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Chile es fascinante. Tierra de seres humanos extraordinarios, de terremotos que no hacen temblar a los chilenos, de metáforas afortunadas, de poetas siderales, de héroes.

Por eso es motivo de consternación y tristeza que en las recientes elecciones saliera victoriosa la derecha y obligados estamos los revolucionarios a descifrar las causas de esos asombrosos resultados. No se lo merece el pueblo de Allende, de Neruda, de Miguel Enríquez, de incontables sacrificados, a manos de una feroz tiranía de tan ingrato recuerdo.

La concertación se ubicó en las cercanías de una derecha vergonzante, con dirigentes expertos en coquetear con la vacilación y el oportunismo, que con facilidad se expresan mal de Cuba para congraciarse con el imperio y ampliar, según creyeron, su clientela electoral. La propia concertación, en todo caso, era preferible para gobernar ya que siempre conservó —sobre todo con la presidenta Bachelet— cierto grado de pudor en el universo de América Latina.

La izquierda, representada por un allendismo auténtico, fue, además, golpeada, en términos severos, por la presencia electoral de Marco Enríquez Ominami, quien abusando del merecido prestigio de su padre, se disfrazó de izquierdista, obteniendo un número significativo de votos. Gran número de ellos se le restaron por revoltijo ideológico al allendismo.

Si alguien tiene dudas sobre esta nueva expresión de sectarismo y sus consecuencias, lo remito al libro: “La estrella y el arco iris”, del senador derechista Andrés Allamand —quien ha mantenido cierto grado de respeto hacia Cuba y Fidel— donde afirma categórico: “Piñera ganó gracias a Marco Enríquez Ominami. Enríquez fue más duro en sus ataques contra Arrate y la concertación que contra Piñera”.

Yo mido la credibilidad ideológica y política de los dirigentes latinoamericanos por su actitud hacia Cuba y su revolución. Este muchacho que, sin duda, mantiene aspiraciones políticas, intenta congraciarse con la derecha y con el imperio, atacando al gobierno de Raúl Castro. Habla de Fidel, ahora, como alguien que aportó a la lucha por la igualdad, “en el pasado”.

Dice con cinismo parecido al de Mario Vargas Llosa y de Luis Posada Carriles: “El hecho de dejar morir a un ciudadano, independientemente de quién sea, un opositor verdadero o un delincuente, no es aceptable”. Tal afirmación lo dice alguien que bien sabe de todos los esfuerzos que se hicieron para salvar la vida de ese ciudadano. Lo dice a sabiendas de que el imperio y la derecha se pusieron eufóricos y radiantes con la muerte de Zapata y esperan con ansiedad y perfidia el deceso de la otra víctima del odio y la manipulación, quien, dicho sea, ni siquiera es prisionero y está en cuidados intensivos en un centro de salud. La actitud de Enríquez Ominami es una traición imperdonable hacia la memoria de su padre Miguel Enríquez, quien fue leal, hasta su heroica muerte, con la revolución cubana.

El señor que pronunció estas palabras anticubanas trata de salvar su pellejo ideológico, con inaudito descaro e hipocresía, dejando a salvo de su patatús a Ecuador, Bolivia y Venezuela.

El ex candidato, además, está molesto con Cuba por no sé qué asunto de dinero donde está implicado su socio Max Marambio —fue su mentor económico y jefe de campaña—, mezclando su rencor financiero con sus odiosos odios políticos.

Siempre he sentido desprecio por los desertores. Me decía alguna vez Fidel Castro que “la virtud más importante de un ser humano es la lealtad y la más repugnante, la traición a los principios”. Estoy de acuerdo.