Jorge Eduardo Arellano
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En tiempos de Mohandas Gandhi (1869-1948), 400 millones de personas habitaban en India, Pakistán y Bangladesh. Hoy, la región concentra 23 por ciento de la población mundial. Sólo en la India viven más personas que en África: mil 100 millones, cuya identidad nacional responde a 18 lenguas oficialmente reconocidas y más de 840 dialectos. Pakistán y Bangladesh cuentan con 150 millones, respectivamente.

A ese crisol de culturas, credos y pueblos milenarios que circulan en el epicentro geográfico de una eventual guerra nuclear se dirigió Gandhi en la primera mitad del siglo pasado, emplazando a la humanidad con su acción, y con un discurso ético y moral de profunda resonancia universal.

Gandhi jamás escribió un libro. Pero luego de su asesinato, los investigadores empezaron a compilar sus ideas, así como los seguidores de Jesucristo lo hicieron durante los primeros siglos de la era. A principios de 1970, la publicación de 75 volúmenes, entre artículos breves, reflexiones, entrevistas, manifiestos, sentencias y apuntes circunstanciales de Mahatma Gandhi, presentaban ya dificultades similares a las del medio centenar de evangelios compilados por los primeros cristianos.

¿Cuál era el “verdadero”? A regañadientes, la Iglesia Católica “universal” consintió en hacer oficiales cuatro, apenas. Y miren lo cosechado: un Papa que al oficiar misa le da la espalda al pueblo devolviéndonos al siglo XII; una potencia depredadora dirigida por “cristianos renacidos”; un estado neonazi inspirado en el reino de David, y millones de seguidores de Alá que sueñan con quitarnos a las huríes que por derecho nos tocan en el paraíso.

Los escritos de Gandhi resultan poco estimulantes para quienes busquen ideas transparentes y redondas. No aparece, con la lectura, la cabeza de teólogos como Santo Tomás, filósofos como Hegel, filólogos como Nietzche, científicos como Einstein. La belleza expresiva de su pensamiento marcha asociada con exasperantes incoherencias, superpuestas a un mensaje redentor que oscila entre la ascesis individual y la lucha de liberación nacional concreta de los pueblos.

Atacar o defender acríticamente la “doctrina antidoctrinaria” de Mahatma Gandhi sería incurrir en contradicciones, a tal grado desconcertantes, que, de antemano, rebeldes y conservadores podrían descarrilar en vía muerta.

En marzo de 1940, el padre de la India moderna escribió: “Si el gandhismo no es más que un nombre para indicar cierta forma de sectarismo, merece ser destruido”. Algo similar al “yo no soy marxista” de Carlos Marx, cansado de las disputas y polémicas de sus seguidores.

Felizmente, y a pesar de su profunda fe hinduista, Gandhi no fue un mesías, ni los pueblos lo recuerdan como líder religioso. Junto con los pensadores que le precedieron, Gandhi se enfrentó al terrible sistema de castas impuesto durante tres milenios por los brahmanes (sacerdotes), sustituyendo el estudio y la reflexión individual, la contemplación y la ascesis propios de la tradición cultural de la India por un valor nuevo de derivación occidental: la acción.

En el proceso de su formación en Londres, la lucha legal en Sudáfrica junto a los “coolies” (siervos hindúes), y las distintas etapas que llevaron a la independencia de India, Gandhi entendió que todos los fundamentos religiosos y filosóficos prescindían, angelicalmente, que el hombre individual o colectivo, antes que ente moral es básicamente económico y político.

Valoró, como pocos, la belleza y el vuelo de los ideales enunciados en esas religiones y filosofías, y mucho más el grado en que éstas eran capaces de realizar la fraternidad entre los hombres. Que en el mundo de ayer y de hoy, y particularmente en India, había sido nulo, o poco menos.

El gran poder espiritual de Gandhi apuntó a convertir a héroes y mártires en hombres comunes y corrientes. Porque en el fondo, la doctrina del satyagraha (término que inventó fundiendo dos palabras de origen sánscrito, satya, verdad, y agraha, aferramiento), buscaba la moschka, la liberación integral de todo lo que nos ata.

Así, su esfuerzo por conocer y su esfuerzo por amar fueron vencidos por el karma yoga: obrar según las enseñanzas de Krishna en el Baghavad-Gita: “Actúa, pero no le tengas apego a los frutos de la acción”.

Decía: “No tengo nada nuevo que enseñar al mundo. La verdad y la no violencia son tan viejas como las montañas…he sido veraz pero no he sido tan adorador de la no violencia como lo he sido de la verdad, y pongo a esta en el primer lugar, y a aquella en el segundo…
“Estoy convencido de que la no violencia es infinitamente superior a la violencia, pero creo que en el caso en que la única opción posible fuera entre la cobardía y la violencia, yo aconsejaría la violencia… Preferiría que la India recurriera a las armas para defender su honor, antes que, de una manera cobarde, se convirtiera en testimonio del propio deshonor”.

El filósofo alemán Karl Jaspers apuntó que frente a un mundo dedicado a la farsa de vivir según pretendidos principios de justicia y moralidad, Gandhi le arrancó la máscara, exponiéndose a la violencia y sufriéndola abiertamente.

Cuando sentimentalmente, con invencible afán reduccionista, evocamos la inconfundible silueta de aquel hombrecito que cargaba sus pocos bienes en un morral y recorría a pie los caminos de la India apoyado en un palo de caña, desafiando con su palabra y su ejemplo a los brahmanes de todos los credos, se olvidan de otras declaraciones.

A inicios de la Segunda Guerra Mundial, Gandhi llevó su posición a extremos: citó el Sermón de la Montaña (no responder al mal con el mal), y declaró que los judíos ganarían “el amor de Dios” al ir voluntariamente hacia sus muertes. Y con el bombardeo de los nazis sobre Londres, sugiriéndole a los ingleses dejar las armas:
“Deben invitar a Hitler y Mussolini a que tomen todo lo que quieran…pero siempre rehúsen rendirles obediencia”. Y en cuanto al conflicto indo-pakistaní (manipulado por Inglaterra), hizo públicas sus ideas acerca de obviar las políticas de paz y no violencia contra Pakistán, en caso de hostilidades.

En agosto de 1942, desde su tribuna en el Congreso Nacional Indio, dijo a los ingleses: “¡Váyanse de la India y déjenla librada a la anarquía de Dios!” Entonces, Winston Churchill, “paladín de la democracia occidental” metió preso al “fakir desnudo” (así lo llamaba), junto con el Pandit (Doctor) Jawarhalal Nehru (1889-1964, su brazo derecho y primer jefe de gobierno), y el teólogo Maulana Abul Kalam Azada (1888-1958), quien sostenía que “un buen musulmán puede ser un buen indio”.

De temperamentos diferentes y en ocasiones enfrentados, los líderes históricos del CNI preanunciaron la agenda política mundial que los movimientos sociales tratan en nuestros días: imperialismo y capitalismo; libertades civiles, individuales y colectivas, límites del poder, derecho a la educación, la ciencia y la cultura, emancipación de la mujer; problemas sociales de la violencia, universalidad de las fuentes morales y sus fines.

Gandhi abogó por la unidad en la diversidad: tendió puentes entre la filosofía india y la occidental; creyó en la reconciliación de los seres humanos con base en los elementos comunes de todos los credos; estimuló la conciencia individual, la compasión por el prójimo y las verdades no dogmáticas de los sentimientos religiosos, y la idea de que el nacionalismo era un complejo engranaje del internacionalismo.

Su victoria final lo sumió en una gran decepción. En agosto de 1947, la política de “divide y vencerás” de Inglaterra reconoció la independencia del inmenso país asiático, a costa de la partición territorial: Unión India (Bharat, hinduista), flanqueda por los estados islámicos de Pakistán “occidental” y “oriental” (Bangladesh, a partir de 1971).

Rabindranath Tagore bautizó a Gandhi como “alma grande” (Mahatma). Y al enterarse del crimen a manos de un fanático de su propio credo, hace 60 años, Albert Einstein ensayó la síntesis perfecta: “Quizá, a las generaciones venideras les cueste creer que un hombre así anduvo por la Tierra”.