocimiento y sus aplicaciones tecnológicas, producido en cualquier lugar del mundo desarrollado, pueden ser accesibles a las comunidades académicas e industriales del mundo en desarrollo.

Por otra parte, al conocimiento se le reconoce hoy día como el “cuarto factor de la producción”. La emergencia de la información y el conocimiento como recursos de producción, y su comunicación y difusión como factor de desarrollo, es otro de los fenómenos contemporáneos del que los países que buscan el progreso no pueden estar al margen. Asistimos al advenimiento de las “sociedades del conocimiento y la información”, en las que el saber y sus aplicaciones se constituyen en el factor clave del desarrollo.

Las tecnologías asociadas a la informática y a la telemática exigen nuevas calificaciones y destrezas, sin perjuicio del impacto que las mismas tienen en los propios procesos de enseñanza y aprendizaje. Los expertos vaticinan que la revolución que estamos viviendo en el campo de la información y de las comunicaciones, provocará también una revolución en los aprendizajes. De esta suerte, el futuro se nos muestra cargado de incertidumbres e interrogantes, pero promisorio. El profesor Paul Kennedy, de la Universidad de Yale, no vacila en vaticinar, en su conocida obra “Hacia el siglo XXI”, que la humanidad va a necesitar una reeducación. La UNESCO, desde el célebre informe “Aprender a Ser”, aboga por la adopción de la perspectiva de la educación permanente como principio inspirador de todo el esfuerzo educativo. La educación permanente significa que no existe una etapa para estudiar y otra para actuar. Aprender y actuar forman parte de un solo proceso que se inicia con el nacimiento y termina con la muerte. Además, la educación permanente permite diseñar no una educación para el cambio sino en el cambio. Esto explica también el énfasis que la pedagogía contemporánea pone en el aprendizaje de los estudiantes, a fin de que aprendan a aprender, para seguir aprendiendo durante toda la vida.