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Éste no fue un domingo cualquiera. La noticia se propagó desde la mañana. Yo lo supe hasta después de mediodía. Se me atragantó el almuerzo y lloré. Lloré porque el sentimiento de pérdida fue total. Se marchaba de esta vida terrenal y para siempre Juan Bosco Parrales. Mi maestro, mi mentor, mi colega, mi padrino y sobre todo mi amigo. Llegué tarde a la vela. Necesitaba agarrar valor. No quería llorar frente a los demás, aunque lo hice, pero al menos ya no eran tantos los que me vieron triste. Llegué después de los homenajes, las guardias de honor y los discursos. Quería verlo a solas como cuando discutíamos y trabajábamos en su oficina. Quise verlo al llegar y no me atreví. Me acerqué y lloré, y ya no pude dar otro paso. Fue hasta al rato que fui y ahí estaba. Entonces lo vi y oré por él. Lo dejaron lindo. El mismo Bosco parecía que estaba dormido. Qué duro fue tomar conciencia de que nunca más podría volver a hablar con mi amigo, ni tampoco reírme o simplemente escucharlo, incansable como era, hablando de todo y queriendo enterarse de todo. Me duele. En verdad me duele y mucho haberlo perdido.

Mi dolor y mi pérdida son compartidas con su familia. Sus hijos, todos crecidos e independientes, los noté serenos y bastante tranquilos. Creo que, como yo, se sienten orgullosos de su progenitor tanto como yo de mi amigo. Me encantó saber que se casó por la Iglesia con Carolina, horas antes de morir. Recién había enviudado de su matrimonio con Doña Melisa, su primera esposa, quien se había ido apenas hace 11 meses. Dios le dio chance hasta en eso, para que ordenara sus asuntos con él y así fue que no murió en pecado. Los cambios en la vida de Bosco, los que yo conozco, fueron radicales. Era un hombre de voluntad extraordinaria. Cuando dejó de beber, lo hizo para el resto de su vida. Se involucró en el movimiento revolucionario y murió siendo sandinista y hasta danielista, como él mismo decía. Cuando aceptó a Dios en su vida, se involucró de lleno en la Fraternidad Internacional de Hombres de Negocios del Evangelio Completo y fundó capítulos y presidió otros. Cortó sus lances y aventuras amorosas, porque como galán que siempre fue, le sobraban las mujeres que suspiraban por él. Conoció a Carolina y ahí se quedo quietecito leyendo sólo en su libro.

Nunca podré olvidar aquel vozarrón. Aquel hombre grande y peludo. Jovial y alegre como solo él podía serlo. Un hombre querido por sus amigos, por sus empleados y respetado por sus colegas. Un publicista que marcó hitos en la profesión y renovó la industria. Se mantuvo fiel al oficio y lo ejerció con total dignidad. Un creativo nato que no necesitaba más que un block a rayas y su pluma Mont Blanc para escribir las campañas más acertadas. Un conocedor y un estudioso, a su manera, que amaba y se divertía haciendo lo que hacía. Era un encanto de varón y por tanto un ejecutivo de cuenta fascinante, siempre servicial, siempre oportuno, siempre capaz. No creo que haya habido un cliente de Bosco Parrales que se haya retirado de su agencia por mal servicio o por falta de creatividad. Eran leales a él, como él lo fue a todos ellos. Y los conocía y se desvivía por atenderlos. Y ellos siempre satisfechos y contentos de tenerlo a él como su aliado.

Y cuando le tocó organizar la industria, saliendo de la etapa revolucionara, con temores a posibles represalias, como en efecto hubo, pero no tantas que lograran sacarlo del negocio; una vez que nos tocaba reinstalarnos dentro de un sistema de libre mercado. Bosco ahí estuvo potenciando la ONAP. Asesorando a las organizaciones de medios. Involucrándose en las iniciativas de los anunciantes. Lo que nunca supe si pudo lograr fue que se estableciera el organismo donde confluyeran: anunciantes, medios y publicistas; algo así como el Instituto del Consumidor, pero lo planteó y luchó por ello. Y soñaba con que eso sucediera. Anhelaba ver la industria crecer y fortalecerse, pero como él mismo me decía: “Urielito es que la publicidad no nace silvestre, sino que es producto del entorno. Se corresponde directamente con el desarrollo económico del país”. Porque soñábamos. Soñábamos con ser parte de una industria fuerte y glamorosa, acertada y pujante, rica y eficiente. Soñábamos con la publicidad exterior, con la producción en cine, con los festivales mundiales, con la creatividad exultante, con campañas de alto rendimiento, con que la publicidad fuera todo lo que podía ser.

Siempre me dijo: “En Nicaragua no hay creativos, los tenemos que importar, porque no hay escuela, ni tradición y el mercado no ha permitido que florezcan”. Sin embargo, siempre anduvo a la caza de talentos. Formó muchos profesionales de la radiodifusión, cuando dirigió Coradep. Y cuando estuvo al frente del Sistema Nacional de Publicidad, nos sacó fuera del país a ver lo que se estaba haciendo para que aprendiéramos, y aprendimos. Yo llegué de la universidad, después de haber estudiado comunicación, pero no era publicista. No fue sino hasta que me abrió las puertas de la organización que él dirigía y personalmente me guió y enseñó, que yo me hice publicista y productor de televisión. Y creo que muchos estamos en esta misma situación, porque él tenía un natural desprendimiento. Siempre dispuesto a compartir la información, a trabajar en equipo, a enseñar… en el fondo, tenía vocación de maestro, como el gran comunicador que fue.

Hoy Nicaragua ha avanzado muchísimo en materia de publicidad. Él fue uno de los impulsores de que se abrieran las carreras de publicidad y mercadeo. Siempre aspiró a que se formaran profesionales universitarios para enfrentar los retos de la industria. Y por su agencia desfilaban los estudiantes de filología y los de comunicación con inquietudes sobre el oficio y a todos los recibía y con todos hablaba, y a todos les enseñaba. Recuerdo que dictó una conferencia que luego ha quedado como referencia obligada para todos los que quieran saber sobre la historia de la publicidad en nuestro país. Él le llamó las etapas de la publicidad, y si mal no recuerdo siempre empezaba contando los cuentos de PALO, la primera agencia, seguía con Don Bin Morales y culminaba la etapa histórica con Cuadra Chamberlain y Carlos Cuadra Cardenal. Esa conferencia fue escuchada por cientos de estudiantes en diversos foros y oportunidades y a Bosco le debemos ese ordenamiento de la historia de nuestro oficio.

Hoy que se ha ido, no puedo dejar de recordarlo con admiración, respeto y cariño; pero sobre todo con agradecimiento, porque se entregó a este oficio, lo defendió, lo promovió y lo dignifico con su ejercicio personal. Las generaciones venideras de publicistas nicaragüenses tendrán que saber de él y apropiarse de su legado extraordinario. A mí me da gran orgullo y satisfacción haber sido su empleado, su discípulo y su amigo. Hoy sólo me resta decirle adiós al maestro con la certeza absoluta de que Bosco Parrales descansa en paz y está en el Cielo.