Jorge Eduardo Arellano
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El desconocimiento de la historia conduce a afirmaciones aventuradas, siempre imperdonables. Más en el caso de América Latina, porque su historia apenas está llegando a su bicentenario, que por cierto la mayoría de sus países están empeñados en celebrar en el marco de las actuales luchas de la región por su segunda y definitiva independencia. Algo que también parecen ignorar.

Después de muchos esfuerzos de Bolívar, que finalmente terminaron frustrados, el 15 de julio de 1826 se firmó en Panamá el Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua entre las repúblicas de Colombia --que entonces incluía a Venezuela y Ecuador--, Centroamérica, Perú y Estados Unidos Mexicanos, en cuyo artículo tercero «las partes contratantes se obligan y comprometen a defenderse mutuamente de todo ataque que ponga en peligro su existencia política, y emplear contra los enemigos de la independencia de todas o alguna de ellas, todo su influjo, recursos y fuerzas marítimas y terrestres, según los contingentes con que cada una está obligada por la Convención separada de esta misma fecha, a concurrir al sostenimiento de la causa común».

Y el artículo primero de esta Convención dice que “las partes contratantes se obligan y comprometen a levantar y mantener, en pie efectivo y completo de guerra un ejército de 60,000 hombres de infantería y caballería en proporción: la república de Colombia, 15, 250; la de Centroamérica, 6,750; la de Perú, 5,250; y los Estados Unidos Mexicanos, 32,750. La décima parte de esos contingentes será de caballería”.

Y según el artículo segundo “dichos 60,000 hombres estarán organizados en brigadas y divisiones, armadas, equipadas y prontas en un todo a entrar en campaña y a obrar defensiva o ofensivamente según el concierto establecido por separado entre las partes contratantes, con el fin de que estas tropas tengan toda la movilidad de que son susceptibles, el cual será tan obligatorio, como que si se hubiere insertado palabra por palabra en la presente Convención”.

Una idea, ésta de Bolívar, que no pasó desapercibida en las luchas de Augusto C. Sandino. Ciento tres años más tarde, en efecto, el 29 de marzo de 1929, el General de Hombres Libres propuso a los presidentes de las entonces 21 naciones latinoamericanas su Plan de Realización del Supremo Sueño de Bolívar.

En el párrafo siete de ese plan, Sandino propone que “La Conferencia de Representantes de los veintiún Estados integrantes de la Nacionalidad Latinoamericana, acuerda proceder a la inmediata organización de un Ejército compuesto por cinco mil doscientos cincuenta ciudadanos pertenecientes a la clase estudiantil, entre los dieciocho y los veinticinco años de edad, contando con profesores de Derecho y Ciencias Sociales. Estos profesores, así como la totalidad de los componentes del citado Ejército deberán ser físicamente aptos para el servicio militar. Requisito indispensable para poder pertenecer al Ejército propuesto es el de poseer la Ciudadanía Latinoamericana. Este ejército no constituye el efectivo de las Fuerzas de Mar y Tierra de la Alianza Latinoamericana, sino que la Base fundamental de los efectivos con que habrá de contar la Nacionalidad Latinoamericana para la defensa y sostenimiento de su Soberanía”.

Resulta pues normal, y no descabellado, como se quiere hacer aparecer, que ahora que los Estados americanos han emprendido la lucha por la segunda y definitiva independencia, reivindiquen al Ejército Regional, en la forma de un Consejo de Defensa. Porque lo hacen con el mismo propósito de entonces, para garantizar su permanencia histórica, amenazada también como entonces por potencias extranjeras, directamente y/o por interpósita mano.

Además de lo anterior, también conviene recordar que en su última propuesta, después de asumir la frustración del Congreso Anfictiónico, Bolívar se refiere a una organización federal de las naciones americanas, dándole al gobierno general las facultades de «la Hacienda Nacional, la Guerra, y las Relaciones Exteriores», y recalcando esta misma idea al afirmar que los gobiernos particulares tendrán las demás funciones «y, en fin, todo lo que no sea Relaciones Exteriores, Guerra y Hacienda Nacional».

La defensa de la región contra terceras potencias siempre estuvo presente en los líderes independentistas, ha estado presente en el ideario de los movimientos de liberación nacional, y continúa estándolo en los líderes actuales, conscientes de la profunda crisis que asola al mundo y que mantiene a la humanidad al borde de la guerra.