Jorge Eduardo Arellano
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El artificio de creación de conflictos fundamentados en amenazas externas y guerras ha sido uno de los ardides más usados por los dictadores para ocultar sus desmanes, fracasos y rechazo de la opinión pública interna. Nicaragua, en ésta nueva página histórica del denominado “socialismo del siglo XXI” no es la excepción; escuchamos al copresidente Ortega redoblar su tambor de guerra durante el fin de semana pasado en el Estado de Monagas (Venezuela) durante el programa semanal Aló Presidente en el marco de la Cumbre de la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), al referirse con un disciplinado “así es” ante la propuesta de Chávez de crear el Consejo de Defensa del Alba y de las fuerzas armadas del Alba.

En su alocución Ortega recreó la lucha antiimperialista de Nicaragua como elemento suficiente para retomar una posición de fuerza frente a la política estadounidense en la región. Ortega, por enésima vez, vuelve con su anacrónico discurso antiimperialista tal como si estuviera frente a una turba de fanáticos que no han logrado despertar de la pesadilla de guerra alentada por el conflicto Este-Oeste en los años 80. El estado amnésico-alucinógeno en el que parece vivir el cogobernante le afecta en proporciones tales que olvida separar lo real de lo virtual; y es que la aplastante realidad del actual estado de cosas en Nicaragua por resolver en los planos económicos y sociales no parecen ser los ejes referenciales de nuestro controversial cogobernante.

Olvida Ortega que las amenazas geopolíticas han sido sustituidas por las amenazas geoeconómicas y que para hacer frente a ellas no basta alucinar con un discurso mesiánico-populista que únicamente atraerá un efímero clientelismo político que día a día se desgasta frente al fracaso de unas reformas socioeconómicas que nunca llegan a los más vulnerables; olvida Ortega que las posibilidades de articular un “Consejo de Defensa del ALBA” pasa por la aprobación de la población en general y que su alucinante “Pueblo-Presidente” no es más que una frase motivadora de mofas y ácidos comentarios entre la mayoría de la población; olvida Ortega que él ya no representa a una mayoría de nicaragüenses, únicamente a un 38% de los votantes, una cifra por cierto distorsionada ya que existe un 9% de votos que jamás fue reportado por los incompetentes magistrados del CSE; alucina Ortega al creer que usando una vestimenta que rompe el protocolo se convierte en el representante de los “pobres del mundo”, en la foto oficial de la Cumbre Iberoamericana luce más como mesero que como Jefe de Estado; olvida Ortega que el Ejército de Nicaragua abrazó la modernidad para convertirse en un garante serio de la seguridad nacional que no obedece más a arengas políticas aventureras, alucina Ortega al considerar que el Ejército le servirá de mampara a sus mezquinos intereses; olvida Ortega que fue este mismo pueblo el que lo rechazó en varias contiendas electorales y alucina nuevamente al creer que al ritmo de vallenatos, bolsas de frijoles y muñecas hechas en China la población se “tragará” sus desmanes de periplos familiares colmados de excentricidades principescas.

Aún cuando el dúo presidencial Ortega-Murillo no cumple todavía los requisitos para ser declarado técnicamente “dictatorial”, sus pasos firmes hacia ese estado deben ser objeto de preocupación de la mayoría de nicaragüenses que históricamente hemos rechazado esa condición; las expresiones de nepotismo manifestadas por la co-gobernante Murillo al aseverar que sus hijos cumplen funciones ejecutivas dentro del círculo de hierro presidencial; la persistencia de seguir despachando desde la sede de su partido en una clara simbiosis Estado-Partido; la privatización de la ayuda venezolana en manos de un grupejo de nuevos ricos estrechamente vinculados a la pareja presidencial y el burdo manoseo de los órganos de justicia y transparencia (léase Corte Suprema de Justicia, Fiscalía General de la República, Procuraduría de Justicia y Contraloría General de la República) son algunos de los elementos que amenazan nuestra fragilidad democrática. La voz unida de todos y todas y el rechazo frontal de lides politiqueras debe ser nuestra divisa en los tiempos duros que se aproximan inexorablemente.

*Sociólogo