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En 1929, Apolonio Palazio relacionó el Güegüense (protagonista de un espectáculo popular y representativo de la cultura mestiza en una provincia del imperio español a finales del siglo XVII) con don Quijote. El personaje de nuestra anónima pieza colonial —a quien calificó de “sublime, fachento, fantasioso y locuaz”— continuaba viviendo “en el alma de nuestro pueblo”. Especificó Palazio: Hijos de una misma raza, don Quijote y el Güegüense son hermanos. La locura del primero, manifestada en tendencias nobles y generosas, tuvo cura cuando ya don Quijote iba a morir, cuando volvió a ser Alonso Quijano el Bueno. La del segundo va siempre en crescendo, sin promedios, creando tesoros, a pesar de que no tiene ni cama en que caer muerto.

Explicado por el suscrito como la expresión íntima de un anhelo colectivo y el desmedido recurso de la imaginación para sublimar la lucha por la supervivencia, el carácter fantasioso del Güegüense oculta un profundo dolor social que remite a una protesta satírica, tema sobre el cual ya se ha escrito mucho. Pero nadie se ha atrevido a reiterar el paralelo, guardando las distancias, entre nuestra farseta danzaria, mímica y parlante —recuperada de la tradición oral por lingüistas del siglo XIX y redescubierta y difundida por letrados nicaragüenses apenas hace seis décadas— con la monumental obra de Cervantes. De ahí que haré un paralelismo posible entre don Quijote y el Güegüense como personajes. En primer lugar, ambos son viejos (algo más de 50 años) y achacosos. Don Quijote se autoproclama “El Caballero de la Triste Figura”, mientras el Güegüense se presenta como un pobre viejo lleno de dolores y calamidades. Ambos —y esto es más importante— abogan por la imaginación.

En diferentes ámbitos históricos comparten la nostalgia de una antigüedad áurea. Don Quijote sueña con una Edad de Oro que, como toda sociedad utópica, debe existir, justamente porque sus principios y valores no existen o se hallan degradados en el presente. Por su parte, el “Güegüense” evoca “el hilo azul” que Carlos Mántica ha interpretado —indagando el significado de la palabra náhuatl que corresponde al color azul en español— como el tiempo en que era libre, no esclavo. ¡El indio añorando a gritos sus años de libertad, en presencia del opresor español!.

Ambos, igualmente, padecen las presiones de una sociedad cerrada y jerárquica. Pero sus objetivos son muy distintos. Don Quijote emprende aventuras para realizar el Bien sobre la tierra: defender a los débiles, socorrer a los necesitados, castigar a los malvados, reparar injusticias. Y el Güegüense se concreta a pactar con la autoridad, a través del matrimonio de su hijo legítimo con la hija del Gobernador; ambiciona ascender socialmente, beneficiando a su familia. Es un comerciante o buhonero (mestizo o indio principal) interesado en un trato ventajoso. Y lo consigue. En cambio, don Quijote fracasa. Sus aventuras demuestran que la utopía no puede realizarse.

Mas don Quijote es un hidalgo “de los de lanza en astilleros”. Es decir, de los que tenía en su casa una lancera o percha con lanzas de sus antepasados para enaltecer su abolengo. Por tanto, disponía —para iniciar su locura caballeresca— de anticuadas armas defensivas y de dos armas ofensivas: lanza y espada, que a veces empuñaba con las dos manos y la descargaba con furia. Pero ambas, rústicas, no resultaban eficaces. El Güegüense carece de abolengo y de antepasados. En ninguno de los parlamentos de la obra hay referencia a ellos. Sin embargo, seguro e igualitario, contesta la acometida irónica del Alguacil Mayor: ¡Vean, qué hombre de bien!, con esta digna autoproclamación: “¡Soy un hombre de bien!”. Tampoco posee armas para agredir o defenderse, sólo una –supuestamente como mercancía– en mal estado o inservible. “Dice […] que tiene un rifle de oro y es solo un palo porque el cañón se lo quitaron”—constata don Ambrosio.

Por otro lado, ambos utilizan el mismo recurso —un consciente error aritmético- para lograr sus objetivos. En el caso del caballero andante: favorecer al joven Andrés, azotado por su amo Juan Halpudo, el rico vecino del Quintanar, a quien aquél obliga desatar a su mozo y pagarle los meses que le debe: nueve a siete reales cada mes. “Hizo la cuenta Don Quijote, y halló que montaban setenta y tres reales”. Luego se marchó satisfecho, convencido de haber reparado una injusticia, al equivocarse exprofeso en esa elemental multiplicación. En su caso, el Güegüense pretende engatusar al Alguacil Mayor, enredándolo con erráticas divisiones de monedas españolas, presentes también en la obra de Cervantes.

El hidalgo toma como montura un viejo rocín de su propiedad, al que bautiza como “Rocinante”, nombre que le suena “alto, sonoro y significativo”. Remedo de corcel de caballero medioeval, es menguado y escuálido. El Güegüense no cabalga. Va a pie por los caminos con sus fardos que cargan cuatro machos de su propiedad: los llamados “viejo” o “puntero” (el que encabeza la recua y conoce el camino), “mohino”, (el enfadado, enojadizo, disgustado), el “guajaqueño” (adquirido de Oaxaca, México) y el “moto” (el que se queda sin madre durante la lactancia). Por su trajinar, los machos están raspados desde la cruz hasta el rabo por hacer tantas diligencias. Don Quijote, por el contrario, mantiene una amistad indisoluble con Rocinante: no sólo complementaria, sino excelsa.

Asimismo, en ambas obras se aluden a instituciones determinantes de las circunstancias históricas en que surgieron. Una de ellas es la Santa Hermandad: tribunal con jurisdicción propia que perseguía y castigaba delitos cometidos fuera de poblados; en otras palabras era una especie de corte y policías rurales. En El Ingenioso Hidalgo […] se designa a sus miembros, o cuadrilleros como “gente soez y mal nacida”. Así los llama, indignado, don Quijote que inmediatamente los reta: Venid acá, ladrones en cuadrilla, que no cuadrilleros, salteadores de caminos con licencia de la Santa Hermandad. A ella pertenecían generalmente a los venteros (propietarios de las ventas). Y en El Güegüense sólo se alude a los alcaldes ordinarios de la Santa Hermandad, empleados a quienes nombraban cada año.

Don Quijote pertenece a un extenso territorio físico-real, donde la ficción cervantina se desarrolla: la Mancha —escenario con paisajes y personajes, villas, aldeas y “lugares intermedios de reposo” (las ventas), un ambiente desértico y habitat disperso— tratada casi como un personaje más. El Güegüense actúa en la plaza de un poblado que se ubica en una pequeña meseta: la Manquesa, hoy conocida como la de Los Pueblos, localizados en los actuales departamentos de Carazo (Diriamba, Jinotepe, San Marcos), Masaya (Masatepe, Masaya, Niquinohomo, Catarina, San Juan de Oriente) y Granada (Diriá y Diriomo). En este sentido, don Quijote y el Güegüense no pueden concebirse sin La Mancha y La Manquesa, respectivamente, como territorios. La Manquesa comprendía otros pueblos indígenas, entre ellos Nindirí y Managua, los únicos nombrados en la obra con “los campos de los Diriomos”.

Pero si don Quijote emprende tres salidas (o viajes a la parte oriental de España: La Mancha, Aragón y Cataluña), en las cuales Cervantes narra pormenorizadamente las aventuras o desventuras de su héroe, el Güegüense —dada su estructura teatral— no es muy explícito en la experiencia con su pequeña tienda trashumante por la carrera de México. Informa, eso sí, del origen de “un hijo” que acoge y protege, pero sólo fue engendrado por su mujer estando él ausente de su hogar. Lo interesante es que perdona la infidelidad.

Como se ve, el Güegüense es casado —o por lo menos “ayuntado”— y cornudo; Don Quijote, soltero y casto. Por un tiempo éste pretendió en vano a una moza labradora “de muy bien parecer”: Aldonza Lorenzo, natural del pueblecillo manchego del Toboso. Y es a ella a quien escoge como dama, según lo requiere el ritual del caballero. Mas, al ser su nombre de vulgaridad intolerable, decide darle otro, musical: “Dulcinea del Toboso”. El nombre de la esposa del Güegüense, acaso por su infidelidad, es omitida por el desconocido autor.

Anteriormente, el hidalgo manchego había decidido llamarse “don Quijote de La Mancha”, anteponiendo la partícula “don”, que en aquel tiempo sólo podían usar personas de cierta categoría (el propio autor no tenía derecho a ella y nunca se le ocurrió llamarse “don” Miguel de Cervantes). Por su parte, el nombre del buhonero de la Manquesa figura sin la partícula que el autor otorga solamente a sus hijos: “don Forsico” (el mayor y del matrimonio) y “don Ambrosio” (el menor y putativo). Por cierto, el nombre Ambrosio es de legítima cepa hispana: el de un personaje de la novela de Cervantes que participa en la historia de Grisóstomo y Marcela. Me refiero al estudiante “que se vistió de pastor con él” (Grisóstomo). Pero en nuestra obra picaresca indohispana fue elegido por el autor por su relación homofónica con “hambriento”, pues “don Ambrosio” es descrito como hartón.

En fin, don Quijote y el Guegüense denuncian el poder venal y ejercen el poder liberador de la risa. Pero ya han sido suficientemente detallados estos aspectos, basta con firmar que ambos protagonistas —guardando de nuevo las enormes distancias— adquieren voluntad propia e independencia, proyectándose más allá de sus corpus originales. El Quijote, como personaje, es archiconocido fuera del libro de donde procede, casi a nivel planetario y en todas las culturas. Trasciende por su universalidad, ya que en cualquier parte está su cuna. Mientras el Güegüense sólo circula dentro de las fronteras de un país empobrecido, tercermundista y subdesarrollado, aunque se desconozca como personaje en la mayor parte de Nicaragua, por ejemplo en los departamentos del Norte y de las dos regiones autónomas del Caribe.