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Al concluir hace dos semanas su extraordinario sermón de la montaña del que dimos como muestra un botón el jueves 25 de marzo- Jesús bajó seguido de una enorme muchedumbre que lo vitoreaba a más no poder. Tal era la cantidad de gente que ni los periódicos circularon el Jueves Santo 1º de abril, por lo que hasta hoy damos la crónica de lo acontecido desde el Domingo de Ramos, pasando por Las Judeas del Jueves Santo, hasta el día de hoy. Dijo Jesús: Vengo a cumplirle mi promesa al pueblo de Nicaragua, a quien escribí que por no poder llegar en Navidad, lo haría en Domingo de Ramos, y promesa es promesa. La aclamación de la multitud a todo cuanto decía, iba en aumento. Si Jesús hubiese sido un caudillo cualquiera, vanidoso y ambicioso, no hubiera dejado pasar aquella ocasión para proclamarse rey o cualquiera de esas babosadas, siempre transitorias. Pero como todos sabemos que su reino no es de este mundo, ni por asomo le pasó aquella funesta idea por la cabeza. Un reino de amor y justicia, nada tiene que ver con uno temporal de fariseísmo y opresión. Así que recordando que los niños de Nicaragua, hacía 33 años, le habían mandado de regalo una burrita, que para éste entonces ya había parido un burrito, envió a dos de sus discípulos diciéndoles: Vayan ahí nomasito, frente al monte de los Olivos, y van a encontrar una burrita amarrada con su burrito al lado, la que no ha montado nadie todavía pues yo la dejé reservada para esta ocasión, los desamarran y me los traen, y le dicen a Carlos Mejía Godoy, que es a quien se los dejé cuidando, que después que los ocupe se los vamos a regresar de regalo, para que la próxima Navidad me vaya a recibir a Palacagüina.

Hicieron como les mandó Jesús, y después de ponerle encima sus mantos, éste se montó tomando el camino de “El Arenal” --donde se les sumaron Roberto Currie y todas las comunidades circundantes--, siguió por Jerusalén, Betsagé y Betania “donde también se sumaron los padres eudistas, la tribu de Eslaquit y toda la feligresía-, e iba siempre predicando y haciendo milagros. A su paso la gente ponía petates, alforjas y zacate verde. Y los que iban delante y los que les seguían, cantaban: “¡Hossana! Bendito sea el que viene en nombre del Señor”. Luego se dirigió a Masatepe, donde fue recibido por otra muchedumbre que se unió a la primera celebrando su llegada con palmas benditas. Así se cumplía lo prometido por Jesús a los niños de Nicaragua, y lo escrito por el profeta: “Digan por toda la Iglesia de la tierra, y en especial a los sumos sacerdotes, miren cómo un verdadero rey viene a nosotros, humilde, montado en una burra y un burrito, hijo de bestia de carga.”

En Jerusalén había ocurrido un hecho que sería determinante para el nacimiento de las Judeas en Masatepe. Fuerzas de choque del rey, emisarios, embajadores, magnates y principales de Galilea se habían dado a la tarea de falsificar las enseñanzas de los profetas y alababan sin recato alguno a la pareja real, Herodes y Herodías, sosteniendo con servil impudicia que eran los salvadores del mundo “le guste a quien le guste y no le guste a quien no le guste”. Un aire enrarecido corría por calles, plazas y avenidas. Olía a corrupción. Los conspiradores alteraban el mensaje de Jesús, para que sus palabras parecieran confrontar a Dios y a Roma a la vez, y él les repetía: Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Sin embargo, hacían caso omiso de aquella sabia lección, y tramaban más calumnias que condujeran a su crucifixión. Esta vez Jesús, a quien la gente consideraba el profeta de Nazareth de Galilea, no se aguantó y entró en el Templo donde se fraguaban todas aquellas canalladas contra él, y echó a todos los diputados, magistrados, embajadores y políticos pactistas, y derribando las mesas y tribunas enfloradas les dijo: “Está escrito: Mi casa será casa de oración, y ustedes la quieren convertir en cueva de ladrones”.

Decíamos que de Jerusalén siguió a Masatepe donde entró triunfal, pero hasta ahí lo habían seguido las fuerzas tenebrosas, infiltradas entre la delirante multitud, disfrazados de Judas y de Cristos. Fueron detectados por el pueblo masatepino por su inconfundible olor a codicia y traición, quien se armó de valor y de unas enormes cadenas con las que, de acera a acera, les dieron persecución por todas las calles hasta hacerlos salir. El estrépito de las cadenas arrastradas y el polvo que levantaban, era pavoroso, y la gente apoyaba a los rústicos perseguidores brindándoles agua, chicha y nacatamales. Para no ser reconocidos por los porristas del rey, ocultaban sus cuerpos y rostros bajo las más inverosímiles vestimentas, supuestamente de aquella época. El atardecer de aquel Domingo de Ramos, que se prolongó hasta el Jueves Santo, vio a Jesús perderse, tomando el sendero hacia el Gólgota, entre palmas, polvo, pueblo leal y cadenas. Jueves Santo, día en que la semana pasada nacieron las Judeas.


luisrochaurtecho@yahoo.com
“Extremadura”, 8 de abril de 2010.