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La esperanza y el optimismo me condujeron a darle mi confianza al triunfo del FSLN. Creí que capitalizaría los errores del pasado y haría un buen trabajo en un contexto de paz, pero el desencanto comenzó muy rápido, aún antes de la toma de gobierno, cuando el partido triunfante se tomó el edificio del Centro de Convenciones Olof Palme. Fue la primera señal de autoritarismo, otras vendrían el mismo día de la toma de posesión, con el desprecio a la formalidad, la cortesía y el protocolo, el enrostramiento de su origen a los jefes del Ejército y de la Policía, y en la noche, el populismo y la manipulación, al consultar el nuevo Presidente a la base sandinista y exponer su respuesta como el punto de vista de toda la nación. Me sentí atracado.

Pero mantuve la confianza hasta que leí un documento acerca de la estrategia de comunicación del FSLN, atribuido a la todopoderosa Primera Dama Rosario Murillo. Su principal planteamiento, el poder es del pueblo, el pueblo es el FSLN, me paró los pelos. Me convencí de que el Frente ya tenía claro un proyecto autoritario, sin espacios para los demás, a no ser el de la subordinación.

Luego ha habido un rosario interminable de hechos que han conculcado las principales libertades de todo ser humano: el fraude en los comicios municipales; las restricciones y agresiones a la organización y movilización; la intimidación y ataques a medios de comunicación y periodistas; la amenaza, hostigamiento y acoso a organizaciones no gubernamentales; campañas de descrédito contra comunicadores sociales, artistas y otras personas; etcétera.

Más recientemente, la insólita resolución judicial para que el Presidente Ortega pueda competir en las próximas elecciones y sea reelecto; “el decretazo” ilegal del Mandatario, invadiendo las funciones de los legisladores, para que sus funcionarios leales y serviles a quienes se les venció su período de ejercicio en sus cargos, puedan continuar en ellos. Como se sabe, todo esto ha desatado una crisis, porque la oposición, aunque debilitada y desunida, ha tratado de responder ante tan descarados y extremos abusos de poder.

Pero tiene una cara positiva este rostro autoritario y populista, y es que se ha desenmascarado en su vocación dictatorial. Es posible que una amplia mayoría de votantes ya esté clara de que la opción que representa la pequeña cúpula de hierro que controla al FSLN, es claramente antinacional, gravemente perniciosa para Nicaragua.

Es obvio que el Frente no quiere poner en juego el gobierno en los comicios nacionales, aunque éste lo haya ganado en las urnas. Hay señales de que los principales “cuadros” del FSLN tienen suficiente información que demuestra que ante una oposición unida, no tendrían oportunidad de ganar las elecciones. La mayoría de los votantes ya los descalificó o, mejor dicho, el mismo partido gubernamental se ha descalificado con sus acciones descabelladas, una de las más recientes, el mortereo de parte de turbas enfurecidas, del edificio de un hotel internacional con turistas dentro. Una insensatez mayúscula que les valió una nota en el New York Times.

Como el Frente no quiere arriesgar el poder, requiere continuar su control casi absoluto del Consejo Supremo Electoral (CSE), lo que se garantizaría con la reelección de los magistrados a quienes se les venció su cargo. En esta operación es pieza clave el magistrado Roberto Rivas, cuya rastrera subordinación a los Ortega-Murillo, no puede ser analizada sino junto a esa extraña e impúdica alianza del Cardenal Miguel Obando y Bravo con la cúpula rojinegra.

Ya no le importa al Frente guardar las apariencias, si en realidad le importó en algún momento, pues no respeta la legalidad, violenta la Constitución Política de la República, y emite resoluciones, sentencias y fallos antijurídicos y descabellados, convirtiendo a sus más destacados militantes en simples lacayos de las necesidades imperiales.

Las ansias de poder se han visto agigantadas por la ambición desmedida desatada por esa extraordinaria tubería de dólares provenientes de Venezuela, que aporta anualmente nada menos que entre 400 y 500 millones de dólares en dinero fresco. Quienes están manejando este chorro de dinero casi inimaginable por su magnitud, desean continuar aprovechándose del mismo, y para ello no hay que soltar el gobierno. El gobierno, pues, es lo de menos, es el poder lo que interesa.

Todo indica que el FSLN continuará, cada vez con más fuerza, con sus manifestaciones autoritarias, incluso podría clausurar ilegalmente la Asamblea Nacional, ahora que por fin la oposición, apoyada con los votos sandinistas no orteguistas, pudo conseguir mayoría. Al aproximarnos a estos extremos, se cierran las posibilidades de salida, y se abre la amenaza terrible de la guerra, a la que todos estamos obligados a detener.

Una manera de impedir la guerra, es saliendo multitudinariamente a la calle a defender los derechos humanos básicos conculcados. Sólo cien mil gentes en las pistas y avenidas pararán en seco a los nuevos opresores. La libertad no la regalan, se conquista siendo consecuente en la práctica.


*Editor de la Revista Medios y Mensajes
gocd56@hotmail.com