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Queridos hermanos y hermanas no creyentes: hoy, como en tiempos de Sodoma, las quejas contra la Santa Sede son enormes ¡qué grande es su pecado! Muchos sacerdotes católicos están siendo acusados de sodomía. Las denuncias de pederastia y abusos sexuales les llueven de todas partes del mundo, siendo cometidos en los lugares más sagrados de la cristiandad: en las iglesias, en las sacristías, en los confesionarios y oratorios. Así como en hospitales, reformatorios, orfanatos, campamentos de verano, escuelas y colegios. Da lo mismo que sea sordo, monaguillo, deportista, estudiante, huérfano o miembro del coro de niños cantores; que sea Semana Santa o Navidad; de día o de noche; invierno o verano. El deseo no se aplaca con oraciones ni cilicio.

Muchos de estos “padrecitos” acusados, se consideraban casi santos, como el padre Murphy, de quien se aseguraba poseía el don para entender y comunicarse con los sordos a través del lenguaje de los signos que él enseñaba en la escuela para discapacitados auditivos de Saint John, en Milwaukee, y quien por las noches convertía el dormitorio de los niños en un verdadero infierno. Otros, brillantes intelectuales, como el catedrático universitario José Ángel Arregui, de la congregación Clérigos de San Viator y quien aseguró, en un alarde de poder y soberbia, que los menores se prestaban para eso. En Nicaragua, según la jerarquía católica, no hay sacerdotes pederastas, y el que había, Marcos Dessi, ya está encarcelado, no gracias a Dios sino a las autoridades civiles Italianas, a Marco Scarpati, abogado defensor de las víctimas, al testimonio de personas italianas horrorizadas por el comportamiento pedo-maníaco del cura, a la valiente decisión de los ex miembros del Coro Getsemaní, que interpusieron la denuncia, a pesar de las amenazas de muerte, la corrupción de testigos y la creación de pruebas falsas. Y no es que algunos padres de los niños no se dieran cuenta de los abusos, sino que se abstuvieron de hacer la denuncia debido a la importancia que Dessi tenía ante la sociedad nicaragüense.

No se respetó la confianza que los padres de familia o la sociedad depositaron en ellos. Las autoridades religiosas que recibieron, en su momento, las denuncias, callaron o no mostraron ningún interés en aclararlas, mucho menos en castigar a los culpables. A lo sumo trasladaban al responsable a otro lugar, donde seguía cometiendo sus crímenes, haciéndose de esta manera encubridores y cómplices de los delincuentes. Hasta que la ola reventó como un tsunami que amenaza los cimientos, ya carcomidos, de la iglesia católica.

Estos abusos llegaron a ser endémicos en instituciones de asistencia social, donde las víctimas eran niños desprotegidos, muchas veces sin padres ni familiares. Niños con inmensas necesidades de amor y ternura.

Según John Kelly, una de las víctimas y coordinador de la organización “Supervivientes del maltrato infantil” en Irlanda, muchos orfanatos, regidos por religiosos y seglares sujetos a la autoridad de la iglesia Católica, funcionaron durante décadas como auténticos gulags, donde los niños fueron tratados como esclavos y estuvieron expuestos a abusos sexuales.

Narra la santa Biblia que cuando Dios, en camino hacia la ciudad de Gomorra, le comunicó a Abraham que destruiría Sodoma y Gomorra si comprobaba los crímenes de sodomía que clamaban contra ellas, éste intercedió por la ciudad apelando que si habían cincuenta justos dentro de ella, valía la pena perdonarlos a todos por amor a esos justos. El Señor le contestó que si encontraba cincuenta justos los perdonaría. Abraham replicó que si no la salvaría por la existencia de cuarenta y cinco justos. Dios le contestó que por cuarenta y cinco justos que encontrara, salvaría la ciudad. Y así Abraham fue bajando la cantidad de justos a cuarenta, a treinta, a veinte, a diez, dándose al fin por vencido.

Las ciudades de Sodoma y Gomorra fueron destruidas por Dios, haciendo llover sobre ellas, y toda aquella llanura, azufre y fuego, con todos sus moradores, desde ancianos hasta niños, hombres y mujeres.

Este acontecimiento de justicia divina sirvió para que los clérigos católicos que acompañaban a los conquistadores en la evangelización del nuevo mundo, justificaran los crímenes cometidos contra nuestros abuelos ancestrales, al acusarlos de sodomitas.

Para colmo y escarnio de la justicia, el señor Joseph Ratzinger, el Papa Benedicto XVI, para los católicos, el domingo 21 de marzo, en el rezo del Angelus, recordó a los peregrinos congregados en la plaza de San Pedro cómo Jesús salvó a la mujer adúltera de la condena a muerte, citando la sentencia “Quien de vosotros esté sin pecado, que le tire la primera piedra”, en una defensa solapada a los sacerdotes acusados de pederastia, confundiendo pecado con delito.

Si bien Jesús se pronunció de esa manera en esa ocasión, también manifestó “el que recibe en mi nombre a un niño, me recibe a mí; y el que a mí me recibe, no me recibe a mí si no al que me envió”, por lo tanto mancillar a un niño es mancillar a Dios.

También advierte: “Si alguno hace tropezar y caer a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor sería para él que le ataran al cuello una gran piedra de moler y lo echaran al mar”.

Sin embargo, todo esto se pudo haber evitado si los sacerdotes y jerarquía eclesiástica de verdad siguieran las enseñanzas de Cristo, sobre todo aquellas en que aconseja: “Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtatela. Y si tu pie es para ti ocasión de pecado, córtatelo. Y si tu ojo es para ti ocasión de pecado, sácatelo”. Palabra de Dios.

Bienaventurados los niños, porque son el futuro de la humanidad.

Bienaventurados los ateos, porque son puros en sus razonamientos.

Bienaventurados nuestros antepasados “idólatras”, que vivieron en libertad, igualdad y fraternidad, perseguidos y asesinados por conquistadores católicos, porque serán reivindicados.

Bienaventuradas las mujeres pro aborto terapéutico, porque luchan por su libertad.

Bienaventurados los que desprecian el reino de los cielos, porque construyen la felicidad en la tierra.

Bienaventurados los emigrantes del mundo, porque reclaman un derecho a los saqueadores, explotadores, dominadores, conquistadores y colonizadores del planeta.

Bienaventurados los que reclaman justicia y derechos, porque son los que renuevan la sociedad.


*Inspirado en mi recién publicado libro “Los nequecheri”