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Hemos heredado una cultura patriarcal cuyo eje sigue siendo el varón adulto representante de la cultura mayoritaria, y aunque no siempre éste sea el centro real, el imaginario social lo sitúa siempre allí. Este enfoque explica las luchas por una mayor equidad de género, y porque las minorías sean valoradas. Irónicamente este enfoque también hace que adolescentes y jóvenes sean tratados socialmente como minoría y con discriminación, en una sociedad donde el 43 por ciento de la población es de 10 a 29 años, y un 45 por ciento de la población económicamente activa es de esta edad, la cual tiene un enorme potencial para cualquier estrategia de desarrollo humano.

Adolescentes y jóvenes en el ámbito familiar enfrentan esta cultura patriarcal, a veces ejercida bajo la modalidad de matriarcado, con puentes generacionales deteriorados o simplemente inexistentes. La comunicación afectiva entre padres, madres o tutores e hijos e hijas dista mucho de ser un ejercicio cotidiano, los hogares experimentan aislamiento y dispersión de esfuerzos, lo cual refleja y repercute en la falta de cohesión social, condición indispensable para el desarrollo.

Muchos comportamientos adolescentes y juveniles son de escape psicosocial: violencia, apatía para la participación ciudadana, adicciones o la reproducción de patrones culturales extranjeros, sin mayores análisis o aportes de nuestros valores, tradiciones o conceptos nacionales o comunitarios.

En Educación existe un tremendo abandono de la inversión en adolescentes y jóvenes, no sólo para la propia población adolescente y joven, sino de oportunidades esperanzadoras para todos. Estamos virtualmente ciegos, hemos dejado de ver lo que está a la vista. Invertir en la educación de adolescentes y jóvenes representa enormes ganancias sociales, económicas, políticas y culturales para el país.

Atinadamente se ha señalado que la falta de inversión educativa se ve en las limitaciones de coberturas, infraestructura y reconocimientos laborales para la post-alfabetización, educación secundaria, técnica y superior. Pero también de manera significativa y sorprendente falta inversión para una oferta educativa diversa y relevante para la vida, el trabajo y sus relaciones con la familia, comunidad y sociedad.

La salud sexual y reproductiva es otro tema espinoso; pero altamente necesario de abordar. Las estadísticas de los embarazos atendidos en unidades de salud por décadas no han logrado bajar de un tercio en mujeres entre 10 y 19 años, y en los últimos años la mitad de los casos de VIH-SIDA corresponden a la población de 10 a 29 años. Esto es un simple reflejo de la falta de eficacia en algunos programas de educación para la sexualidad y de pocas coberturas en los que realmente funcionan.

Priorizar la inversión en adolescentes y jóvenes en diferentes ámbitos estratégicos es una oportunidad histórica. Para que la inversión dé abundantes frutos se debe hacer ahora. Los estudios de población muestran que el tiempo en que Nicaragua podrá destinar recursos con libertad para adolescentes y jóvenes, no se extenderá más allá del 2050. Esto quiere decir que contamos con unos 40 años para tener resultados de esta inversión para el desarrollo, y si somos realistas muchos hemos visto pasar 20, 30, 40 años o más, sin que se hayan materializado inversiones para el desarrollo.

Para asegurar que las inversiones en adolescentes y jóvenes tengan impactos en el desarrollo nacional se deben priorizar algunos aspectos. Entre ellos:
1. Políticas y estrategias de cohesión social que evidencien a adolescentes y jóvenes como actores transversales del desarrollo, presentes en todas las áreas y niveles de las políticas y programas, con protagonismo según sus capacidades y formación, y sin discriminaciones de ninguna índole.

2. Una decisión política para elevar la asignación presupuestaria a Educación al 7 por ciento del PIB sería una excelente señal para el desarrollo. Además de una inversión dirigida a construir inteligentemente centros educativos donde haya equilibrio entre oferta y demanda, mejoras en la disponibilidad de materiales y docentes de calidad, se deben formar competencias en las y los adolescentes y jóvenes para que desarrollen altos valores sociales y culturales, y también se conviertan en constructores eficientes y eficaces de una economía próspera.

3. Lo anterior supone una estrategia del sistema educativo y del sector empresarial que asegure educación y trabajo, ambos de calidad. Educación con esperanza. Construir diversas formas de empleo, autoempleo y generación de empleos. Para ello hay que invertir en programas de emprendimientos, apoyados por tecnologías, alternancia estudio-trabajo, desarrollar planes de intercambio educativo laboral con el sector empresarial público y privad. Y muy especialmente, una mayor inversión en carreras técnicas debidamente articuladas con las demandas sectoriales a futuro.

4. La formación de valores personales, familiares, comunitarios y sociales supone una estrategia del sistema educativo con las instituciones sociales para formar en ambientes propicios ciudadanos participativos con altos valores éticos que asumen con actitudes respetuosas y dignas la solidaridad y la justicia de las causas nobles.

5. Diseminar la educación de la sexualidad para fortalecer la sana afectividad, la comunicación eficaz y motivacional, en todos los ámbitos de la educación formal, no formal e informal. Además de información técnica y científica, formar la psico-afectividad para relaciones de parejas responsables.

6. Sensibilizar para que como sociedad demos un lugar prioritario a las y los adolescentes y jóvenes. Cambiar la mentalidad adulto-céntrica por el diálogo abierto de adolescentes y jóvenes con adultos, de modo que nos enriquezcamos todos de concepciones, valores y evaluaciones diversas, y aumentemos el aprecio entre generaciones. El reto es construir puentes generacionales mediante políticas y programas dirigidos a las familias y las comunidades.

7. Asegurar los relevos generacionales propiciando la participación y el desarrollo en los diferentes ámbitos del quehacer nacional, desde el más pequeño y aislado hasta el más notorio y determinante de los destinos nacionales. Invertir para formar líderes auténticos, sin egoísmos ni apegos a posiciones temporales, sino altamente motivados por el servicio a la familia, la comunidad y a la sociedad.

El país parece estar perdiendo grandes oportunidades sin la participación de adolescentes y jóvenes. Todos tenemos alguna cuota de responsabilidad. Generemos condiciones sostenibles para que las muchachas y los muchachos experimenten una mejor calidad de vida y se preparen con aptitudes y valores para el desarrollo. Ningún futuro se materializará sin un presente responsable.