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Hasta 1990 la historia de nuestra sociedad había sido la historia de la guerra civil como expresión máxima de la violencia. Casi todos los partidos políticos nos han conducido a la pesadilla de la guerra. Esos conflictos nos dejaron una sociedad profundamente dividida y en postración económica que ha sido difícil de llevar a la democracia y a la reconciliación en el plano de la Nación.

El hecho de transitar de la guerra a la democracia no significó la superación definitiva de la violencia (que en gran parte viene de la política) que se ha manifestado y sigue produciéndose en las mismas calles o lugares donde antaño nos entrematábamos para derrocar una dictadura.

En nuestro país son varias las causas y los tipos de violencia, la que se ejerce desde el hambre y el desempleo hasta los crímenes en las casas contra mujeres y niños, de la violencia de las diatribas de algunos medios de comunicación que son medios de confrontación a la violencia de las pandillas; de éstas al narcotráfico y al tráfico del poder ejercido por organizaciones políticas que son como mafias o logias de un secretismo extraño y contradictorio con el carácter público de las funciones y destinos que deben cumplir. Nos hemos convertido en un país de muchos tráficos, el de las drogas, las armas, las personas y el de las influencias en el poder o en las instituciones del Estado.

Quizás los seres humanos nunca podamos erradicar absolutamente la violencia, pero sí debemos decir que no es inevitable, que la violencia no es un fatalismo. Aunque es innegable que la violencia tiene innegables efectos visibles a simple vista en nuestro país, una raíz del frondoso árbol de la paz es el cambio de nosotros mismos para cambiar el mundo. La revolución que debemos consumar es ética y política. Debemos reconocer nuestros errores, escuchar a los otros, demandar la justicia, ejercer la libertad que nos dan nuestros derechos humanos como primer derecho fundamental junto a la vida y la seguridad, expresar nuestros sentimientos y nuestra voluntad y manifestarnos con toda la fuerza de que seamos capaces en todos los espacios posibles para provocar los cambios que queremos .Podemos adelantar los relojes cuando comprendamos que de una cultura de violencia aprendida en décadas de maldición , hambre y de crímenes contra la humanidad, se puede pasar a la construcción de una cultura de paz basada en el respeto a la vida, la no violencia, el diálogo, la cooperación y la solidaridad.

Incluso es ya notoria la violencia escolar y la afectación en las vidas de los niños y los jóvenes por el expendio de drogas y el consumo de alcohol aparte de la misma violencia perpetrada por los mismos estudiantes contra otros estudiantes o de pandilleros a estudiantes, de estudiantes contra personas exponentes del intelecto nicaragüense cuando las aulas de clase o las instituciones educativas de todo nivel, universitario o preescolar, deben ser los espacios de la paz, el diálogo, la convivencia y la paz.

Es hora de que los nicaragüenses den paso a la democracia de ciudadanos. No solo la democracia de electores. Porque debemos estar claros de que el soberano no es el poder sino el ciudadano. El que cede el poder no es el gobernante o el caudillo machetón sino el ciudadano que inclusive soporta el peso de la burocracia estatal en sus enflaquecidos y magros cuerpos de trabajadores. Además de que el pueblo trabajador y productor financia elecciones para que los partidos hagan sus pactos prebendarios y esos presupuestos casi nadie los fiscaliza o los monitorea.

La democracia de ciudadanos es aquella que puede ser enseñada y aprendida con una sólida educación en derechos humanos como un componente de la educación humanística que contribuye a la construcción de la cultura de la paz positiva. La democracia es una pedagogía no solo una forma política de gobernarse. Es más, el ilustre y magnífico dariano, Don Edgardo Buitrago dijo una vez que la democracia es una filosofía de vida y una cultura que debemos fortalecer y fomentar por medio de la educación.

Pienso que la educación es la herramienta clave para alcanzar la paz que junto a la democracia, forman un triángulo interactivo, en el que se supone y efectivamente lo es, funciona así: a mayor democracia de ciudadanos más desarrollo humano y sostenible, a mayor desarrollo más paz; esa aspiración universal de la que tanto hablamos y nunca conseguimos porque somos incapaces de tolerancia y aceptación de los Otros.

Y por supuesto, si alcanzamos la democracia donde el ciudadano realmente elige y no se reelige, dirige, decide, participa y ejerce sus derechos humanos universales y no es suplantado por el eterno candidato o el presidente que desea ser vitalicio, el desarrollo humano que no es el crecimiento económico solamente o la dádiva de los dictadores o los engendros y monstruos del populismo que pululan hoy, es el desarrollo que tiene por centro a la persona humana, entonces podemos hablar que estamos en el camino hacia una sociedad equilibrada, justa, libre y democrática.

¿Por qué decimos tales cosas? porque cuando buscamos las raíces de la violencia en nuestra `historia y la sociedad que la protagonizado, nos encontramos con que el fenómeno de esta violencia que se repite tiene sus causas en las actitudes, en las conductas tremendas y conflictivas con respecto al Poder, alguien ha dicho que nuestra historia es la historia del Poder. El Poder ha sido el sujeto no las leyes o las constituciones, que hemos tenido por lo menos doce o quince; unas no natas y otras constantemente reformadas.

De modo que al afirmar que no podemos vivir sin violencia sin una democracia real de ciudadanos es porque mientras exista un impostor que nos diga que él solo nos representa, caeremos seguramente en el ciclo sin fin de la guerra.

Además, urgimos de una plataforma democrática para el desarrollo. Las necesidades de nuestros ciudadanos o sea la de nosotros mismos son grandes y apremiantes. Al hambre se junta la sed de las comunidades rurales y de las ciudades. Nadie nos puede obligar a ser parte de lo que no queremos sino que tenemos que aprender a ser lo que nos realice como pueblo y como individuos. El desarrollo no viene de imitar un modelo ajeno o delirante o de una enredada quimera alucinada por las viejas teorías sociales y políticas. El desarrollo es lo que nosotros pensamos que es nuestro desarrollo a fin de satisfacer las demandas de la sociedad, vale decir, alimentos, agua, salud, vestidos, educación, trabajo, acceso al arte y la cultura literaria.

Así que a la realización de los valores de justicia, libertad y respeto, comprensión y diálogo es lo que lo que llamamos la paz positiva y democrática, un modo de vida tolerante y armónico que crea un estado de entendimiento entre todos y todas las personas que se orientan al bien común de la sociedad.