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Cuando en 1993 el entonces ministro de educación, el Dr. Humberto Belli, me pidió que hiciera el programa y el texto de Filosofía para quinto año de Secundaria, la directora de currículo de entonces me mandó a llamar para hacerme una pequeña pero muy significativa observación: “el Estado Nicaragüense es no-confesional” y por lo tanto, me sugería quitar el tema de “Dios” en el programa, ya que iba en contra de ese principio laico de separación entre los asuntos del Estado y de la Iglesia.

Ante esta sugerencia no tuve más recurso que acudir a la Historia, y, más, a la Historia de la Filosofía, para demostrar que el tema de Dios es, ha sido y será siempre un tópico estrictamente “filosófico”. Ir en contra de esta afirmación no es solo a-histórico, sino también encasillar en una “religión oficial” a Dios, que era propiamente la objeción que me hacía la funcionaria antes mencionada.

En los últimos años he venido observando que el “Gran Ausente” en la narrativa contemporánea es precisamente el tema de Dios. El “laicismo” en la cultura intelectual de Occidente hoy más que nunca ha olvidado las profundas raíces cristianas de sus orígenes. Hoy en día ya no se habla de Dios ni de la presencia de un ser o seres sobrenaturales en la narrativa literaria y filosófica contemporánea, sino que simplemente se borran por medio de una magnánima indeferencia. Y es precisamente por esta actitud por lo que podemos también reafirmar que la cultura de “La New Age”, que es la que supuestamente cultiva esta tendencia, es en su totalidad a-histórica.

Por ejemplo, mil años de pensamiento cristiano (del S. IV al S. XIII), que fue lo que duró la tan incomprendida y despreciada Edad Media, hoy en día no se toman en cuenta cuando se quiere pensar en serio y con objetividad científica o filosófica.

Cuando uno profundiza filosóficamente el pensamiento antiguo en Grecia, en la Edad Media, en el Renacimiento y en la Edad Moderna, el tema de Dios siempre sale a colación. Por eso es que me sorprendió cuando en los filósofos contemporáneos y nicaragüenses esta temática “brilla por su ausencia”. Inclusive, cuando abordan la teoría de las sustancias de Descartes, por ejemplo, la “res infinita” la descartan con desdén. No se le toma en cuenta (Dios) con la seriedad y el respeto que merece al fundador de la filosofía moderna. (!)Éste es un ejemplo de los discrecional que puede ser hoy en día estudiar filosofía.

Antes de dedicarme al estudio para convertirme en “filósofo de profesión” tuve mi propia experiencia personal convirtiéndome en “Cristiano de confesión”. Por esto mismo, cuando encontraba en mis investigaciones y estudios filosóficos interesantes especulaciones en torno a Dios en esos periodos, mi fe en vez de menguar, se fortaleció. Esta temática además de encontrarla motivadora para mis creencias, me pareció sobremanera apasionante e interesante para la búsqueda de la verdad que tanto anhelaba.

El primer encuentro fue, en general, con la antigua cultura griega. Casi todos los filósofos, con excepción de Tales, Anaxímenes, Demócrito y Leucipo, eran fuertes creyentes. Sócrates creía en la existencia de los dioses y Platón en la divinidad que se identificaba con la Idea del Bien. Pero fue Aristóteles el que dijo las mayores y asombrosas afirmaciones sobre Dios. Una de ellas era que la distancia entre Dios y el Universo era infranqueable: “Quien se atreva a explorar los misterios de Dios, -dijo en cierta ocasión-tarde o temprano quedará aplastado por sus magnificencia”. Un Dios tan lejano, llamado técnicamente como “Acto Puro” o “Motor Inmóvil”, no era más que la causa y fin del movimiento del Universo. En su soledad y centralismo, Aristóteles lo llamó “Pensamiento de Pensamiento”. Un Dios que se piensa a sí mismo es, a la vez, sujeto y objeto de su pensamiento (!).

Por otro lado, en el Viejo Testamento de las Sagradas Escrituras, en el Éxodo (3,14 ) Moisés recibe la revelación de Dios después de que éste le cuestionara quién era. “Yo soy el que soy”, es decir, la “Esencia en sí misma”. Aquí también el sujeto y predicado se identifican. Todo lo que se pueda hablar positivamente de la divinidad es eso y mucho más. En otras palabras, Dios se revela a Moisés como la “Plenitud del Ser”.

Regresando a los griegos, Plotino concibió a Dios como el “Uno”, contrario a lo “Múltiple”, representado por el mundo universo. Del uno procede lo múltiple y no al revés. El uno es como el foco concentrado de luz de una lámpara. A medida que la luz se aleja de este foco, esta luz se difunde e ilumina la multiplicidad de los seres.

Y, posteriormente, es a San Agustín que le debemos los mayores aciertos sobre la naturaleza de la divinidad. El Dios del Viejo Testamento que usaba el rayo y el trueno en el Monte Horeb para atemorizar al pueblo judío, de “dura cerniz”, para que acatara sus diez mandamientos, ahora se manifiesta en un ser humano, Jesucristo, verdadero Dios, verdadero Hombre. Los aspectos que más me llaman la atención en la vida de Jesús en donde se revela su naturaleza divina, y que pudieran ser las primeras revelaciones de los Rostros de Dios son los siguientes: en la transfiguración en el Monte Tabor (sentido de la vista ) en donde en presencia de Pedro y Juan los vestidos de Jesús se pusieron más blancos que la nieve, en presencia de Dios.

Los soldados llegan a buscarlo al Huerto de Getsemaní (Juan 18.6) y la contestación que les da, según los comentadores bíblicos, es como una réplica del Antiguo Testamento. El “Yo soy” como respuesta tuvo tanto poder y majestad que los soldados se cayeron por tierra (sentido de la audición).

Y Tomás, el incrédulo, tuvo que tocar (sentido del tacto) a Jesucristo con sus manos para confesar tanto su humanidad como divinidad:“Señor mío y Dios mío” (Juan20,28).